Lectionary Commentaries for October 4, 2026
Decimonoveno domingo después de Pentecostés

from WorkingPreacher.org


Evangelio

Comentario del San Mateo 21:33-46

Dan González Ortega

Dios entrega su viña para que produzca vida, pero reclama sus frutos cuando la autoridad convierte el cuidado en violencia.

La escena continúa dentro del conflicto abierto en el templo. Jesús habla frente a una dirigencia religiosa que acaba de cuestionar su autoridad. Ahora cuenta otra parábola: Una persona propietaria planta una viña, la cerca, cava un lagar, construye una torre y la arrienda. Luego viaja lejos. Al llegar el tiempo de la cosecha, envía siervos para recibir los frutos. Quienes administran la viña golpean, matan y apedrean. Envía más siervos, y ocurre lo mismo. Finalmente envía a su hijo, pensando que lo respetarán. La respuesta es brutal: “Éste es el heredero; venid, matémoslo y apoderémonos de su heredad” (v. 38).

La palabra de mayor fuerza en el tejido del texto es ampelṓn: “viña.” El término nombra el terreno cultivado, cuidado, delimitado y preparado para dar fruto. En el horizonte semítico resuena con kerem, viña, imagen cargada de memoria bíblica, tierra trabajada, pertenencia, vulnerabilidad y esperanza. La viña jamás es simple propiedad agrícola. En la imaginación profética representa al pueblo amado por Dios, una comunidad plantada con ternura, expuesta a peligros reales y llamada a producir justicia.

El relato está tejido con la memoria de Isaías 5. La viña cuidadosamente plantada remite al canto amargo en el cual Dios espera justicia y recibe derramamiento de sangre, espera rectitud y escucha clamor. Mateo retoma esa imagen con filo narrativo. Cada detalle inicial respira paciencia campesina: cerca, lagar, torre. La viña aparece cuidada desde el comienzo. Antes de cualquier reclamo, hay una historia de dedicación. Dios planta, protege, prepara y confía. La tragedia comienza cuando quienes recibieron la viña como encargo la tratan como posesión absoluta.

Desde el horizonte mateano, la viña puede leerse también como imagen de la comunidad de Jesús: la iglesia pequeña, frágil, perseguida, muchas veces despreciada, pero profundamente amada. En Mateo, “las personas pequeñas” expresan mucho más que una categoría sentimental. Nombran a quienes cargan vulnerabilidad, dependencia, amenaza y necesidad de cuidado dentro de la comunidad del Reino. Cuidar la viña significa cuidar esas vidas concretas: proteger la fe cansada, sostener a quienes tienen miedo, defender la dignidad de quienes han visto su vida reducida a sospecha continua, acompañar a la iglesia bajo presión.

En el relato la violencia crece en oleadas. Primero llegan siervos. Luego otros. Al final, el hijo. La parábola concentra la historia profética de Israel, pero también denuncia el presente de Jesús: la dirigencia del templo ha confundido administración con posesión, encargo con dominio, servicio con control. El crimen nace de una frase: “apoderémonos de su heredad.” Esa ambición revela el corazón del conflicto. La viña se vuelve botín cuando el poder religioso olvida que el pueblo pertenece a Dios.

La red de comunidades mateanas escucharía esta parábola desde una herida todavía abierta. Después del año 70, Jerusalén quedó devastada y el templo cayó bajo la maquinaria imperial. Para comunidades judías seguidoras de Jesús en territorios sirios, empobrecidas, desplazadas y obligadas a rehacer memoria, culto y pertenencia, la imagen de la viña tenía enorme peso. El templo, la tierra, la ley, la esperanza y la autoridad ya eran preguntas disputadas. Mateo ofrece una lectura severa: Dios retira la viña de manos violentas y la confía a un pueblo que produzca frutos. Esa afirmación carga juicio contra toda autoridad estéril, pero también consuelo para comunidades pequeñas: Dios puede recuperar su viña de manos abusivas.

El centro cristológico aparece en la figura del hijo. La parábola anuncia la pasión sin convertirla en fatalismo. Jesús sabe que la autoridad violenta preferirá expulsarlo fuera de la viña antes que entregar frutos de justicia. El hijo rechazado se convierte en piedra angular. Aquí Mateo une la parábola con el Salmo 118: “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo.” La imagen es poderosa: aquello que el sistema descarta se vuelve fundamento de una construcción nueva. Dios edifica el futuro con la piedra marcada por el desprecio.

En clave reformadora, Katharina Schütz Zell ofrece una resonancia luminosa. Esta mujer que colaboró en el movimiento de Reforma en Estrasburgo del siglo XVI defendió públicamente el consuelo evangélico, la hospitalidad hacia personas perseguidas y la palabra de mujeres en la vida de la iglesia. Su práctica mostró que la verdadera reforma produce frutos visibles de cuidado, valentía y mesa abierta. Ella misma se encargó del cuidado de familias forzadas a buscar refugio en Estrasburgo debido a su fe protestante. Muchas de esas familias, compuestas primordialmente por mujeres, niñas y niños, experimentaron de primera mano los frutos de su hospitalidad.

Mateo 21 deja de ser un texto sobre reemplazos religiosos y se convierte en una prueba de frutos: una iglesia reformada por el Evangelio se reconoce por la vida que protege, la justicia que practica y la hospitalidad que ofrece.

Para comunidades hispanas en EE. UU., esta parábola toca experiencias muy concretas. Muchas familias en movilidad humana saben lo que significa trabajar en campos ajenos, limpiar casas ajenas, sostener ciudades ajenas, cuidar infancias ajenas, producir frutos que otras manos administran. También conocen instituciones que piden lealtad, trabajo, silencio y gratitud, mientras entregan sospecha, un salario insuficiente, miedo o desprecio. Hijas e hijos crecen entre dos lenguas, con talento, fe y futuro, aunque enfrenten sistemas escolares, laborales y legales que a veces intentan convertir su esperanza en una herencia disputada.

Pero la viña de Dios también aparece como refugio. Muchas iglesias hispanas en EE. UU. son pequeños espacios de descanso para el alma: mesas compartidas, oraciones dichas con acento, abrazos después del trabajo, documentos explicados con paciencia, redes de acompañamiento, defensa de los derechos, cuidado de la dignidad. Ese cuidado puede venir también de comunidades cristianas locales, históricamente asentadas en estas tierras, que abren puertas, comparten recursos, prestan voz pública, acompañan a gente durante trámites, protegen a familias y abrazan con hospitalidad a comunidades culturalmente diversas y sin estatus legal regular. En esas manos solidarias, la viña encuentra sombra, agua y cerca protectora.

La mirada bíblica también nos obliga a extender el horizonte hacia el pueblo palestino, en una tierra que la tradición bíblica reconoce como sagrada. Esa gente concreta, con casas, duelos, infancias, memorias y esperanza, también pertenece a la viña de Dios. Quien cuida la viña por amor al Hijo despreciado y martirizado primero encuentra su desafío en producir frutos de justicia, protección y compasión para toda vida puesta bajo amenaza.

La parábola anuncia que Dios mira la viña desde el fruto que sostiene la vida. Ninguna comunidad puede llamarse fiel mientras convierte a cuerpos vulnerables en vidas descartables. Ninguna institución puede invocar a Dios mientras administra la herencia común con violencia. Ninguna autoridad puede esconder la esterilidad detrás de discursos sagrados. La viña pertenece al Dios que la plantó para que hubiera justicia, pan, dignidad, gozo y paz.

El camino del texto puede sentirse en tres movimientos. Primero, Dios planta con cuidado y entrega confianza. Luego, la administración de la viña se corrompe cuando la ambición reemplaza el servicio. Al final, la piedra rechazada se vuelve fundamento de otra casa, una comunidad construida desde el Crucificado y abierta a los frutos del Reino.

Mateo 21:33–46 nos invita a revisar nuestras manos. ¿Qué frutos estamos entregando? ¿Qué vidas quedan protegidas por nuestra fe? ¿Qué personas encuentran pan, defensa y dignidad bajo nuestra sombra? La viña de Dios sigue viva, aun cuando sus administraciones fracasan. El dueño vuelve por sus frutos, la piedra descartada sostiene una casa nueva, y el Reino crece entre quienes aprenden a cuidar la herencia como don compartido.

En la viña de Dios, ninguna vida vale por sus papeles: cada persona vale porque Dios la plantó, la cuida y la reclama como herencia sagrada.


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