< October 30, 2016 >

Comentario del San Juan 8:31-36

 

Cada cuatro años, con motivo de la elección presidencial, estamos expuestos a la influencia masiva de la propaganda política.

La retórica política se filtra en nuestras vidas y empieza a dominarnos. No importa dónde vivamos ni a qué partido político pertenezcamos o que no pertenezcamos a ningún partido; nadie puede sustraerse del aluvión de anuncios, de letreros en los jardines, de calcomanías en los autos, y hasta de comentarios en el Facebook que tratan de influir en nuestro voto y convencernos de que votemos por tal o cual candidato.  

Una cosa aún más difícil en años recientes es que algunos comentaristas dicen que estamos viviendo en una época en la cual la verdad no es importante, la llamada post-truth era, la era política de la “pos-verdad.” Lo que quieren decir con esto es que ya no importa si las afirmaciones que hacen los políticos y las estadísticas en las que se basan se corresponden con la verdad. Lo único que importa es que un candidato pueda conectarse con las emociones del electorado, y que nos haga sentir de una determinada forma. La verdad es que se ha vuelto muy complicado saber a quién creerle y qué creerle. 

“¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). Esta pregunta de Pilato a Jesús puede ayudarnos a considerar este texto y nuestro contexto. Tenemos que recordar que la definición de verdad como algo que se puede verificar de una manera científica y objetiva es algo muy moderno. En el evangelio de San Juan, la verdad es una persona, el verbo encarnado: 

  • “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (Juan 1:14).
  • “Jesús le dijo: --Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). 

La verdad de la que Jesús habla es la verdad sobre él y sobre quiénes somos nosotros y nosotras en relación a él. La verdad, entonces, no tiene que ver con tener razón y estar en lo correcto, sino que significa estar en la relación correcta, con Dios y con los demás. 

De la misma manera en que hoy en día es difícil saber lo que es la verdad, lo mismo sucede con la libertad. En los Estados Unidos, la libertad se define como ser libres de la opresión, de la tiranía y del control. Somos libres para que podamos hacer lo que queramos y cuando queramos hacerlo. Pero en otros contextos, la libertad se define como ser libres para; somos libres del hambre y de la necesidad para que podamos vivir vidas llenas de amor y propósito. Y esta es la definición que prefiere Jesús. Así como la verdad tiene que ver con nuestras relaciones, lo mismo pasa con la libertad. Si la libertad no está conectada con el amor, el amor a Dios y el amor a nuestro prójimo, no vale de nada. Para Jesús, la verdad y la libertad están, pues, íntimamente asociadas. No puede haber una sin la otra. 

Nuestra manera de entender y de practicar la confesión de pecados podría ser una manera muy poderosa de renovar la conexión relacional entre verdad y libertad que nos anuncia Jesús. En lugar de considerarla sólo como un rito de purificación que nos permite volver a estar limpios y limpias delante de Dios, quizás deberíamos considerar la confesión de pecados como una oportunidad de evaluarnos a nosotros mismos y a nosotras mismas. Si podemos confesar que no hemos vivido según la voluntad de Dios, entonces podemos ser liberados y liberadas para reconectarnos con Dios y con nuestros prójimos. De este modo, como dice nuestro texto, la verdad nos hará libres. La verdad nos hará libres para amar y para servir.  

Preguntas para seguir reflexionando sobre el texto:

  • Cuando estamos próximos a conmemorar los 500 años de la Reforma, ¿podemos hablar francamente y con respeto mutuo con nuestros vecinos y vecinas de otras iglesias y ser liberados de una historia llena de envidia y competencia? 
  • ¿Cuáles son las mentiras que controlan nuestras vidas? 
  • ¿Cuáles son las posibilidades de una vida libre de odio, de violencia y de miedo?