Con el motivo de prepararlos para su partida, Jesús les dijo a sus discípulos: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (v. 16). Al recordar una de las últimas conversaciones que Jesús tuvo con sus discípulos antes de su pasión y ascensión, tenemos que preguntar cuál sería el propósito de enviarlo.
Por un lado, podemos pensar en la necesidad que los/as discípulos/as tendrían de ser consolados después de la muerte del Maestro y ser guiados/as para liderar la iglesia. Pero es importante también considerar que antes de ser líderes eclesiales, los/as discípulos/as también serían los/as primeros/as creyentes y testigos del Cristo Resucitado. Por lo tanto, una de las funciones primarias del Espíritu Santo es hacer su morada en la vida de los/as redimidos/as para que, guiados/as a la verdad desde su interior, pudieran obedecer los mandamientos del Padre y el Hijo.
La realidad es que comprobar nuestro amor por Dios a través de la obediencia a sus mandamientos es el gran dilema humano que ha existido desde la creación del ser humano. En el principio, la caída de Adán y Eva sucedió por su inhabilidad para obedecer el mandato sencillo de no comer del árbol de la ciencia del bien y el mal (Gn 2:17). En vez de sencillamente demostrar su amor por Dios al obedecer su primer mandato, la primera pareja amó más su propio bienestar cuando vieron que el árbol era “deseable para alcanzar la sabiduría” (Gn 3:6). Tal es la naturaleza humana que aún desea escoger su propia suerte y depender de sí mismos/as en vez de confiar en Dios y vivir en comunión plena con él.
La historia de la humanidad desde Adán hasta Jesús es una demostración continua de su inhabilidad de vivir en obediencia a su Creador. Al mismo tiempo, dicha evidencia comprueba la necesidad que el ser humano tiene de Dios para vivir en comunión con él. Gracias a Dios, Jesús, el segundo Adán, pudo hacer lo que el primer Adán no pudo (Ro 5:12–15; 1 Co 15:45–46). Con la muerte y resurrección de Jesucristo, el poder del pecado y la muerte sobre el ser humano fueron vencidos, pero la inhabilidad humana para vivir en santidad continuaría a menos que Dios cambiara la naturaleza humana que había sido corrompida por el pecado desde la caída.
La redención efectuada por la muerte expiatoria de Jesús en la cruz y la obra de regeneración por medio del Espíritu Santo hacen posible el comienzo de una nueva vida. La promesa de la continua presencia del Consolador hace posible que el ser humano ahora pueda por amor a Jesús guardar los mandamientos del Padre en su diario vivir (v. 15). Guiados por el Espíritu de verdad desde su interior, los/as creyentes tienen la capacidad no en sí mismos, sino en quien vive en ellos/as para vivir en obediencia a Dios (v. 17).
El sentimiento que acompaña las palabras de Jesús al anunciar la promesa del Consolador es uno de cariño enternecido por sus discípulos/as. Además, debe interpretarse en el sentido comunitario de toda la conversación que comprenden los capítulos 14 al 17. Cuando Jesús les dice: “No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros” (v. 18), podríamos interpretar que simplemente se refiere a su regreso a ellos/as después de su resurrección. Pero en base a la oración sacerdotal que Jesús hace por sus discípulos/as en Juan 17 debe tomarse como incluyendo a futuros discípulos/as. Cuando Jesús ora: “Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Jn 17:20), claramente tiene en mente a la iglesia universal del ayer, hoy y mañana. Por lo tanto, escuchando las palabras de Jesús desde una perspectiva escatológica, los capítulos 14 al 17 de Juan anuncian su prolongada ausencia y la necesidad de un paracleto (Consolador, Abogado, o Consejero) que cumpliría la función de Jesús después de su partida.
Además, las palabras de Jesús a sus discípulos/as probarían ser consuelo anticipatorio no solo en el tiempo de soledad y tristeza que vivirían después de su muerte, sino también como preparación para la continuación de sus vidas sin la presencia física de Jesús. Aunque llegaría el tiempo que ya no lo verían en carne y hueso, experimentarían su presencia espiritual a través del poder del Espíritu Santo (v. 19). Asimismo, Jesús anuncia la nueva realidad que vivirían después del nuevo nacimiento cuando les dice: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (v. 20). La promesa de la presencia perdurable del Espíritu Santo en la vida de quien cree permite que la persona cristiana pueda genuinamente manifestar su amor por Dios al obedecer sus mandamientos.
Por eso Jesús declara: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (v. 21). La obediencia que no era posible por el esfuerzo humano debido a la naturaleza pecaminosa del ser humano sería ahora posible. Redimidos/as y restaurados/as por la gracia de la muerte redentora de Jesús, y asistidos/as desde su interior por la obra santificadora del Espíritu, entrarían en una relación íntima con el Padre y el Hijo, y en ese vínculo de amor obedecerían sus mandamientos.
Dichosa el alma en quien se realiza esta promesa, pues este es el fin por el cual el ser humano fue creado por Dios. Aunque la comunión plena y continua con Dios no será posible a este lado de la eternidad, ya se puede experimentar un poquito del cielo con destellos de esa relación íntima con Dios. Este es el don del Espíritu que está disponible para quien cree: el privilegio de sentirse amado/a y, en respuesta a ese amor, entrar en comunión con el Dios Trino, quien vino a redimirnos y restaurarnos.
Con el motivo de prepararlos para su partida, Jesús les dijo a sus discípulos: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (v. 16). Al recordar una de las últimas conversaciones que Jesús tuvo con sus discípulos antes de su pasión y ascensión, tenemos que preguntar cuál sería el propósito de enviarlo.
Por un lado, podemos pensar en la necesidad que los/as discípulos/as tendrían de ser consolados después de la muerte del Maestro y ser guiados/as para liderar la iglesia. Pero es importante también considerar que antes de ser líderes eclesiales, los/as discípulos/as también serían los/as primeros/as creyentes y testigos del Cristo Resucitado. Por lo tanto, una de las funciones primarias del Espíritu Santo es hacer su morada en la vida de los/as redimidos/as para que, guiados/as a la verdad desde su interior, pudieran obedecer los mandamientos del Padre y el Hijo.
La realidad es que comprobar nuestro amor por Dios a través de la obediencia a sus mandamientos es el gran dilema humano que ha existido desde la creación del ser humano. En el principio, la caída de Adán y Eva sucedió por su inhabilidad para obedecer el mandato sencillo de no comer del árbol de la ciencia del bien y el mal (Gn 2:17). En vez de sencillamente demostrar su amor por Dios al obedecer su primer mandato, la primera pareja amó más su propio bienestar cuando vieron que el árbol era “deseable para alcanzar la sabiduría” (Gn 3:6). Tal es la naturaleza humana que aún desea escoger su propia suerte y depender de sí mismos/as en vez de confiar en Dios y vivir en comunión plena con él.
La historia de la humanidad desde Adán hasta Jesús es una demostración continua de su inhabilidad de vivir en obediencia a su Creador. Al mismo tiempo, dicha evidencia comprueba la necesidad que el ser humano tiene de Dios para vivir en comunión con él. Gracias a Dios, Jesús, el segundo Adán, pudo hacer lo que el primer Adán no pudo (Ro 5:12–15; 1 Co 15:45–46). Con la muerte y resurrección de Jesucristo, el poder del pecado y la muerte sobre el ser humano fueron vencidos, pero la inhabilidad humana para vivir en santidad continuaría a menos que Dios cambiara la naturaleza humana que había sido corrompida por el pecado desde la caída.
La redención efectuada por la muerte expiatoria de Jesús en la cruz y la obra de regeneración por medio del Espíritu Santo hacen posible el comienzo de una nueva vida. La promesa de la continua presencia del Consolador hace posible que el ser humano ahora pueda por amor a Jesús guardar los mandamientos del Padre en su diario vivir (v. 15). Guiados por el Espíritu de verdad desde su interior, los/as creyentes tienen la capacidad no en sí mismos, sino en quien vive en ellos/as para vivir en obediencia a Dios (v. 17).
El sentimiento que acompaña las palabras de Jesús al anunciar la promesa del Consolador es uno de cariño enternecido por sus discípulos/as. Además, debe interpretarse en el sentido comunitario de toda la conversación que comprenden los capítulos 14 al 17. Cuando Jesús les dice: “No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros” (v. 18), podríamos interpretar que simplemente se refiere a su regreso a ellos/as después de su resurrección. Pero en base a la oración sacerdotal que Jesús hace por sus discípulos/as en Juan 17 debe tomarse como incluyendo a futuros discípulos/as. Cuando Jesús ora: “Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Jn 17:20), claramente tiene en mente a la iglesia universal del ayer, hoy y mañana. Por lo tanto, escuchando las palabras de Jesús desde una perspectiva escatológica, los capítulos 14 al 17 de Juan anuncian su prolongada ausencia y la necesidad de un paracleto (Consolador, Abogado, o Consejero) que cumpliría la función de Jesús después de su partida.
Además, las palabras de Jesús a sus discípulos/as probarían ser consuelo anticipatorio no solo en el tiempo de soledad y tristeza que vivirían después de su muerte, sino también como preparación para la continuación de sus vidas sin la presencia física de Jesús. Aunque llegaría el tiempo que ya no lo verían en carne y hueso, experimentarían su presencia espiritual a través del poder del Espíritu Santo (v. 19). Asimismo, Jesús anuncia la nueva realidad que vivirían después del nuevo nacimiento cuando les dice: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (v. 20). La promesa de la presencia perdurable del Espíritu Santo en la vida de quien cree permite que la persona cristiana pueda genuinamente manifestar su amor por Dios al obedecer sus mandamientos.
Por eso Jesús declara: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (v. 21). La obediencia que no era posible por el esfuerzo humano debido a la naturaleza pecaminosa del ser humano sería ahora posible. Redimidos/as y restaurados/as por la gracia de la muerte redentora de Jesús, y asistidos/as desde su interior por la obra santificadora del Espíritu, entrarían en una relación íntima con el Padre y el Hijo, y en ese vínculo de amor obedecerían sus mandamientos.
Dichosa el alma en quien se realiza esta promesa, pues este es el fin por el cual el ser humano fue creado por Dios. Aunque la comunión plena y continua con Dios no será posible a este lado de la eternidad, ya se puede experimentar un poquito del cielo con destellos de esa relación íntima con Dios. Este es el don del Espíritu que está disponible para quien cree: el privilegio de sentirse amado/a y, en respuesta a ese amor, entrar en comunión con el Dios Trino, quien vino a redimirnos y restaurarnos.