El leccionario de hoy presenta uno de los relatos evangélicos más famosos. En el contexto de nuestro camino cuaresmal, este relato resulta particularmente conmovedor al retratar la belleza y la profundidad de la reconciliación divina. El encuentro de Jesús y la samaritana es quizás la ilustración más impactante del punto culminante de la lectura de la semana pasada: que Jesús no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo (3:16–17). En su interacción con la mujer, Jesús revela la dulzura con la que aborda el sufrimiento de cada alma humana.
Al mismo tiempo, la obra maestra literaria de Juan muestra cómo la reconciliación lograda por Jesús se extiende mucho más allá del individuo, al traer paz a través de él a la familia humana en general. La reconciliación es, en última instancia, una fuerza espiritual que se multiplica por sí misma. Para demostrarlo, destacaré algunos elementos exegéticos claves de la lectura, aclarando algunas alusiones críticas al Antiguo Testamento. Concluiré mostrando cómo el encuentro conciliador de Jesús con la mujer samaritana ilustra el alcance cósmico de la misión salvadora de Jesús y consideraré lo que esto sugiere a la luz del actual tiempo de Cuaresma.
Amor en el pozo de Jacob
Dentro de la narrativa del Evangelio de Juan, el encuentro con la samaritana ocurre casi inmediatamente después del encuentro con Nicodemo y, en muchos sentidos, sirve como una “secuela” apropiada. Al igual que en la escena de Nicodemo, el contexto del encuentro revela gran parte del panorama teológico sobre el que se construye el diálogo. El evangelista nos cuenta que Jesús se sentó junto al “pozo de Jacob” (v. 6), cansado. Aunque el pozo no se menciona en el Antiguo Testamento, el encuentro entre un hombre y una mujer en un pozo recuerda mucho a las narraciones del Antiguo Testamento en las que un encuentro decisivo en un pozo resulta en matrimonio. Este es el caso de Isaac y Rebeca (Gn 24:10–19), Jacob y Raquel (Gn 29:1–14) y Moisés y Séfora (Éx 2:15–21). De hecho, el matrimonio de Isaac y Rebeca se produce cuando el siervo de Isaac le pide a Rebeca de beber (Gn 24:17). Por lo tanto, muchos comentaristas interpretan el marco narrativo como una evocación de imágenes matrimoniales.
A diferencia del diálogo con Nicodemo, es Jesús mismo quien inicia la conversación pidiéndole de beber a la mujer. Juan nos dice que era alrededor del mediodía (“la hora sexta,” v. 6) cuando la mujer fue a sacar agua, detalle que algunos comentaristas interpretan como una alusión a la vergüenza de la mujer. Solo quienes deseaban evitar las multitudes acudían a sacar agua durante las horas más calurosas del día. Sin embargo, al igual que Nicodemo, la mujer malinterpreta repetidamente las realidades espirituales de las que habla Jesús y las entiende en términos puramente físicos. Interpreta el agua viva de Jesús como proveniente de un pozo físico (v. 11) y ve a Jesús solo a través de las normas de género y las disputas geopolíticas terrenales entre samaritanos y judíos: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?” (v. 9). Es más, cuando Jesús insiste en su oferta de agua viva, la mujer finalmente acepta solo para no volver a tener sed física y tener que ir a sacar agua al pozo (v. 15).
En cada momento, la mujer solo ve lo físico, y aun así Jesús persiste en guiarla pacientemente hacia la verdad. Observen cómo la oferta de salvación de Jesús sigue siendo eso, una oferta, e incluso cuando Jesús conoce los errores de la mujer, le da la oportunidad de confesarlos en lugar de señalarlos de manera brusca. Sorprendentemente, su pedagogía gentil funciona: en cada etapa, la mujer ve con mayor claridad quién realmente es Jesús. Al estilo típico de Juan, la narración lleva al lector a través de una cristología gradualmente ascendente hasta que la identidad plena de Jesús queda resplandecientemente clara. Observen que la manera como la mujer se dirige a Jesús revela un desarrollo: empieza llamándolo “judío” (v. 9), después “Señor” (kyrios en el original griego) (v. 11), “profeta” (v. 19), “Cristo” (v. 29), y finalmente, gracias a su testimonio, otros samaritanos confiesan que él es “el Salvador del mundo” (v. 42). Jesús surge como un Mesías que reconcilia y rompe los estigmas y los límites humanos mientras conduce apaciblemente a la persona humana hacia las fuentes de la vida eterna.
El Salvador del mundo
El marco narrativo del encuentro sugiere que la interacción de Jesús con la samaritana se desarrolla en el contexto más amplio de las tensiones históricas y teológicas entre judíos y samaritanos. Que esto es prioritario para el autor queda claro cuando explica que “judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (v. 9) e incluye la disputa sobre el monte sagrado, Gerizim o Jerusalén (vv. 20–21).1 Por esta razón, algunos comentaristas interpretan los cinco esposos de la mujer como una representación simbólica de las “cinco” naciones con las que los samaritanos se habían casado, abandonando su pacto con Dios. Según 2 Reyes 17:24, “el rey de Asiria llevó gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim, y la puso en las ciudades de Samaria, en lugar de los hijos de Israel. Así ocuparon Samaria y habitaron en sus ciudades.”2 De hecho, es posible que haya un juego de palabras aquí, ya que la palabra para “esposo” en hebreo (ba’al, que literalmente significa “señor”) es la misma que el nombre de una famosa deidad cananea.
Por lo tanto, es aún más significativo que la relación entre Jesús y la samaritana genere una reconciliación más amplia, en la que muchos samaritanos reconocen a Jesús, un hombre judío, como el Salvador del mundo. El hecho de que la mujer simbolice de alguna manera a Samaria no resta valor al íntimo intercambio interpersonal que fundamenta la narrativa. Más bien, revela cómo la reconciliación no es solo personal, sino también profundamente comunitaria. Así, vivir en un estado de reconciliación con Dios genera paz no solo en nuestra vida personal, sino también en nuestras comunidades fragmentadas. Por lo tanto, la nueva amistad entre Jesús y la mujer comienza a sanar heridas históricas de comunidades enteras.
A la luz de nuestro camino cuaresmal, este episodio nos recuerda dos cosas. Primero, que el tiempo de penitencia transcurre ante un Dios que guía con gentileza. Segundo, que nuestro camino cuaresmal nunca se centra solo en nosotros/as mismos/as. Al realizar nuestros ejercicios espirituales, nos convertimos en un vehículo a través del cual la reconciliación fluye a través de nosotros/as hacia las demás personas.
Notas
La mujer samaritana no nombra específicamente al monte Gerizim, pero es el monte al que se refiere en el v. 20.
Algunos comentaristas señalan que históricamente es posible que más de cinco naciones se hayan asentado en Samaria. Sin embargo, es probable que un lector judío del Evangelio de Juan hubiera reconocido la alusión bíblica.
El leccionario de hoy presenta uno de los relatos evangélicos más famosos. En el contexto de nuestro camino cuaresmal, este relato resulta particularmente conmovedor al retratar la belleza y la profundidad de la reconciliación divina. El encuentro de Jesús y la samaritana es quizás la ilustración más impactante del punto culminante de la lectura de la semana pasada: que Jesús no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo (3:16–17). En su interacción con la mujer, Jesús revela la dulzura con la que aborda el sufrimiento de cada alma humana.
Al mismo tiempo, la obra maestra literaria de Juan muestra cómo la reconciliación lograda por Jesús se extiende mucho más allá del individuo, al traer paz a través de él a la familia humana en general. La reconciliación es, en última instancia, una fuerza espiritual que se multiplica por sí misma. Para demostrarlo, destacaré algunos elementos exegéticos claves de la lectura, aclarando algunas alusiones críticas al Antiguo Testamento. Concluiré mostrando cómo el encuentro conciliador de Jesús con la mujer samaritana ilustra el alcance cósmico de la misión salvadora de Jesús y consideraré lo que esto sugiere a la luz del actual tiempo de Cuaresma.
Amor en el pozo de Jacob
Dentro de la narrativa del Evangelio de Juan, el encuentro con la samaritana ocurre casi inmediatamente después del encuentro con Nicodemo y, en muchos sentidos, sirve como una “secuela” apropiada. Al igual que en la escena de Nicodemo, el contexto del encuentro revela gran parte del panorama teológico sobre el que se construye el diálogo. El evangelista nos cuenta que Jesús se sentó junto al “pozo de Jacob” (v. 6), cansado. Aunque el pozo no se menciona en el Antiguo Testamento, el encuentro entre un hombre y una mujer en un pozo recuerda mucho a las narraciones del Antiguo Testamento en las que un encuentro decisivo en un pozo resulta en matrimonio. Este es el caso de Isaac y Rebeca (Gn 24:10–19), Jacob y Raquel (Gn 29:1–14) y Moisés y Séfora (Éx 2:15–21). De hecho, el matrimonio de Isaac y Rebeca se produce cuando el siervo de Isaac le pide a Rebeca de beber (Gn 24:17). Por lo tanto, muchos comentaristas interpretan el marco narrativo como una evocación de imágenes matrimoniales.
A diferencia del diálogo con Nicodemo, es Jesús mismo quien inicia la conversación pidiéndole de beber a la mujer. Juan nos dice que era alrededor del mediodía (“la hora sexta,” v. 6) cuando la mujer fue a sacar agua, detalle que algunos comentaristas interpretan como una alusión a la vergüenza de la mujer. Solo quienes deseaban evitar las multitudes acudían a sacar agua durante las horas más calurosas del día. Sin embargo, al igual que Nicodemo, la mujer malinterpreta repetidamente las realidades espirituales de las que habla Jesús y las entiende en términos puramente físicos. Interpreta el agua viva de Jesús como proveniente de un pozo físico (v. 11) y ve a Jesús solo a través de las normas de género y las disputas geopolíticas terrenales entre samaritanos y judíos: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?” (v. 9). Es más, cuando Jesús insiste en su oferta de agua viva, la mujer finalmente acepta solo para no volver a tener sed física y tener que ir a sacar agua al pozo (v. 15).
En cada momento, la mujer solo ve lo físico, y aun así Jesús persiste en guiarla pacientemente hacia la verdad. Observen cómo la oferta de salvación de Jesús sigue siendo eso, una oferta, e incluso cuando Jesús conoce los errores de la mujer, le da la oportunidad de confesarlos en lugar de señalarlos de manera brusca. Sorprendentemente, su pedagogía gentil funciona: en cada etapa, la mujer ve con mayor claridad quién realmente es Jesús. Al estilo típico de Juan, la narración lleva al lector a través de una cristología gradualmente ascendente hasta que la identidad plena de Jesús queda resplandecientemente clara. Observen que la manera como la mujer se dirige a Jesús revela un desarrollo: empieza llamándolo “judío” (v. 9), después “Señor” (kyrios en el original griego) (v. 11), “profeta” (v. 19), “Cristo” (v. 29), y finalmente, gracias a su testimonio, otros samaritanos confiesan que él es “el Salvador del mundo” (v. 42). Jesús surge como un Mesías que reconcilia y rompe los estigmas y los límites humanos mientras conduce apaciblemente a la persona humana hacia las fuentes de la vida eterna.
El Salvador del mundo
El marco narrativo del encuentro sugiere que la interacción de Jesús con la samaritana se desarrolla en el contexto más amplio de las tensiones históricas y teológicas entre judíos y samaritanos. Que esto es prioritario para el autor queda claro cuando explica que “judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (v. 9) e incluye la disputa sobre el monte sagrado, Gerizim o Jerusalén (vv. 20–21).1 Por esta razón, algunos comentaristas interpretan los cinco esposos de la mujer como una representación simbólica de las “cinco” naciones con las que los samaritanos se habían casado, abandonando su pacto con Dios. Según 2 Reyes 17:24, “el rey de Asiria llevó gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim, y la puso en las ciudades de Samaria, en lugar de los hijos de Israel. Así ocuparon Samaria y habitaron en sus ciudades.”2 De hecho, es posible que haya un juego de palabras aquí, ya que la palabra para “esposo” en hebreo (ba’al, que literalmente significa “señor”) es la misma que el nombre de una famosa deidad cananea.
Por lo tanto, es aún más significativo que la relación entre Jesús y la samaritana genere una reconciliación más amplia, en la que muchos samaritanos reconocen a Jesús, un hombre judío, como el Salvador del mundo. El hecho de que la mujer simbolice de alguna manera a Samaria no resta valor al íntimo intercambio interpersonal que fundamenta la narrativa. Más bien, revela cómo la reconciliación no es solo personal, sino también profundamente comunitaria. Así, vivir en un estado de reconciliación con Dios genera paz no solo en nuestra vida personal, sino también en nuestras comunidades fragmentadas. Por lo tanto, la nueva amistad entre Jesús y la mujer comienza a sanar heridas históricas de comunidades enteras.
A la luz de nuestro camino cuaresmal, este episodio nos recuerda dos cosas. Primero, que el tiempo de penitencia transcurre ante un Dios que guía con gentileza. Segundo, que nuestro camino cuaresmal nunca se centra solo en nosotros/as mismos/as. Al realizar nuestros ejercicios espirituales, nos convertimos en un vehículo a través del cual la reconciliación fluye a través de nosotros/as hacia las demás personas.
Notas