< May 26, 2019 >

Comentario del San Juan 14:23-29

 

En este tiempo de Pascua, la iglesia medita sobre las promesas de Cristo a los suyos antes de partir hacia Dios Padre, según San Juan.

La lectura de hoy proviene de la última cena de Jesús con sus discípulos, cena que es muy desarrollada en el cuarto evangelio. San Juan le dedica cinco capítulos (Juan 13-17). En la lectura del domingo pasado, Jesús les anunció a sus discípulos que no lo podrían seguir inmediatamente a donde él iría. Esto fue lo que les previno acerca de su partida:

Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis, pero, como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir (Jn 13:33).

Este anuncio de su partida conmueve a sus discípulos, que comienzan a sentirse desamparados. ¿A dónde irá Jesús? ¿Por qué habrá decidido dejarlos? ¿Por qué no lo pueden seguir? ¿Qué les queda a ellos una vez que Jesús se vaya, cuando ellos lo han dejado todo por él?

Jesús responde a estas inquietudes, diciéndoles que se va donde el Padre, justamente para prepararles una morada junto a él (Jn 14:1-3). Jesús les asegura que algún día los vendrá a tomar consigo para llevarlos a dicha morada celeste, pero mientras tanto, ellos ya saben el camino (Jn 14:4), ya conocen al Padre (Jn 14:7), pueden hacer ya sus obras (Jn 14:12) y contar con la intercesión de Jesús, el Hijo (Jn 14:13-14).

Como era de esperar, los discípulos están aterrados de quedarse solos, encargados con tal misión, ante la hostilidad del mundo. ¿Qué van a hacer ellos sin Jesús? ¿Qué va a ser de ellos sin el Maestro? Jesús les asegura que tendrán ayuda, que no los dejará huérfanos ni desamparados (Jn 14:18-21).  

Si las comunidades cristianas de hoy meditan este texto de la Escritura durante el tiempo de Pascua, es porque nuestra situación en el mundo es prácticamente la misma que la de los primeros discípulos, salvo el hecho de que ellos vieron y conocieron a Jesús durante su ministerio terrestre. Nos incumbe continuar la obra de Jesús durante su prolongada ausencia, pero ¿cómo lo haremos sin él? ¿Con qué fuerzas y con qué luces podremos evangelizar al mundo y dar testimonio auténtico, estando nosotros/as tan alejados/as temporal, física y culturalmente del Jesús que caminó por las rutas de Palestina hace dos mil años? Pareciera pues una misión imposible…

Así como Jesús de Nazaret consoló y alentó a sus primeros discípulos, Cristo resucitado nos consuela y nos da aliento por medio del evangelio de hoy: no nos ha dejado solos/as, huérfanos/as, perdidos/as ni desamparados/as. Aunque ausente físicamente, Cristo se encuentra misteriosamente entre nosotros/as, y obra en nosotros/as y a través de nosotros/as, por medio del Espíritu que Dios Padre nos envía en su nombre (Juan 14:26). ¿Cómo sucede esto?

Primero, amando a Jesús. El amor que tenemos por Cristo no se pierde en el vacío. El amor llama al amor. Y el amor del Padre llega a nosotros/as con el de su Hijo, pues ambos eligen morada con nosotros/as. Así como nosotros/as deseamos estar con Dios Padre y con su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por amor, así también el Padre y el Hijo desean estar con nosotros/as, por amor. El amor se hace presente. A pesar de la ausencia física, el amor de Jesús y de su Padre se hace presente en nuestros corazones.   

Segundo, guardando su palabra. Jesús nos dice que quien le ama guarda su palabra. Cada enseñanza del Maestro que recibimos, meditamos y transmitimos es una manera más de tener a Cristo cerca. Y puesto que el mandamiento nuevo que nos deja es que nos amemos unos a otros como él nos amó (Jn 13:34), el guardar esta palabra y practicarla hace presente el amor de Cristo para nuestros hermanos y hermanas. 

Tercero, recibiendo al Padre y al Hijo. Ambos desean morar con nosotros/as, pero hay que dejarse sorprender por ellos y dejarlos entrar. Ni Dios ni Cristo se imponen; no forzarán nuestra conciencia, ni vendrán con tambores y trompetas… ¿Sabremos reconocerlos cuando soliciten nuestra atención en nuestros hermanas y hermanos más necesitados/as?

Cuarto, escuchando al Espíritu. Jesús promete a sus discípulos el envío del Espíritu, el “Consolador” o “Defensor” de la comunidad creyente. Ante las dudas que pueda suscitar la oposición del mundo, la lógica secular, la ley del más fuerte que se impone a los demás… Jesús nos asegura que el Padre nos envía la fuerza del recuerdo, la luz del entendimiento y del discernimiento. La serena sabiduría del Maestro se nos ofrece cada vez que meditamos en su palabra. Ella se nos aparece bajo otra luz y con un nuevo sentido para hoy, como si Jesús estuviese enseñando entre nosotros/as y adaptando su mensaje a nuestra situación. Es el trabajo imprescindible del Espíritu.

Quinto, y finalmente, saboreando la paz de Cristo. Él ya ha enfrentado al mundo y lo ha vencido en la cruz (Jn 16:33). Podemos resistir en paz las burlas, los acosos, las dudas, las injurias y hasta las persecuciones que se desaten contra las comunidades creyentes, pues arraigamos nuestra fe en la paz que sólo Cristo puede ofrecer. Cuando en medio de tormentas y peligros la iglesia no cede a la violencia, al abuso de poder, ni a la calumnia, su misión de paz atestigua que Cristo se encuentra siempre en medio de ella, que el Maestro se fue y volvió tal y como lo prometió. ¿Qué mejor evangelización del mundo que la paz de una iglesia fiel a la palabra del Señor?

Cuando se ama a Jesús, se guarda su palabra, se le recibe como al Padre, se escucha al Espíritu y se da testimonio de paz al mundo. Cristo no sólo ha resucitado, sino que ha vuelto a morar con los suyos, con nosotros/as:

Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que, cuando suceda, creáis (Jn 14:29).