< April 07, 2019 >

Comentario del San Juan 12:1-8

 

El camino hacia la Pascua va finalizando.

Estamos en el penúltimo domingo de Cuaresma y la porción del evangelio de Juan que hemos leído nos pone en la antesala de “la hora” (12:23) de Jesús. Todo el texto del cuarto evangelio está marcado por esta tensión. Toda la trama narrativa, para quien lo lee desde el capítulo uno, va a disiparse en el capítulo trece. Estamos ad portas del punto culminante. “Seis días antes” (v. 1), para ser más exactos. Y Jesús regresa a Betania. Decimos que regresa porque no podemos leer el capítulo doce desatendiendo el capítulo que lo precede: Lázaro está de nuevo presente, pero ya no muerto en su tumba, sino sentado a la mesa celebrando la vida. Sus hermanas, Marta y María, también están presentes. La primera sirve la mesa; la segunda actuará de una forma impensable.

¿Qué hace María? Reverencia a Jesús ungiéndole los pies. J. Zumstein1 nos explica que el gesto realizado por ella es sorprendente en tres aspectos: (1) la unción de reverencia a un huésped se daba en la cabeza, no en los pies; (2) se usa una cantidad excesiva de perfume: una libra, ya de por sí costosa; (3) que una mujer se suelte los cabellos en público es algo deshonroso y más para tocar con ellos los pies de un hombre. ¿Qué representa todo esto? Es Jesús quien interpreta el gesto y lo asocia con su muerte. María está ungiendo el cuerpo de quien pasará por la muerte como pasó su hermano Lázaro. ¡Y lo hace con un amor ilimitado! Sin embargo, a diferencia de Lázaro, que expelía un olor a muerte por toda el área (11:39), el perfume sobre el cuerpo de Jesús llena la casa de un aroma a vida. Jesús huele bien porque él es la resurrección (11:25).

Lo que hace María es la antítesis de las intenciones de Judas. Si María evidencia su amor a Jesús de forma desinteresada, Judas evidencia su amor al dinero de forma totalmente interesada. Los lectores del evangelio de Juan saben lo que dice el narrador. Saben que Judas será quien traicionará a Jesús, y por eso la duda ante su supuesta preocupación por los pobres. La pobreza tiene una raíz estructural, es una realidad sistémica, por lo que la limosna ayuda a solventar necesidades primarias, pero no a curar la fuente de ese mal. El Jesús de Juan cuestiona a Judas confrontándolo con ese mal estructural que, en el fondo, no es su verdadera preocupación. Judas ha olvidado que la vida de Jesús es una ofrenda desde su encarnación, es una donación desde el momento en que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (1:14), es una “vida para” los demás y será en la cruz donde esto se pondrá de manifiesto. ¿Será que nosotros/as, como Judas, disfrazamos nuestros miedos y egoísmos con actos de caridad que no implican el cambio de nuestras vidas? ¿Será que es más fácil actuar hipócritamente que convertir nuestra existencia en una donación?

El gesto de María que ha sido narrado en el evangelio también se opone al de quienes ya han decidido matar a Jesús (11:53). Esto será confirmado cuando se añada una nueva víctima en los versículos subsiguientes: Lázaro (12:10-11). La resurrección de Lázaro ha suscitado el deseo de matar a Jesús, pero dicho odio, a su vez, ha suscitado el amor de María.2 Pareciera que la violencia de nuestro mundo quiere exterminar el amor a toda costa. Pero, en lugar de responder al mal con mal, la actitud de María consiste en mostrar amor frente al odio (cf. Ro 12:21).

La unción anticipada de María es la señal previa de que “la hora” ha llegado y, nuevamente, son las mujeres quienes le acompañan en su momento de crisis. El protagonismo de las mujeres en el cuarto evangelio sale a relucir: es María quien entiende a Jesús, quien siente lo que él está sintiendo en los días previos a su muerte. Los discípulos no parecen comprender3 y, entre ellos, uno demuestra su egoísmo.

Antes de que entre a Jerusalén como quien “viene en el nombre del Señor” (12:13), el evangelio nos prepara para este momento culminante en la vida de Jesús. Su mesianismo no se desprende del poder brindado por quienes le aclaman con palmas en sus manos, sino del gesto de auto-donación señalado desde la unción que recibió en Betania. Su grandeza no radica en el poder de la entrada a Jerusalén, sino en la entereza de su coherencia al asumir de manera plena las consecuencias de su mensaje. La oposición al Imperio conlleva la muerte, pero es una muerte que no tendrá la última palabra sobre él.

La Cuaresma está llegando a su fin y debemos preguntarnos si estamos dispuestos a renovar el compromiso de nuestro bautismo: asumir la vida cristiana con todas sus consecuencias es asumir el camino de Jesús. Hemos pasado por el agua, sumergiéndonos en la muerte de Cristo, para salir de ahí y resucitar con él (cf. Ro 6:4). Pero ese bautismo solo se logra renovar todos los días cuando nuestra vida es entrega y llenamos cada casa con aroma a bondad y alegría. La muerte de Jesús huele a vida porque, en realidad, el cuerpo ungido por María es el cuerpo del Resucitado. ¿Será que nuestra presencia en la iglesia, el trabajo, la vida cotidiana, realmente expele ese aroma a resurrección?


Notas:

1. Jean Zumstein, El Evangelio según Juan, Tomo I (Salamanca: Sígueme, 2016), 506-507.

2. Raymond E. Brown, El Evangelio y las Cartas de Juan (Bilbao: Desclée de Brouwer, 2010), 106.

3. Francis J. Moloney, El Evangelio de Juan (Estella: Verbo Divino, 2005), 363.