Lectionary Commentaries for February 1, 2026
Cuarto domingo después de Epifanía

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Evangelio

Comentario del San Mateo 5:1-12

Alexia Salvatierra

La fama de las bienaventuranzas nos puede tentar a considerarlas fuera de contexto. Hay valor y poder en cada versículo, pero tomando en serio el contexto de la enseñanza, alcanzamos una comprensión más profunda. Recuerda que en el capítulo anterior Jesús empezó su ministerio público predicando la buena noticia de la presencia del reino de Dios. Este sermón, entonces, es una enseñanza sobre el reino. En la instrucción del Señor sobre la oración en Mateo 6:10, el Padrenuestro, vemos un ejemplo del paralelismo hebreo en las frases “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” Cuando viene el reino, hacemos la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Cuando hacemos la voluntad de Dios, estamos experimentando el reino. ¿Cómo cambia el mundo si se hace la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo?

Con la perspectiva de esta pregunta, podemos resolver un dilema común en los comentarios bíblicos sobre esta lectura. Algunos de estos versículos parecen promesas y otros mandamientos. Los eruditos discuten: ¿Entendemos esta plática como instrucción ética o inspiración para la fe conectada a la escatología? Cuando leemos con la perspectiva del reino, notamos que el reino entró a este mundo por Jesús y, aunque está creciendo como una semilla, no estará completamente presente hasta su segunda venida. Durante este tiempo entre la primera y segunda venida, experimentamos la paradoja del reino ahora presente y no todavía.

Reflexionando sobre esta paradoja, Martín Lutero llegó a la teología de los dos reinos. En este tiempo intermedio, existen aspectos del reino que podemos experimentar y otros que quedan todavía como promesas. ¿Cómo discernimos entre la parte de la voluntad de Dios que podemos obedecer y la parte que no? Para mí, la respuesta es sencilla. Siempre debemos tratar de alcanzar la obediencia a Dios, que es la manifestación del reino. Cuando podemos vivir el reino, debemos hacerlo. Cuando la gente no obedece a Dios como Rey, nos consolamos y nos nutrimos con la promesa de un futuro mejor.

Entonces, examinemos las bienaventuranzas desde esta perspectiva. Hay tres bienaventuranzas que presentan una visión de la justicia de Dios (vv. 3, 5, 10). Los pobres en espíritu y los perseguidos por causa de la justicia se convierten en dueños del reino, y los humildes o mansos reciben la tierra como herencia. En el evangelio según San Lucas, la primera frase de las bienaventuranzas solo menciona a los pobres (6:20). Si creemos que las dos versiones de las bienaventuranzas se relacionan, el añadir las palabras “en espíritu” no niega la referencia a la pobreza material. Quizás las palabras “en espíritu” reconocen que hay pobres que se identifican con los ricos y maltratan a la gente aún más pobre que ellos, y que hay personas con riqueza que se identifican con los pobres y practican la solidaridad.

De todas maneras, en estos tres versículos es claro que, cuando vivimos en el reino de Dios, la gente marginalizada llega a ser dueña de todo. Sin embargo, la justicia de Dios no solo cambia a quienes están en los márgenes. Como leemos en 1 Corintios 12:24–25, “Porque los que en nosotros son más decorosos no tienen necesidad. Pero Dios ordenó el cuerpo dando más abundante honor al que menos tenía, para que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos por los otros.”

En nuestro pecado, resistimos tanto la justicia que se necesita priorizar a los pobres para llegar a la igualdad. Cuando podemos alcanzar la igualdad y dar prioridad a los marginados, debemos hacerlo para obedecer a Dios y vivir en el reino. Cuando no se puede, confiamos en que pasará en el futuro. Así, con hambre y sed de justicia (v. 6), experimentamos la satisfacción de un gozo anticipado.

Hay otras bienaventuranzas que podemos poner en acción—hacer la paz y ser misericordiosos/as o tener compasión (vv. 7, 9). Esperar un mundo de paz y gracia también nos ofrece un gozo anticipado. Hay dos bienaventuranzas que quizás presentan un rompecabezas (vv. 4, 11–12). ¿Por qué hay llanto en el reino? Algunos eruditos notan el llanto de Jesús cuando vio el impacto del pecado al mundo, pero no hay razón para limitar el significado así. Quizás podemos notar que la comunidad de amor que existe cuando todos/as obedecen a Dios asegura que nadie tenga que sufrir sin consolación. Quizás la promesa de la vida eterna y la victoria final de Cristo sobre todo mal también sanan el corazón. No podemos forzar la alegría ni la recuperación de una pérdida—pero sí podemos ser una comunidad de sanidad en la que quienes estén tristes se sientan acompañados/as.

La última bienaventuranza—la bendición de un corazón limpio (v. 8)—es la más nublada de todas. ¿Se refiere a la pureza, la integridad o la falta de distracción? Quizás podemos pensar en las palabras de Jesús a Marta cuando María prefiere sentarse a sus pies para escuchar sus palabras: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria, y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:41–42). En el reino de Dios, ya no andamos inquietos/as y distraídos/as, sino que nos enfocamos en los aspectos de la vida de suprema importancia. No podemos forzar este nivel de madurez espiritual, pero podemos tratar de practicarlo y esperar el crecimiento que solo Dios puede dar.

Siempre hay al menos un aspecto de la llamada de Dios que obviamente requiere dependencia de él, porque la verdad es que no podemos alcanzar ningún aspecto del reino sin su gracia. Para quienes quieren depender sólo de sí mismos/as, las bienaventuranzas no siempre representan una buena noticia; tal vez prefieran una ventaja sobre la igualdad, satisfacción personal sobre el beneficio de todos/as y la inquietud sobre la paz—pero más pronto o más tarde descubrimos que, cuando escogemos al reino, todas las cosas que realmente queremos siguen.