Duodécimo domingo después de Pentecostés

¿Quién pertenece a la mesa?

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Photo by George Dagerotip on Unsplash; licensed under CC0.

August 16, 2026

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Comentario del San Mateo 15:21-28



Pocos pasajes del Evangelio de Mateo resultan tan incómodos para los/as lectores/as contemporáneos/as como el encuentro de Jesús con la mujer cananea. Jesús guarda completo silencio cuando ella clama por primera vez. Luego les dice a los discípulos que él ha sido enviado únicamente “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (v. 24). Finalmente, utilizando un lenguaje que ha inquietado a los/as lectores/as durante siglos, compara a la mujer con un perro.

Los intérpretes han debatido estos versículos de innumerables maneras. ¿Estaba Jesús poniendo a prueba la fe de la mujer? ¿Cambió Jesús de parecer ante su insistencia? ¿O estará Mateo invitándonos a descubrir algo más profundo? El texto no responde directamente a estas preguntas. Tal vez esa sea precisamente la intención. En lugar de resolver todas las tensiones, Mateo permite que la conversación se desarrolle, invitando a quien lee a luchar con ellas junto con los discípulos.

Sin embargo, hay un detalle que merece especial atención. A diferencia de Marcos, quien identifica a la mujer como sirofenicia (Marcos 7:26), Mateo la llama “cananea” (v. 21). Esto resulta sorprendente, pues “cananea” ya no era una designación étnica común para el siglo primero. Mateo escoge deliberadamente un nombre cargado de la memoria colectiva de Israel. Los cananeos eran los antiguos enemigos de Israel, los habitantes de la tierra antes de la llegada del pueblo israelita. Tan solo escuchar ese nombre evocaba siglos de conflicto y separación.

¿Por qué habría Mateo de presentar a la mujer como aún más extranjera de lo que realmente era? Quizá porque esta historia trata de mucho más que la sanidad de una niña. Es una historia sobre identidad, pertenencia y la sorprendente expansión de la comunidad del pacto de Dios.

Todo lo que es esta mujer la identifica como una de afuera. Es gentil. Es cananea. Es una mujer que se acerca públicamente a un hombre judío. Es madre de una hija atormentada por un demonio. Interrumpe el camino de Jesús y se niega a marcharse cuando es ignorada. Prácticamente todas las fronteras sociales, étnicas, religiosas y culturales presentes en el relato parecen indicar que ella no pertenece.

Y, sin embargo, habla.

No solo habla, sino que se dirige a Jesús con una extraordinaria profundidad teológica: “¡Señor, Hijo de David!” (v. 22). A lo largo del Evangelio de Mateo, muchos de quienes deberían reconocer a Jesús no logran comprender plenamente quién es. Sin embargo, esta mujer extranjera lo identifica con el título mesiánico de Israel. Paradójicamente, quien parece estar más lejos de la comunidad del pacto de Dios ofrece una de las expresiones de fe más claras de todo el Evangelio.

Mientras tanto, los discípulos parecen interesados únicamente en que desaparezca aquella interrupción. “Despídela” (v. 23), le dicen a Jesús (cf. Mateo 14:15). Ya sea que le estén pidiendo que conceda su petición para que se marche o simplemente que la eche, su deseo es librarse de aquella presencia incómoda. La mujer ha interrumpido el camino.

El diálogo que sigue es, sin duda, difícil. Jesús habla de haber sido enviado a Israel. Habla del pan de los hijos y de los perros. La mujer no cuestiona el lugar privilegiado de Israel dentro de la historia del pacto de Dios. Por el contrario, responde con una humildad sorprendente y una gran creatividad teológica: “Aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (v. 27).

Obsérvese que ella no pide el pan de los hijos. Simplemente sugiere que la abundancia de Dios es tan grande que incluso las migajas que caen de la mesa del Señor son suficientes. Es una respuesta extraordinaria porque parte de la convicción de que la gracia de Dios nunca disminuye cuando es compartida.

Esta observación también puede ayudarnos a comprender el elogio final de Jesús. La “gran fe” de la mujer no puede referirse únicamente a su convicción de que Jesús podía sanar a su hija. Esa confianza es evidente desde el momento en que clama: “¡Señor, Hijo de David!” Tampoco parece explicarse simplemente por su persistencia. Ella ya había perseverado a través del silencio de Jesús, de la objeción de los discípulos y de la respuesta inicial de Jesús. Significativamente, Jesús elogia su fe solamente después de su afirmación acerca de las migajas. Cualquiera que sea el significado de “gran fe,” parece estar estrechamente relacionado con esa extraordinaria confesión.

Hasta este momento del Evangelio de Mateo, Jesús entiende su ministerio terrenal como dirigido, en primer lugar, “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (v. 24). Mateo afirma consistentemente el lugar singular de Israel dentro de la historia del pacto de Dios. No será sino hasta después de la resurrección cuando el Cristo resucitado enviará a sus seguidores a hacer “discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). Leída dentro de la narrativa del Evangelio, la respuesta de la mujer resulta sorprendente. Ella no cuestiona el lugar de Israel en el plan de Dios; al igual que el centurión (Mateo 8:8), lo acepta. Pero al mismo tiempo, confía en que la misericordia de Dios es suficientemente abundante como para desbordar la mesa de Israel. Quizá su “gran fe” consiste precisamente en anticipar lo que Mateo revelará plenamente solo al final de su Evangelio: que el Mesías enviado primeramente a Israel es, en última instancia, el regalo de Dios para todas las naciones.

Incluso es posible que la mujer esté hablando desde las propias Escrituras de Israel. Los profetas habían anunciado desde hacía mucho tiempo el día en que las naciones acudirían al Dios de Israel (Isaías 2:2–4; 49:6; 56:6–8; Miqueas 4:1–2; cf. Mateo 4:15–16; 12:18, 21). Su petición, entonces, no pretende eludir el pacto de Dios con Israel, sino reclamar el lugar que le corresponde dentro de su propósito final. Ella reconoce que el Mesías ha venido primero para Israel, pero también confía en que los propósitos redentores de Dios siempre han ido más allá de Israel.

Este relato ocupa además un lugar estratégico dentro de la narrativa de Mateo. Inmediatamente antes, Jesús ha enseñado que lo que contamina a una persona no proviene del exterior, sino del corazón (15:10–20). Inmediatamente después, Jesús sana a grandes multitudes, y la narración avanza hacia la alimentación de los cuatro mil (15:29–38), episodio que muchos estudiosos relacionan con un ministerio desarrollado en territorio predominantemente gentil. Leído desde esta perspectiva, el encuentro con la mujer cananea se convierte en un puente narrativo. Las fronteras que durante tanto tiempo habían definido quién pertenecía al pueblo de Dios comienzan a ensancharse.

Para los/as lectores/as contemporáneos/as, este pasaje continúa planteando preguntas difíciles. ¿Quiénes son las personas que, silenciosamente, asumimos que no pertenecen? ¿Qué fronteras heredadas nos impiden reconocer la obra de Dios en personas inesperadas? ¿Qué voces desestimamos porque provienen de comunidades que no consideramos familiares o fieles?

Mateo no ofrece respuestas fáciles. En cambio, nos presenta una conversación llena de tensión, perseverancia, humildad y, finalmente, gracia. Al concluir el relato, la mujer que parecía encontrarse más lejos de la comunidad del pacto de Dios no solo es acogida, sino que es presentada como ejemplo de una gran fe.

Quizá esa sea la mayor sorpresa de Mateo. La mujer cananea no solo descubre que tiene un lugar dentro de la historia de Dios; también invita a la iglesia a preguntarse si nuestra comprensión del pueblo de Dios es tan amplia como la del propio Dios.

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Ceiling, Salzburg Cathedral. Image by Marco Sacchi via Flickr; licensed under CC BY-SA 2.0.

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