Lectionary Commentaries for January 25, 2026
Tercer domingo después de Epifanía

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Evangelio

Comentario del San Mateo 4:12-23

Alexia Salvatierra

En el evangelio de hoy miramos a Jesús empezando su ministerio público, dirigiéndose hacia el lago de Galilea y predicando el reino de Dios. El reino de Dios fue el tema más común en la predicación de nuestro Señor, mucho más frecuente de lo que encontramos en el mensaje de la mayoría de predicadores hoy en día.

Quizás una razón para la ausencia del tema en los sermones actuales es que el concepto del reino de Dios, o el reino de los cielos, es complejo, profundo, y difícil de comprender y aplicar al mundo de hoy.  Para comprender el contenido y propósito de esta predicación de Jesús debemos examinar primero la situación—la situación sociopolítica y religiosa, y la situación particular de Jesús.

La época de Jesús estaba caracterizada por la inestabilidad y la angustia. Los judíos, en particular, sufrían bajo un sistema político cruel y caprichoso, con la mayoría explotada, soportando pobreza e injusticia.  Galilea como una región estaba aún más marginalizada—despreciada por su pobreza, su mestizaje de culturas y etnias, y su tendencia a desobedecer la ley. Y Nazaret era peor que otros lugares en Galilea. “¿De Nazaret puede salir algo bueno?,” preguntó Nataniel (Juan 1:46). Naturalmente había un gran anhelo en el pueblo para un cambio. (¿Podemos, como el pueblo hispano en los EE. UU., identificarnos con estos sentimientos y realidades?)

Tratando de comprender su sufrimiento y encontrar esperanza, el pueblo de Dios recordó su historia y las promesas de Dios. Creyeron que su estatus era resultado de su pecado, y por eso, buscaron oportunidades para el arrepentimiento. También creyeron que era el momento ideal para la venida del Mesías, un héroe mandado por Dios para liberarles de toda opresión—trayendo el perdón del pecado y el fin de la injusticia del gobierno. Esperaban una liberación integral. No era una mala interpretación del reino de Dios. Obedecer la voluntad de Dios es vivir en el reino de Dios. (Nótese el paralelismo hebreo en la oración del Señor, Mateo 6:10). Si se obedece la voluntad de Dios, todo el mundo experimenta la liberación integral. La cuestión no es la meta; la cuestión es la vía hacia la meta.

En la historia personal de Jesús, su trayectoria empezó con la confirmación y la unción para su misión de su querido primo, Juan el Bautista. Después, el Espíritu Santo le llevó al desierto para comprender su misión por la experiencia de enfrentar las tentaciones. Todas las tentaciones tuvieron que ver con la diferencia entre el sueño del pueblo para un Mesías y la llamada de Jesús. Su misión no era traer inmediatamente el pan, el poder político ni la protección del mal al pueblo. Aunque el reino de Dios al último incluye todo eso (Lucas 4:16–20), no sucedería por la vía comúnmente esperada por el pueblo.

Regresando del desierto, Jesús supo que el gobierno había arrestado y matado a su primo. Imagínese su reacción; ya había experimentado como niño ser refugiado de un gobierno que quería matarle y el mismo gobierno había matado a muchos bebés buscándolo a él. Con razón el texto dice que se mudó de Nazaret. Pero se quedó en Galilea y empezó a predicar la venida del reino y llamar a la gente al arrepentimiento—el mismo mensaje de Juan. A la vez, hizo algo que no había hecho Juan; como señal de que hablaba la verdad y tenía la autoridad y el poder para liberar, sanó a los enfermos. Las enfermedades de la gente de Galilea eran causadas por la pobreza. Como alguna vez dijo el padre Gustavo Gutiérrez, la manifestación de la pobreza es la muerte prematura e injusta. Curando a los enfermos, Jesús demostró que ya había empezado el cambio anhelado y que había sido ungido para iniciar este cambio.

La otra parte clave de esta lectura es cómo Jesús empezó a desarrollar su movimiento. La vocación de Jesús incluyó, desde el principio, la formación de un equipo y una comunidad para vivir y expandir el reino. Hay mucho debate sobre la razón por la que los primeros discípulos siguieron a Jesús con tanta rapidez. Lucas lo hace más entendible con la historia de la captura milagrosa de peces. Pero también la historia más reciente nos muestra que jóvenes atrapados en situaciones de opresión y anhelando un cambio frecuentemente salen de todo para participar en la revolución. El milagro de la captura milagrosa de peces solo confirmó que Jesús había sido enviado por Dios con el poder y la autoridad para liberar.

¿Qué significa todo eso hoy? Experimentamos sufrimiento injusto. Nos encontramos atrapados en el pecado personal y social, y sentimos angustia y un gran anhelo de un cambio total, un cambio integral. No tenemos la capacidad por nosotros/as mismos/as para alcanzar el cambio que necesitamos. Necesitamos a Jesús, el enviado por Dios, para liberarnos, para iniciar el reino de Dios en que todo es como debe ser, la realización de todos nuestros sueños, la sanidad integral de nosotros/as mismos/as, nuestras familias, comunidades y sociedades. El reto para nosotros/as es el mismo reto que enfrentaron los pescadores después de que siguieron a Jesús. La vía de Jesús no es una sencilla subida de gloria a gloria, de victoria a victoria. Jesús tuvo que pasar por la cruz, y si queremos seguirle, necesitamos cargar con la cruz. La cruz no es cualquier sufrimiento; la cruz es el sufrimiento redentor que experimentamos cuando hacemos la voluntad de Dios. El amor—particularmente, el amor a los enemigos de Dios—trae sufrimiento.

La vía distinta de Jesús, en oposición a las expectativas de su pueblo, es amar a los enemigos y buscar su conversión en vez de destruirlos. La misión de Jesús, antes de que se pueda cambiar todo externamente, es buscar a todas las ovejas perdidas y unirnos en una comunidad en la que todos/as experimentemos la reconciliación y los procesos de la sanidad y la santidad en todos niveles. Así nos convertimos en agentes de Jesús, en Cristos pequeños, contagiando al mundo con el reino, trayendo shalom (paz) a nuestras comunidades y sociedades, y experimentando en el proceso pruebas del banquete que viene.

La verdad quizás más dolorosa y difícil de aceptar, la mala noticia, es que no podemos llevar a cabo esta misión con nuestras propias fuerzas. La verdad más bella es que no necesitamos depender de nuestra capacidad. Jesús nos abraza, Jesús nos perdona, Jesús nos forma y transforma, Jesús nos guía a la cruz en todas sus formas, y Jesús nos hace pasar de la cruz a la resurrección. Encontramos la puerta al reino de Dios caminando con Jesús. Proclamemos esta buena noticia.