< July 28, 2019 >

Comentario del San Lucas 11:1-13

 

Según la tradición judía, es descortés interrumpir a alguien que está orando.

Por eso el discípulo esperó a que Jesús concluyera su oración. Seguramente le llamó la atención la forma en que Jesús oraba, que distaba mucho de las oraciones que se escuchaban en el templo, las calles o la sinagoga. No era extraño que hiciera tal petición, pues era costumbre de los maestros enseñar una oración sencilla a sus discípulos. En el v. 1 vemos que este discípulo hace referencia a Juan el Bautista como uno que enseñaba a sus discípulos a orar; por eso es muy probable que haya escuchado o estado con El Bautista. Es interesante que no se mencione el nombre del discípulo, pero gracias a él tenemos esta hermosa oración modelo, que también recoge ampliamente el Evangelio según Mateo.

Siendo un modelo a seguir, la oración inicia reconociendo a Dios como Padre, una imagen extraña para los judíos, ya que para ellos era más común percibir a Dios como pastor, guerrero, juez, rey, castillo fuerte, Señor, etc., pero no como un padre, a pesar de que todas las acciones manifiestas de Dios a favor de su pueblo lo muestran como un padre amoroso, preocupado por el destino de su hijo, Israel. Acto seguido, Jesús enseña que Dios es merecedor de respeto, y luego la oración se centra en las necesidades del ser humano tales como alimento, perdón y fortaleza.

Para fijar esta enseñanza, Jesús hace uso de una historia en donde contrapone el accionar de un amigo, el de un padre y el de Dios, y nos da la seguridad de que recibiremos una respuesta a la oración, pues Dios es el mejor Padre que existe y el mejor amigo que se pueda tener.

Existen diferentes relaciones que marcan la vida del individuo, siendo la relación padre/madre-hijo/a la que encabeza el listado. Un padre o una madre es capaz de hacer cosas impensables para cumplir una promesa o satisfacer las necesidades de su vástago. Jesús asegura a sus discípulos que si los padres terrenales son admirables en este sentido, Dios lo es mucho más para cumplir cada una de sus promesas. Por ello son determinantes las palabras de Jesús cuando nos asegura que “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (v. 9).

Llaman la atención los tres verbos que se utilizan: dará, hallaréis y abrirá. Esto está en relación a la historia que Jesús ha relatado recientemente. Según la costumbre, los viajeros preferían iniciar cualquier trayecto al finalizar la tarde para evitar el sol abrazador, por lo cual llegaban a su destino ya entrada la noche. El escritor no aclara si la visita fue anunciada o es inesperada; importa la actitud de ambos personajes. El primero, el que ha recibido la visita de un amigo venido de un viaje, recurre a su vecino-amigo para cumplir el protocolo de un buen anfitrión. El segundo personaje, el que es importunado a medianoche, satisface una necesidad a regañadientes, poniendo a su familia como excusa, pero esta ya debía estar despierta con tanto alboroto, si tomamos en consideración que en la mayoría de casas pobres de Palestina se dormía en una sala común alrededor del hogar y en ocasiones compartiendo el espacio con cabras y gallinas. Al finalizar la historia, la petición del primer personaje ha sido satisfecha, aunque con desagrado, por parte del segundo personaje.

El clímax se alcanza cuando Jesús realiza tres preguntas retóricas cuya respuesta es un rotundo NO; no existe ningún padre que sea capaz de dar a su hijo/a lo contrario a lo que le solicita, o que tenga la intención de dañarlo/a ofreciéndole, metafóricamente, piedras, serpientes o escorpiones.

Aunque algunos/as puedan suponer que el mensaje central en esta porción bíblica es la insistencia al orar, realmente lo que se pretende es brindar seguridad al creyente en cuanto a la respuesta de su oración. Dios dará a cada quien lo que necesite; los padres/madres por ese amor incondicional hacia sus hijos/as suplirán sus necesidades; los amigos de igual forma.

El llamado a través de esta historia es doble: (1) a que asumamos la conducta del personaje que recibe una visita: el hecho de que no tenga pan en su mesa no es excusa para no satisfacer la necesidad apremiante del visitante; busca los medios y sabe a quién recurrir; y (2) a que no hagamos como quienes teniendo “pan,” anteponen sus propias necesidades a las del resto. El egoísmo no es parte de los valores del reino; la misericordia y empatía, sí, pues la promesa es: Al que pide se le da, el que busca encuentra y al que llama se le abrirá.

En nuestra América Latina vemos personas que están pidiendo, buscando y llamando, esperando una respuesta para satisfacer su hambre, su enfermedad, la necesidad de un techo donde vivir, una escuela para educarse, un hospital que les brinde lo básico en salud, seguridad ante la delincuencia, personas que están esperando el accionar de la justicia ante tanta impunidad. Son como ese amigo que toca insistentemente la puerta de quienes pueden solventar estas necesidades, el gobierno, la policía, el ejército, el cuerpo de justicia, los partidos políticos, las asociaciones de ciudadanos, etc., pero todos ellos parecen dormir profundamente, disfrutando de la seguridad y el calor de su hogar, con su alacena provista de lo necesario, sin importarles que afuera hay alguien que está en necesidad. Muchas de estas personas tienen la certeza de que su voz no es escuchada y prefieren buscar otras instancias para satisfacer su necesidad de alimento, vestuario, justicia y seguridad. Tocan la puerta de los “coyotes” para que les ayuden a migrar, arriesgando su propia vida y las de los suyos en el trayecto; la puerta del líder de las maras y pandillas, pues ellos ofrecen seguridad alimentaria y protección, así como educación, cuidado médico y otras posesiones materiales; tocan la puerta de la desesperación y recurren al robo, asalto, prostitución, etc.; y finalmente, toman la justicia en su propia mano o practican ley del talión. Por ello debemos asumir el compromiso de convertirnos en los brazos, manos, pies, oídos y boca de quienes no tienen voz para clamar por ayuda.

Podemos ser la manifestación visible de la oración contestada ante tanto clamor cuando:

  1. Reconocemos que la acción de pedir cubre dos aspectos: (a) informar de la necesidad y (b) convencer al otro para que actúe a favor de quien pide. En ambos casos hay una responsabilidad moral de parte de quien recibe la información, la cual debería impulsar a buscar una solución. En algunas ocasiones, la información puede llegar a través de una tercera persona que está al tanto de la situación, pero que no está en capacidad de satisfacerla; eso es lo que conoce como ser puente de bendición.
  2. Dignificamos al peticionario, al hacerle saber que no debe avergonzarse por recurrir a sus amigos/as y hermanos/as en la fe para solicitar lo que necesita para sentirse pleno. Ellos y ellas le apoyarán sin críticas, ofensas o humillaciones, siendo la misericordia y empatía los baluartes para dignificar a quien pide ayuda.
  3. Brindamos ayuda sin esperar aplausos ni reconocimiento público. Ayudamos por amor y no para ser vistos o por temor a ser señalados como tacaños, insensibles y amargados. El político y escritor cubano José Martí dijo: “Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad.” El apóstol Pablo aconseja: “según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).