< December 24, 2018 >

Comentario del San Lucas 2:1-14, (15-20)

 

Cada vez que leo las primeras palabras de este pasaje, pienso en el invierno en que mi esposa y yo estábamos esperando a nuestra primera hija.

Vivíamos en las montañas en aquel entonces, y los inviernos eran bastante fríos, pero mi esposa sintió tanto calor durante los últimos meses de su embarazo que nunca quería poner la calefacción. Yo casi nunca siento frío, pero durante esos meses siempre andaba con un suéter o una chaqueta, pantalones largos y calcetines. Tratando de ser un buen esposo y pensando que no era una buena idea discutir con una mujer embarazada, no dije nada a mi esposa.

Mi esposa dio a luz a nuestra hija en enero, y después de unos días, volvimos a casa del hospital. Yo llevaba a la bebé, así que mi esposa caminó delante de nosotros y abrió la puerta. Apenas había dado dos pasos dentro de la casa cuando se dio la vuelta y me dijo (con voz acusadora): “¡Cariño, no podemos traer a un bebé a una casa tan fría!” ¡Como si hubiera sido culpa mía! Pero otra vez, no dije nada. Encendí la calefacción y disfruté el regreso del calor a nuestro hogar.

Esta experiencia siempre me hace pensar en cómo fue la conversación cuando José le anunció a María que tendrían que viajar a Belén durante el tercer trimestre de su embarazo. Me imagino a José en un primer momento dudando en darle la noticia, tal vez esperando el momento más oportuno. Pero por fin tuvo que decirle. Había un decreto del emperador mismo, y no tendrían cómo evitarlo. María habría preferido no tener que recorrer en su estado los caminos montañosos para viajar a Belén, pero entendió también que los romanos tenían el poder absoluto para establecer reglas sin considerar la difícil situación para las mujeres embarazadas.

La historia del nacimiento de Jesús comienza con un decreto oficial del gobierno más poderoso de la tierra. El propósito del censo romano era controlar más efectivamente a las personas bajo su poder. Pero el gran censo romano es apenas una nota al pie de esta historia, un detalle que solo es significativo por el hecho de que llevó a María a Belén para que su hijo pudiera nacer en la ciudad de David como se había profetizado.

Este pasaje muestra una clara distinción entre los que reconocen el significado del nacimiento de Jesús y los que no lo hacen. El imperio romano estaba demasiado ocupado con sus imperativos burocráticos como para tomar nota de un hijo más nacido en la provincia de Judea. Los dueños de la posada en Belén estaban demasiado ocupados manejando su negocio como para cuidar a María, que estaba a punto de dar a luz.

Según los primeros siete versículos de este pasaje, parece que solo María, José y los animales en el establo servirán como testigos del nacimiento de Cristo. Luego, comenzando en el versículo 8, Dios proporciona un anuncio extravagante del regalo extravagante que ha dado—la encarnación de su hijo. Primero llega un solo ángel y es suficiente para envolver a su audiencia en la gloria del Señor y llenar sus corazones de temor. Después de dar el típico saludo de un ángel (“No temáis”), este mensajero divino comparte las buenas noticias: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.” Su audiencia todavía estaba tratando de procesar esas palabras cuando ese único ángel se convirtió en miles, y el cielo nocturno se llenó con su canto: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”

Era el tipo de anuncio que el hijo de Dios merecía, pero ¿con quiénes estaba siendo compartido? Con unos pobres pastores trabajando el turno de la noche con su rebaño. ¿Por qué desperdiciar un anuncio tan extravagante en una audiencia tan poco distinguida?

Esta es una parte clave del evangelio de Lucas y del evangelio mismo. En el cuarto capítulo de Lucas, Jesús, leyendo del rollo del profeta Isaías, anunciará que su evangelio será buenas nuevas para los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos. Ellos son quienes van a reconocer a Jesús, no sólo en el día de su nacimiento, sino durante todo su ministerio. Tanto el anuncio extravagante como el regalo extravagante del hijo de Dios son para ellos.

Durante el momento de su nacimiento, la familia de Jesús experimentó dificultades a manos del gobierno y el rechazo de quienes podrían haberle dado la bienvenida. Muchas familias hispanas o latinas en los Estados Unidos hoy pueden identificarse con el dolor de estas dificultades y este rechazo. Tenemos madres embarazadas y muchos otros que hacen viajes difíciles para escapar de la violencia de sus países de origen. Otros tienen dificultades para encontrar trabajo o para mantener a sus familias juntas en un nuevo país cuyos decretos hacia ellos parecen ser cada vez más duros. Tenemos hermanas y hermanos que han venido buscando asilo y que son rechazados/as. Otros han estado aquí el tiempo suficiente como para creer que estaban integrados en sus comunidades sólo para ver a sus vecinos volverse contra ellos.

Entendemos el dolor y el rechazo que experimentó la familia de Jesús. Pero también entendemos que el regalo extravagante de Jesús es para quienes han sufrido. Tenemos que recibirlo así y tomar nuestro puesto al lado de los ángeles proclamando las buenas nuevas a todos/as, y especialmente a los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos y los rechazados. Hay una oportunidad para ellos/as, tal como la hubo para los pastores, para ver “esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado.” Hay una oportunidad para conocer al Cristo que ya está en medio nuestro.