< July 14, 2019 >

Comentario del San Lucas 10:25-37

 

Era muy común que los líderes religiosos intentaran poner en vergüenza a Jesús a través de preguntas con doble sentido.

En este caso, podemos apreciar la forma magistral en que Jesús responde y corrige un error de contenido en relación al manejo que se le daba culturalmente al concepto de prójimo.

El interlocutor de Jesús hace dos preguntas. La pregunta inicial fue: “¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” (v. 25). La metodología de Jesús para responder es muy curiosa. Jesús formula otra pregunta y cuando su interlocutor responde, da la respuesta por correcta y le envía a ponerlo en práctica. La segunda pregunta a Jesús fue: “¿Y quién es mi prójimo?” (v. 29). Para dar respuesta a esta segunda pregunta, Jesús hace uso de una historia que mantiene cautivos a los oyentes; en primer lugar por ser un evento muy común y en segundo lugar, porque esperan el desenlace. Al finalizar la historia, Jesús formula una pregunta, da la respuesta por correcta y envía al intérprete de la ley a ponerlo por práctica.

La historia trata de un hombre, probablemente judío, quien bajaba de Jerusalén camino a Jericó; fue asaltado, golpeado y dado por muerto, siendo abandonado a la orilla del camino. Pasaron un sacerdote y un levita. Ninguno de los dos lo auxilió por temor a contaminarse. Después pasó un samaritano, quien sí se acercó y lo auxilió; lo llevó a un mesón y cubrió todos los gastos hasta que se reestableciera, ofreciéndose a pagar más si los gastos superaban los dos denarios que dejó como cobertura.

La historia adquiere mayor significado cuando analizamos algunos aspectos:

  1. Los oyentes sabían que ese camino era un lugar propicio para que los asaltantes se mantuvieran al acecho de víctimas sin ser descubiertos. El historiador judío Josefo lo denomina “El camino rojo o camino de sangre.”
  2. Seguramente se cuestionó a este varón que fue asaltado por atreverse a ir por ese camino con posesiones.
  3. El sacerdote y el levita antepusieron las tradiciones religiosas (evitar acercarse a alguien que quizá estuviera muerto) a las demandas que establece la ley sobre el cuidado y protección a nuestro prójimo.
  4. Los judíos y los samaritanos eran enemigos ancestrales, a tal grado que una partera judía negaría su auxilio a una mujer samaritana, porque ésta traería un nuevo gentil al mundo.
  5. Aunque Levítico 19:18 y 34 es inclusivo en relación a quién es nuestro prójimo, lo común era que el pueblo judío, manifestando una actitud exclusivista, asumiera que el prójimo era otra persona judía.
  6. De los samaritanos solo se esperaban acciones negativas y desagradables.

Identificando al Prójimo

En el Antiguo Testamento se utiliza el término hebreo rea (compañero, amigo, vecino, igual, alguien cercano), relacionándolo con “otro,” pero dado el sentido de exclusividad en el que solía caer el pueblo judío, se centró en el hermano, es decir, el prójimo es otro judío o un prosélito circunciso. Así lo encontramos en Levítico 19:18, en donde se identifica al prójimo como “los hijos de tu pueblo.” En el Nuevo Testamento se utiliza el término griego plésion (el que está cercano) y se amplía la cosmovisión: el prójimo ya no es exclusivamente mi hermano, aquel a quien estoy unido por vínculos de sangre o nacionalidad, sino todo ser humano que requiera mi ayuda. En este concepto se centra la enseñanza de Jesucristo.

Así que nuestro prójimo es aquel vecino molesto porque el perro ladra toda la noche, el compañero que critica constantemente nuestro desempeño, el empresario que despidió a nuestro pariente, la amiga que me acompaña en cada etapa de mi vida, el hijo que me da satisfacciones, etc. En resumen, nuestro prójimo es toda aquella persona que necesite nuestra ayuda, comprensión y colaboración.

Haz tú lo mismo (v. 37)

Es probable que los oyentes entendieran la actitud del sacerdote y el levita al no intentar ayudar al herido, pues la ley les prohibía acercarse a alguien que pudiera contaminarlos (Números 19:11). Esta forma de actuar nos deja muy claro que para el sacerdote, el levita y quizás también para un buen número de los oyentes de la parábola, la caridad estaba después de la obligatoriedad, el ritual o la religiosidad.

¿Qué aprendemos del accionar del samaritano?

  1. Se acercó.

Lo que la versión Reina Valera 1995 traduce como “vino cerca de él” (v. 33), en el original griego significa literalmente que el samaritano “descendió sobre el viajero,” es decir, se acercó y se inclinó hacia él para cerciorarse de que no estuviera muerto. Esta acción podía haberle costado la vida si quien estaba tirado en el camino era un bandido que se estaba haciendo pasar por un herido para después atacar junto a sus cómplices.

Debemos estar atentos/as a las necesidades de los demás y proporcionar nuestra ayuda, aunque la persona necesitada se haya metido en líos por su propia culpa o imprudencia. No estamos para ser jueces sino prójimos.

  1. Proporcionó ayuda de emergencia.

Además de hacerle saber que estaba allí para ayudarlo y de brindarle quizás un sorbo de agua, el samaritano aplicó aceite y vino en las heridas para evitar que se infectaran. El aceite de oliva se utilizaba como suavizante y el alcohol como antiséptico. No debemos perder de vista que lo que el hambriento necesita antes que nada es pan, el sediento necesita agua y el solitario, compañía, así que debe satisfacerse en primera instancia la necesidad prioritaria y después buscar otras formas de colaborar con la persona necesitada, tal como hizo el samaritano. Recordemos además que la ayuda debe ser práctica y evidenciada en acciones (obras).

  1. No descuidó ninguna necesidad.

Lo llevó al mesón y pagó por los servicios que se le prestarían durante la recuperación. Ser prójimo no significa promover el asistencialismo, sino que debemos suplir todas las necesidades de la persona que estamos ayudando. Sin embargo, al inicio le proporcionaremos lo elemental, y luego le ayudaremos a buscar la forma de agenciarse lo que necesita por su propia cuenta, sin dejar en ningún momento de brindarle nuestro apoyo, ya sea con ideas, ayudando en algún trámite o proporcionándole un capital inicial para que gestione su proyecto de vida.

  1. Se comprometió con la tarea que inició.

El samaritano se ofreció a cubrir los gastos extras. Esto nos enseña que no dio por concluida su tarea con el hecho de saberlo seguro en el mesón, sino que se comprometió hasta el final. Así tampoco nosotros podemos sentirnos satisfechos por el simple hecho de haber paliado una necesidad, sino que debemos apoyar a la persona hasta que la sepamos madura y capaz de ayudar a otros.