La historia está llena de grandes hombres que se dieron títulos rimbombantes. Reyes que se proclamaron amos del mundo, militares que se creían conquistadores de la tierra, científicos que pensaban saberlo todo, filósofos que podían resolver cualquier cuestión. Pero solo hubo un hombre que dijo de sí mismo algo que nadie se había atrevido a decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
Era la hora de las despedidas. Los discípulos estaban tristes, cenando por última vez con Jesús, porque sabían que el Maestro iba a partir de este mundo. Creían que los abandonaría para siempre. Viendo sus rostros abatidos, Jesús les dice que él está sereno y en paz, y les explica por qué: porque se va a la casa del Padre, un lugar maravilloso que lo está esperando. Agrega también que ellos no deben estar tristes, porque un día irán a ese mismo lugar, puesto que ya conocen el camino. Entonces Tomás, que nunca se callaba cuando no entendía alguna cosa, lo interrumpe y le dice: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (v. 5). Jesús, que creía que ya lo habían entendido, con paciencia le contesta: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (v. 6).
Tomás pensaba que el camino del que hablaba Jesús era uno de esos que se encuentran en un mapa, o en una guía de turismo. Que cuando Jesús hablaba de un “camino” se refería a algún método o receta sencilla para superar la tristeza que los embargaba. Pero Jesús, con su respuesta, le aclaró que para la vida no hay recetas fáciles ni fórmulas mágicas. Lo que hay que hacer, para que la existencia no nos agobie, es aferrarse a Jesús y caminar con él por donde sea que nos toque transitar.
Hoy mucha gente, al igual que Tomás, se pregunta cuál es el camino o la receta para salir de sus crisis. Qué técnica emplear para solucionar sus problemas y sus dificultades diarias. Algunos van a un curandero. Otros a que les lean las cartas. Otros toman pastillas para los nervios. Otros recurren a terapias alternativas como chamanismo, el feng shui, el umbandismo, las flores de Bach, el horóscopo o la cromoterapia. Todo esto nos revela que vivimos en una sociedad ansiosa y preocupada, que busca con avidez el alivio y la paz. Y no está mal buscar prácticas sanadoras. Pero para el evangelio, la fórmula que verdaderamente puede darnos paz es caminar por la vida con Jesús.
¿Y qué significa que Jesús sea el camino? Supongamos (siguiendo a W. Barclay) que estamos perdidos en una ciudad, y preguntamos a alguien por la calle cómo llegar a una dirección; y supongamos que esa persona nos dice: “Tome la primera calle a la derecha, camine tres cuadras, doble a la izquierda, cruce la plaza, pase el puente…” Lo más probable es que nos perdamos en la mitad del trayecto. Pero si nos dice: “Venga conmigo, que yo lo llevaré,” entonces esa persona se convierte en nuestro camino. Es lo que hace Jesús con nosotros/as. No nos indica desde lejos el camino a seguir, sino que nos acompaña, está a nuestro lado dándonos fortaleza e iluminando nuestro recorrido. Por eso, el cristianismo no consiste en una doctrina abstracta, ni en teorías, sino en descubrir que una persona real camina con nosotros/as, y que con ella podemos hablar, compartir la vida y confiarle nuestras inquietudes.
Lo segundo que enseña Jesús es que él es la verdad. Con esto quiere decir que, si examinamos nuestra vida a la luz de su evangelio, podemos descubrir la verdad sobre nosotros/as mismos/as. Si hay algo que nos cuesta enormemente es vivir en la verdad. Cuando algo no nos gusta o nos resulta difícil, aunque sepamos que es lo mejor para nosotros/as, preferimos engañarnos e inventar excusas. Nos decimos que estamos bien, que nuestra salud está controlada, que no necesitamos cambiar ningún hábito, que nuestras relaciones funcionan perfectamente, que nuestro comportamiento es el correcto, porque nos resulta más cómodo no mirar la verdad de frente. Es como la historia de aquel hombre que se encontró con un amigo y este le preguntó: “¿Dónde estuviste todo este tiempo?” “Estuve asistiendo a unas clases para quitarme las ganas de fumar.” “Y veo que no te dieron resultado.” “Sí, me dieron resultado.” “Pero estás fumando.” “Sí, pero sin ganas.” Nos terminamos convenciendo de tantas falsedades, de ideas mezcladas con supersticiones, de medias verdades, que al final nos resulta difícil descubrir quiénes somos en verdad, y cómo debemos vivir para ser auténticos/as. Jesús nos asegura que, acogiendo la buena noticia de su evangelio, podemos descubrir una verdad más profunda sobre nosotros/as mismos/as y sobre el papel que debemos desempeñar en este mundo.
Finalmente, Jesús dice que él es la vida. Y esto es algo fundamental, porque la vida es lo que todos buscamos cada día, en todo lo que hacemos. Cuando pensamos en el final de nuestra vida, enseguida nos viene a la mente la idea de la muerte. Pero antes de que ella llegue, muchas cosas ya nos van quitando un poco de vida: los miedos, la tristeza, los enojos, las angustias, los rencores acumulados… Y terminamos diciendo: “¡Esto ya no es vida!” Claro que no. Porque esa es una vida menguada, apocada, empañada. En cambio, el mensaje de Jesús, con sus invitaciones al perdón, al amor, a la convivencia fraterna, a la aceptación del otro con sus diferencias, nos ofrece alternativas para una existencia más vital y plena.
Una leyenda del desierto cuenta que un beduino quería mudarse a otro oasis, y comenzó a cargar sus pertenencias en su camello. Puso las alfombras, los utensilios de cocina, los atados de ropa. El camello iba soportando con dificultad la carga. Cuando ya estaba por partir, el hombre se acordó de una hermosa pluma azul que su padre le había regalado. Fue a buscarla y la puso también sobre el camello. Entonces el animal se desplomó por el peso y murió. Y el beduino exclamó: “¡Qué camello tan flojo! No aguantó el peso de una pluma.” A veces pensamos que lo que nos terminó derrumbando fue el pequeño incidente que tuvimos la última vez, cuando en realidad fue todo lo que veníamos acumulando, y que poco a poco nos fue quitando vida, aliento, ánimo.
Debemos agradecerle a Tomás que haya interrumpido a Jesús con su pregunta, porque gracias a ella Jesús pronunció una de las mejores definiciones que jamás dio de sí mismo. Y es una frase que todo creyente debería recordar. Más que otros grandes títulos que el cristianismo le ha otorgado, este que él se atribuyó en el evangelio es el que mejor lo define. Jesús es el camino, con el ejemplo que nos dio. Es la verdad, con la palabra que predicó. Es la vida, con la fuerza y el entusiasmo que nos dejó.
Que Jesús sea “el camino” para llegar a Dios, como dice el evangelio, no significa que todas las otras religiones sean falsas. Esa es una conclusión que a veces se ha sacado. Pero no es así. Jesús es el camino que los/as cristianos/as han elegido seguir. Y sobre todo a ellos/as se les debería ver comprometidos/as con su mensaje y asumiendo sus enseñanzas. Lo triste es cuando vemos a tantos supuestos creyentes en Jesús que van por otro camino. Incluso hay gente que vive tan ansiosa esperando la segunda venida de Jesús, que se ha olvidado de que Jesús ya vino y nos enseñó muchas cosas que no estamos cumpliendo.
¿Para qué queremos entonces un Jesús que vuelve, si todavía no hemos comprendido al Jesús que vino? Porque el verdadero discípulo o la verdadera discípula no es quien espera a Jesús, sino quien camina ya ahora con él.
La historia está llena de grandes hombres que se dieron títulos rimbombantes. Reyes que se proclamaron amos del mundo, militares que se creían conquistadores de la tierra, científicos que pensaban saberlo todo, filósofos que podían resolver cualquier cuestión. Pero solo hubo un hombre que dijo de sí mismo algo que nadie se había atrevido a decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
Era la hora de las despedidas. Los discípulos estaban tristes, cenando por última vez con Jesús, porque sabían que el Maestro iba a partir de este mundo. Creían que los abandonaría para siempre. Viendo sus rostros abatidos, Jesús les dice que él está sereno y en paz, y les explica por qué: porque se va a la casa del Padre, un lugar maravilloso que lo está esperando. Agrega también que ellos no deben estar tristes, porque un día irán a ese mismo lugar, puesto que ya conocen el camino. Entonces Tomás, que nunca se callaba cuando no entendía alguna cosa, lo interrumpe y le dice: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (v. 5). Jesús, que creía que ya lo habían entendido, con paciencia le contesta: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (v. 6).
Tomás pensaba que el camino del que hablaba Jesús era uno de esos que se encuentran en un mapa, o en una guía de turismo. Que cuando Jesús hablaba de un “camino” se refería a algún método o receta sencilla para superar la tristeza que los embargaba. Pero Jesús, con su respuesta, le aclaró que para la vida no hay recetas fáciles ni fórmulas mágicas. Lo que hay que hacer, para que la existencia no nos agobie, es aferrarse a Jesús y caminar con él por donde sea que nos toque transitar.
Hoy mucha gente, al igual que Tomás, se pregunta cuál es el camino o la receta para salir de sus crisis. Qué técnica emplear para solucionar sus problemas y sus dificultades diarias. Algunos van a un curandero. Otros a que les lean las cartas. Otros toman pastillas para los nervios. Otros recurren a terapias alternativas como chamanismo, el feng shui, el umbandismo, las flores de Bach, el horóscopo o la cromoterapia. Todo esto nos revela que vivimos en una sociedad ansiosa y preocupada, que busca con avidez el alivio y la paz. Y no está mal buscar prácticas sanadoras. Pero para el evangelio, la fórmula que verdaderamente puede darnos paz es caminar por la vida con Jesús.
¿Y qué significa que Jesús sea el camino? Supongamos (siguiendo a W. Barclay) que estamos perdidos en una ciudad, y preguntamos a alguien por la calle cómo llegar a una dirección; y supongamos que esa persona nos dice: “Tome la primera calle a la derecha, camine tres cuadras, doble a la izquierda, cruce la plaza, pase el puente…” Lo más probable es que nos perdamos en la mitad del trayecto. Pero si nos dice: “Venga conmigo, que yo lo llevaré,” entonces esa persona se convierte en nuestro camino. Es lo que hace Jesús con nosotros/as. No nos indica desde lejos el camino a seguir, sino que nos acompaña, está a nuestro lado dándonos fortaleza e iluminando nuestro recorrido. Por eso, el cristianismo no consiste en una doctrina abstracta, ni en teorías, sino en descubrir que una persona real camina con nosotros/as, y que con ella podemos hablar, compartir la vida y confiarle nuestras inquietudes.
Lo segundo que enseña Jesús es que él es la verdad. Con esto quiere decir que, si examinamos nuestra vida a la luz de su evangelio, podemos descubrir la verdad sobre nosotros/as mismos/as. Si hay algo que nos cuesta enormemente es vivir en la verdad. Cuando algo no nos gusta o nos resulta difícil, aunque sepamos que es lo mejor para nosotros/as, preferimos engañarnos e inventar excusas. Nos decimos que estamos bien, que nuestra salud está controlada, que no necesitamos cambiar ningún hábito, que nuestras relaciones funcionan perfectamente, que nuestro comportamiento es el correcto, porque nos resulta más cómodo no mirar la verdad de frente. Es como la historia de aquel hombre que se encontró con un amigo y este le preguntó: “¿Dónde estuviste todo este tiempo?” “Estuve asistiendo a unas clases para quitarme las ganas de fumar.” “Y veo que no te dieron resultado.” “Sí, me dieron resultado.” “Pero estás fumando.” “Sí, pero sin ganas.” Nos terminamos convenciendo de tantas falsedades, de ideas mezcladas con supersticiones, de medias verdades, que al final nos resulta difícil descubrir quiénes somos en verdad, y cómo debemos vivir para ser auténticos/as. Jesús nos asegura que, acogiendo la buena noticia de su evangelio, podemos descubrir una verdad más profunda sobre nosotros/as mismos/as y sobre el papel que debemos desempeñar en este mundo.
Finalmente, Jesús dice que él es la vida. Y esto es algo fundamental, porque la vida es lo que todos buscamos cada día, en todo lo que hacemos. Cuando pensamos en el final de nuestra vida, enseguida nos viene a la mente la idea de la muerte. Pero antes de que ella llegue, muchas cosas ya nos van quitando un poco de vida: los miedos, la tristeza, los enojos, las angustias, los rencores acumulados… Y terminamos diciendo: “¡Esto ya no es vida!” Claro que no. Porque esa es una vida menguada, apocada, empañada. En cambio, el mensaje de Jesús, con sus invitaciones al perdón, al amor, a la convivencia fraterna, a la aceptación del otro con sus diferencias, nos ofrece alternativas para una existencia más vital y plena.
Una leyenda del desierto cuenta que un beduino quería mudarse a otro oasis, y comenzó a cargar sus pertenencias en su camello. Puso las alfombras, los utensilios de cocina, los atados de ropa. El camello iba soportando con dificultad la carga. Cuando ya estaba por partir, el hombre se acordó de una hermosa pluma azul que su padre le había regalado. Fue a buscarla y la puso también sobre el camello. Entonces el animal se desplomó por el peso y murió. Y el beduino exclamó: “¡Qué camello tan flojo! No aguantó el peso de una pluma.” A veces pensamos que lo que nos terminó derrumbando fue el pequeño incidente que tuvimos la última vez, cuando en realidad fue todo lo que veníamos acumulando, y que poco a poco nos fue quitando vida, aliento, ánimo.
Debemos agradecerle a Tomás que haya interrumpido a Jesús con su pregunta, porque gracias a ella Jesús pronunció una de las mejores definiciones que jamás dio de sí mismo. Y es una frase que todo creyente debería recordar. Más que otros grandes títulos que el cristianismo le ha otorgado, este que él se atribuyó en el evangelio es el que mejor lo define. Jesús es el camino, con el ejemplo que nos dio. Es la verdad, con la palabra que predicó. Es la vida, con la fuerza y el entusiasmo que nos dejó.
Que Jesús sea “el camino” para llegar a Dios, como dice el evangelio, no significa que todas las otras religiones sean falsas. Esa es una conclusión que a veces se ha sacado. Pero no es así. Jesús es el camino que los/as cristianos/as han elegido seguir. Y sobre todo a ellos/as se les debería ver comprometidos/as con su mensaje y asumiendo sus enseñanzas. Lo triste es cuando vemos a tantos supuestos creyentes en Jesús que van por otro camino. Incluso hay gente que vive tan ansiosa esperando la segunda venida de Jesús, que se ha olvidado de que Jesús ya vino y nos enseñó muchas cosas que no estamos cumpliendo.
¿Para qué queremos entonces un Jesús que vuelve, si todavía no hemos comprendido al Jesús que vino? Porque el verdadero discípulo o la verdadera discípula no es quien espera a Jesús, sino quien camina ya ahora con él.