Decimonoveno domingo después de Pentecostés

Apertura y Radicalidad para “Entrar en la Vida”

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Comentario del San Marcos 9:38-50

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Apertura y Radicalidad para “Entrar en la Vida”

En el evangelio que se nos propone este domingo, Jesús continúa instruyendo a sus discípulos “en el Camino” que conduce a Jerusalén.1 Luego de haber comenzado el viaje en el norte y atravesar Galilea, han llegado a casa en Capernaúm (Mc 9:33). Ante la inminencia de su muerte, que Jesús ha anunciado al grupo en dos ocasiones (Mc 8:31; 9:31), el tiempo apremia. Pero a medida que se acercan a su destino, y a pesar de que Jesús habla claramente (Mc 8:32), los discípulos parecen cada vez más incapaces de comprender, como si se tratara de un diálogo de sordos. El problema no parece estar en la complejidad del lenguaje de Jesús, sino en la novedad y la radicalidad de aquello que está tratando de transmitirles y que subvierte los valores comúnmente aceptados: salvar la vida es perderla; perder la vida por Cristo y el Evangelio es salvarla; el primero y el más importante es el último de todos y el servidor de todos. Evidentemente, Jesús y los discípulos están operando en dos mundos diferentes, pues él piensa como Dios, mientras que ellos siguen pensando como los hombres (Mc 8:33).

La sección del texto del evangelio que leemos hoy (Mc 9:38-50) es única, al menos, por tres razones. Primeramente, de manera excepcional en la tradición sinóptica, Juan interviene solo.2 En segundo lugar, de manera contraria a lo que es habitual en el evangelio de Marcos, Jesús pronuncia un discurso excepcionalmente largo.3 En tercer lugar, el encadenamiento lógico de esta secuencia ha sido tradicionalmente considerado deficiente, difícil de percibir.4 Sin embargo, una cosa parece cierta: la excepcional extensión del discurso de Jesús habla de la importancia de lo que está tratando de transmitir. La responsabilidad de quien lee el evangelio consiste en descubrir cómo estas palabras encajan en la instrucción que vienen recibiendo los discípulos “en el Camino,” desde Cesarea de Filipo.

¿Grupo Sectario o Comunidad de Fe?

La intervención de Juan en esta ocasión podría compararse a la de Pedro en Mc 8:32, en el sentido de que ninguno de los dos acaba de comprender la manera de pensar de Jesús. De hecho, Juan reporta una acción colectiva de los discípulos, quienes han prohibido que una persona exterior a su grupo someta demonios “en el Nombre” de Jesús (v. 38; cf. Hch 19:13-20). Esto parece implicar que solo ellos están autorizados a invocar “el Nombre,” cuyo monopolio creen poseer. De hecho, la formulación de Juan – “él no nos sigue, y se lo prohibimos porque no nos seguía” (v. 38) – parece indicar que los discípulos aún se consideran a sí mismos, no como los últimos, sino como los primeros, los que van a la cabeza con Jesús y a quienes otros deben seguir y obedecer. Creerse autorizados a prohibir es el signo de que se comprenden a sí mismos en posición de poder, de mando, y no de servicio.

Lo que es sin dudas irónico en este episodio es el hecho de que los discípulos habían mostrado recientemente su incapacidad para expulsar demonios (Mc 9:18), lo que implica que aún no apreciaban del todo el poder que habían recibido (Mc 6:7). En ese sentido, no solo se muestran incapaces de realizar un exorcismo, sino que también impiden la acción liberadora que otros ejercen “en el Nombre de Jesús.” Al adoptar una posición de mando y no de servicio, el grupo se cierra sobre sí mismo y simultáneamente se cierra a Dios y a los demás. Como lo ha hecho con anterioridad, Jesús debe corregir esta perspectiva demasiado humana.

Vale notar que el “nosotros” de Jesús (v. 40) es más amplio que el de sus discípulos (v. 38). En otras palabras, “estar por nosotros” no se reduce a “seguirnos a nosotros.” El “nosotros” de Jesús es abierto, sin ambición de control, de delimitación o de exclusión sectaria. Para él, no solamente quienes expulsan demonios “en su Nombre,” sino quienes hacen el más humilde gesto – como dar un vaso de agua “en su Nombre” – son reconocidos en el “nosotros” e incluidos en la recompensa (v. 41). De hecho, Jesús ha dejado anteriormente claro que lo que se necesita para actualizar el poder que se manifiesta en su persona (“en su Nombre”) es una actitud de fe. Por sus palabras enraizadas en la fe, la mujer sirofenicia había operado la liberación del espíritu que atormentaba a su hija pequeña (Mc 8:29) y por la invocación del “Nombre de Jesús,” un desconocido expulsa demonios, algo de que los discípulos se han mostrado incapaces precisamente debido a su falta de fe (Mc 9:18.29).5 Como lo diría Jesús en el evangelio de San Mateo: “Por los frutos los conoceréis” (Mt 7:16; cf. Mt 12:33; Lc 6:44).

Radicalidad e Hipérbole

El v. 42 continúa el tema de la fe, particularmente en la mención de Jesús de los “pequeñitos que creen en mí.” Y para hablar de los humildes que creen en él, su lenguaje se vuelve hiperbólico. Jesús advierte a sus discípulos del peligro de “hacer tropezar” o “ponerle obstáculo” (escandalizar) a estas personas: A cualquiera que actúe así, “mejor le sería que se le atara una piedra de molino al cuello y se le arrojara en el mar.” Podríamos pensar que estas palabras incluyen, por un lado y de manera implícita, al anónimo exorcista a quien Juan acaba de referirse, uno de esos humildes que creen simplemente en Jesús. Por otro lado, esos propósitos pueden incluir también a los discípulos, particularmente por su intento de impedir o poner obstáculo a la expresión de la fe de este hombre.

En la serie de advertencias que sigue, Jesús remite a cada uno a sí mismo, a su propia conciencia: “Si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado” (v. 43). Lo mismo se repite en relación con el pie y el ojo, sin que haya aquí ninguna incitación a la mutilación o a los castigos corporales, sino el empleo recurrente y enfático de la hipérbole como figura de estilo. Nótese que la referencia (implícita) al camino, que puede conducir en dos direcciones opuestas y definitivas (la vida o la perdición), justifica con creces la radicalidad de las acciones que corresponde realizar. ¿Pero cómo interpretar concretamente la pérdida de los órganos en cuestión y no otros? Como alguien lo ha observado, estos son órganos dobles que están tornados hacia el exterior y sirven para agarrar, trasladarse y ver:

¿Qué nos hace extender la mano, qué nos hace trasladarnos, qué atrae nuestra mirada? Aquel objeto que el sujeto desea. La mano para agarrarlo, el pie para ir hacia él, el ojo para contemplarlo y desearlo. La posesión como marca de adquisición, el desplazamiento como figura de la búsqueda, la vista como fuente de añoranza. Estos órganos son figuras del deseo… ¿Quién no desea vivir plenamente? Sin embargo, en el camino de la realización del sujeto, el drama es que, con todas sus competencias tornadas hacia la adquisición y la apropiación, obstaculice e incluso pierda su verdadera vocación a la vida.6

Ya luego de cada anuncio de su pasión, Jesús había remitido sus discípulos explícitamente a sus propios deseos: “si alguno quiere venir en pos de mí” (Mc 8:34), “si alguno quiere ser el primero” (Mc 9:35; cf. “el que quiera hacerse grande” o “el que quiera ser el primero” en Mc 10:43-44). Es también lo que hace aquí de manera implícita, pues hay rupturas inevitables, radicales, si lo que deseamos es “entrar en la vida” (v. 43). En ese sentido, los símbolos del fuego y de la sal se asocian al sacrificio (v. 49), a menos que la sal se vuelva insípida (v. 50) y pierda su sabor, es decir, que nuestro seguimiento excluya las exigencias que le son propias. Una de las preguntas que necesitamos hacernos es: ¿Qué deseamos en realidad? Concretamente, ¿cuál es esa ruptura, ese corte radical y necesario al que soy convocado/a hoy “para entrar en la vida”? O como lo diría Dietrich Bonhoeffer, ¿nos contentamos con la gracia barata o asumimos el precio alto de la gracia que cuesta?7

Al principio de la sección del discurso que se nos propone este domingo, Jesús había cuestionado la cerrazón y el exclusivismo sectario de sus discípulos, instándolos implícitamente a vivir en la apertura de la fe. Llegado el final del discurso, Jesús los exhorta a “tener sal” en sí mismos y a vivir “en paz los unos con los otros” (v. 50). Algo realmente difícil para los discípulos que, rumbo a Jerusalén, rechazan la idea del sacrificio, mientras se disputan la preeminencia al interior del grupo y se creen autorizados a excluir a los de fuera. Y nosotros/as, ¿cómo nos conducimos “en el Camino” en relación con los unos y los otros?


Notas:

1. Acerca del doble significado de la frase “en el Camino,” véase el comentario del evangelio para el pasado domingo.

2. Harry Fleddermann, “The Discipleship Discourse (Mark 9:33-50)”, The Catholic Biblical Quartely 43-1 (1981), 63.

3. Ian H. Henderson, “Salted with Fire (Mark 9:42-50): Style, Oracles and (Socio)Rhetorical Gospel Criticism”, Journal for the Study of the New Testament 80 (2000) 44-65, especialmente 48. El discurso comienza propiamente en Mc 9:33.

4. Este es particularmente el caso en lo que concierne la intervención de Jesús en Mc 9:42-50. Véase Henderson, “Salted with Fire,” 47; C. M. Tuckett, “Mark,” en John Barton – John Muddiman (ed.), The Oxford Bible Commentary, (Oxford: Oxford University Press, 2001), 905-906.

5. En lo que concierne el tema de la fe en este episodio, véase el comentario del evangelio para el domingo pasado.

6. Jean Delorme, L’heureuse annonce selon Marc. Lecture intégrale du 2e évangile II (Lectio divina, 223), (Paris – Montréal, Cerf : Médiaspaul, 2008), 133. Mi propia traducción.

7. Dietrich Bonhoeffer, El Precio de la Gracia. El Seguimiento (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2004).