Imaginemos que estamos frente a una mesa donde podemos ver el mapa de todo el planeta con sus países y regiones. Imaginemos, además, que podemos ver y escuchar a los gobernantes, a los políticos, a los tecnócratas y tecno-oligarcas de las principales potencias (y de las no tan importantes también) decidir sobre la vida y la muerte del resto de la humanidad. Millones de personas sufriendo guerras, hambrunas, crueldad, injusticias. Unos pocos imponen y privilegian sus intereses por sobre el bienestar del resto… Seguramente, después del asombro, surgirían montones de emociones entremezcladas: enojo, ira, impotencia e incertidumbre; sensación de náusea.
Ese mismo poder desmesurado y cruel estaba representado en el siglo I por el Imperio romano. Ciertamente Jesús no contaba con la inmensa cantidad de información a la cual hoy tenemos acceso, pero a él le bastaba con ver el sufrimiento y la opresión de las personas de su pueblo para comprender que del otro lado había un poder despótico y abusivo. Por eso, en esta supuesta trampa o prueba, Jesús es claro: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (apódote oún tá Kaísaros Kaísari kaí tá toú theoú tō theṓ; v. 21). Profundicemos un poco más.
El texto y su contexto
Como dice Carter, el evangelio de Mateo “es una obra de resistencia” que se enfrenta al “poder imperial romano” y al “control sinagogal.”1 Las comunidades que vivieron después de la destrucción del Templo de Jerusalén a manos del Imperio romano (70 d.C.) necesitaban una alternativa al margen de aquel poder dominante.
Nuestro texto se encuentra en la quinta y última sección narrativa del evangelio, y Jesús acaba de entrar en Jerusalén (cap. 21).
La acción es sencilla. Un grupo de fariseos intenta tenderle una trampa a Jesús y fracasa. Su intención era enredarlo por medio de “alguna palabra” (v. 15). El tema que allí plantean era de mucha actualidad para el momento en el cual fue escrito el evangelio (hacia el 80 d.C.). La comunidad tiene dudas; no puede compatibilizar los conflictos político-religiosos con la nueva propuesta del nazareno.
Tributo
Cualquier impuesto debería tener como objetivo el bien común, pero si se destina a otros fines, se tergiversa su sentido primordial. Cuando aparece el denario en escena, se produce un quiebre; se hace visible ese dualismo de la pregunta-trampa: pagar o no (v. 17). Levoratti lo explica claramente: “Esta moneda era doblemente odiosa para los judíos piadosos. Ante todo, porque llevaba grabada la efigie del César y por lo tanto violaba la prohibición de fabricar imágenes. Además, porque el pueblo judío estaba sometido al dominio de Roma, y el tributo pagado al César, más allá de su valor puramente material, era un signo humillante de la opresión bajo un yugo extranjero.”2
Sin embargo, la pregunta-trampa encierra una falsa dualidad ya que las opciones no son César–Dios, imperio–religión. Hay una tercera alternativa: la de Jesús.
El tributo significaba la garantía de la pax romana para el imperio; para los dominados era una muestra de sumisión, y para la mayoría de la población era sinónimo de hambre, opresión y pobreza.
La pregunta: Los discípulos de los fariseos y los herodianos lo llaman “Maestro,” título que no utilizan sus discípulas/os, sino sus adversarios. Saben que Jesús no juzga por prósōpon (rostro, cara, aspecto, superficie; “apariencia” dice la traducción de Reina Valera 1995);3 saben que enseña “con verdad” (v. 16).
Los sujetos
Fariseos y sus discípulos ya aparecen anteriormente: en los capítulos 9, 12 y 15 discuten sobre la ley (ayuno, día de reposo, comer con pecadoras/es, pureza). En 12:14 ya comienzan a confabular contra Jesús. En 16:1 y 19:3 se utiliza el verbo peirázō (tentar, poner a prueba).4 Desde que llega a Jerusalén, la contienda es más evidente. Curiosamente, los fariseos no aparecen en la escena junto a Jesús; envían a sus discípulos. Una forma de demostrar aún más su hipocresía; actúan desde las sombras. “La atención es dirigida primeramente a los fariseos […]. Como defensores de un orden social injusto, tratan de conservar su puesto privilegiado en el statu quo frente al ataque de Jesús. […] La acción es de oposición, violencia y engaño.”5
Los herodianos aparecen mencionados por única vez en Mateo en este pasaje en el v. 16, y dos veces en Marcos, donde se los asocia con los fariseos. Sus intereses se vinculan con la dinastía de Herodes. No sabemos si constituían un partido organizado, si eran funcionarios de la corte o simplemente partidarios de aquel régimen. Lo cierto es que su sola mención pone de manifiesto el peligro político de la pregunta: el orden imperial no permitiría una respuesta en contra del tributo.
Jesús está enseñando en el Templo (Mt 21:23), y los sumos sacerdotes y los ancianos lo cuestionan; cuando él les responde, ejemplifica con parábolas: al terminar la segunda, los sumos sacerdotes y los fariseos comprenden que se está refiriendo a ellos (21:45). Jesús redobla la apuesta con una parábola más (22:1–14) y allí es donde se desencadena la intriga tramada por los fariseos. La pregunta de Jesús—“¿Por qué me tentáis, hipócritas?”—desenmascara tanto la hipocresía como la amenaza: peirázō (v. 18, tentar.). Parece ser la estrategia de los fariseos. Pero no termina allí, les pide la moneda con la que se paga el impuesto, la prueba visible del poder imperial. Ahora está todo más claro—no hay solamente dos alternativas. Hay una tercera: el reinado de Dios. Ese reinado comienza aquí y ahora poniendo a Dios en el centro, del lado de los que sufren: “…y a Dios lo que es de Dios” es la expresión del poder amoroso de Dios.
Notas
Warren Carter, Mateo y los márgenes: Una lectura sociopolítica y religiosa (Navarra: Verbo Divino, 2007), 27.
Armando J. Levoratti, “Evangelio según San Mateo,” Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento, ed. Armando J. Levoratti (Navarra: Verbo Divino, 2007), 374.
Inmaculada Delgado Jara, Diccionario griego-español del Nuevo Testamento (Navarra: Verbo Divino, 2006), 299.
Imaginemos que estamos frente a una mesa donde podemos ver el mapa de todo el planeta con sus países y regiones. Imaginemos, además, que podemos ver y escuchar a los gobernantes, a los políticos, a los tecnócratas y tecno-oligarcas de las principales potencias (y de las no tan importantes también) decidir sobre la vida y la muerte del resto de la humanidad. Millones de personas sufriendo guerras, hambrunas, crueldad, injusticias. Unos pocos imponen y privilegian sus intereses por sobre el bienestar del resto… Seguramente, después del asombro, surgirían montones de emociones entremezcladas: enojo, ira, impotencia e incertidumbre; sensación de náusea.
Ese mismo poder desmesurado y cruel estaba representado en el siglo I por el Imperio romano. Ciertamente Jesús no contaba con la inmensa cantidad de información a la cual hoy tenemos acceso, pero a él le bastaba con ver el sufrimiento y la opresión de las personas de su pueblo para comprender que del otro lado había un poder despótico y abusivo. Por eso, en esta supuesta trampa o prueba, Jesús es claro: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (apódote oún tá Kaísaros Kaísari kaí tá toú theoú tō theṓ; v. 21). Profundicemos un poco más.
El texto y su contexto
Como dice Carter, el evangelio de Mateo “es una obra de resistencia” que se enfrenta al “poder imperial romano” y al “control sinagogal.”1 Las comunidades que vivieron después de la destrucción del Templo de Jerusalén a manos del Imperio romano (70 d.C.) necesitaban una alternativa al margen de aquel poder dominante.
Nuestro texto se encuentra en la quinta y última sección narrativa del evangelio, y Jesús acaba de entrar en Jerusalén (cap. 21).
La acción es sencilla. Un grupo de fariseos intenta tenderle una trampa a Jesús y fracasa. Su intención era enredarlo por medio de “alguna palabra” (v. 15). El tema que allí plantean era de mucha actualidad para el momento en el cual fue escrito el evangelio (hacia el 80 d.C.). La comunidad tiene dudas; no puede compatibilizar los conflictos político-religiosos con la nueva propuesta del nazareno.
Tributo
Cualquier impuesto debería tener como objetivo el bien común, pero si se destina a otros fines, se tergiversa su sentido primordial. Cuando aparece el denario en escena, se produce un quiebre; se hace visible ese dualismo de la pregunta-trampa: pagar o no (v. 17). Levoratti lo explica claramente: “Esta moneda era doblemente odiosa para los judíos piadosos. Ante todo, porque llevaba grabada la efigie del César y por lo tanto violaba la prohibición de fabricar imágenes. Además, porque el pueblo judío estaba sometido al dominio de Roma, y el tributo pagado al César, más allá de su valor puramente material, era un signo humillante de la opresión bajo un yugo extranjero.”2
Sin embargo, la pregunta-trampa encierra una falsa dualidad ya que las opciones no son César–Dios, imperio–religión. Hay una tercera alternativa: la de Jesús.
El tributo significaba la garantía de la pax romana para el imperio; para los dominados era una muestra de sumisión, y para la mayoría de la población era sinónimo de hambre, opresión y pobreza.
La pregunta: Los discípulos de los fariseos y los herodianos lo llaman “Maestro,” título que no utilizan sus discípulas/os, sino sus adversarios. Saben que Jesús no juzga por prósōpon (rostro, cara, aspecto, superficie; “apariencia” dice la traducción de Reina Valera 1995);3 saben que enseña “con verdad” (v. 16).
Los sujetos
Curiosamente, los fariseos no aparecen en la escena junto a Jesús; envían a sus discípulos. Una forma de demostrar aún más su hipocresía; actúan desde las sombras. “La atención es dirigida primeramente a los fariseos […]. Como defensores de un orden social injusto, tratan de conservar su puesto privilegiado en el statu quo frente al ataque de Jesús. […] La acción es de oposición, violencia y engaño.”5
Ahora está todo más claro—no hay solamente dos alternativas. Hay una tercera: el reinado de Dios. Ese reinado comienza aquí y ahora poniendo a Dios en el centro, del lado de los que sufren: “…y a Dios lo que es de Dios” es la expresión del poder amoroso de Dios.
Notas