Lectionary Commentaries for January 11, 2026
Baptism of Our Lord (Year A)

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Evangelio

Comentario del San Mateo 3:13-17

Carlos A. Garcia Alayon

Habiendo pasado ya la época navideña, el leccionario nos invita a reflexionar sobre uno de los momentos más importantes del ministerio de Jesús, iluminando el propósito de la encarnación del Hijo de Dios en su bautizo. A pesar de la importancia de este evento en la vida de Jesús—contada en gran detalle por los cuatro evangelistas—el bautizo se nos hace muchas veces teológicamente difícil de interpretar. ¿Cómo es que Jesús, Hijo de Dios y nacido sin pecado, se presenta a Juan el Bautista a recibir un bautismo para el perdón de los pecados (Mt 3:6)? En esta reflexión exegética, expondremos el texto bajo uno de los marcos más influyentes en la tradición interpretativa de este pasaje: la solidaridad. Al ser bautizado, Jesús revela la profundidad e intimidad de su unión con los seres humanos, y da a conocer que realmente es Emanuel, “Dios con nosotros.”

El marco teológico: La solidaridad

Uno de los momentos más impactantes de las Olimpiadas, y uno de los mejores ejemplos de la solidaridad, ocurrió en Barcelona en 1992 cuando el atleta Derek Redmond competía en la semifinal de la carrera de 400 metros. Redmond, un atleta británico muy reconocido, era uno de los favoritos de esas Olimpiadas. Sin embargo, a los pocos segundos de empezar la carrera, Redmond sufrió una terrible y agonizante ruptura de un tendón en su pierna. Cojeando, Redmond seguía avanzando lleno de dolor y con lágrimas abundantes brotando de sus ojos, mientras caía en último lugar y quedaba virtualmente eliminado. Eventualmente el dolor fue demasiado y Redmond no pudo avanzar más.

Su padre, viendo a su hijo desde los estantes, con toda la compasión del mundo brincó a la pista, corrió hacia su hijo, y puso el brazo de Redmond sobre sus hombros. Repartiendo el peso, padre e hijo avanzaron lentamente hacia la meta, hasta que juntos, contra toda adversidad y rodeados de aplausos de todo el estadio, terminaron la carrera.

En el evangelio de hoy, Mateo representa esta misma solidaridad en la persona de Jesús, quien, siendo Hijo de Dios, baja a convivir con la humanidad y asume el rol de Israel y de la humanidad doliente para llevar a cabo su misión de salvación y cruzar la meta final. En el bautizo, Jesús “toma el brazo” de la humanidad afligida, y comienza a combatir el pecado y la muerte, avanzando hacia la tierra prometida de la vida eterna. ¿Cómo representa esto Mateo literariamente?

El marco exegético: Jesús, uno con Israel y la humanidad

En el pasaje de hoy, Mateo describe la geografía del bautizo, relatando que Jesús vino desde Galilea hacia el río Jordán. El Jordán es uno de los sitios histórica y teológicamente más importantes en la Biblia, ya que es la “frontera” que Israel cruza para entrar a la tierra prometida tras cuarenta años en el desierto después de su éxodo de Egipto. Allí el arca de la alianza parte las aguas del Jordán, y en un acto que evoca el cruce del Mar Rojo, Israel atraviesa en piso seco desde el desierto hacia la plenitud de la tierra prometida (Josué 3). Por lo tanto, el Jordán simboliza la libertad y la realización de las promesas de Dios.

Además, es el sitio donde dos de los profetas más importantes en la historia de Israel se suceden el uno al otro y Eliseo hereda el ministerio profético de Elías (2 Reyes 2). Mateo identifica visualmente a Juan el Bautista con Elías, pues los dos se visten con un cinturón de cuero y un manto hecho de pelo (Mt 3:4; 2 Reyes 1:8). Como el de Jesús, el ministerio de Eliseo es más poderoso que el de Elías, ya que Eliseo resucita al hijo de una mujer (2 Reyes 4:18–37) y multiplica pan (2 Reyes 4:42–44). La identificación de Juan el Bautista y Jesús con estos dos profetas es además escatológicamente significativa, ya que ciertos judíos en ese entonces esperaban el regreso de Elías al final de los tiempos (Malaquías 4:5–6; Mt 11:14).

Es así, entonces, como Jesús entra en la historia de Israel: se sumerge en las aguas donde Israel cruza hacia la tierra prometida y hereda el ministerio del Elías redivivo en Juan el Bautista. Esta identificación con Israel es fortalecida después del bautizo, cuando Jesús, como Israel, es puesto a prueba en el desierto cuarenta días (cuarenta años para Israel; Mt 4:1–11).

La práctica de sumergimiento en el agua para la purificación era común en el judaísmo de ese entonces, como lo indican las piscinas (miqvot) excavadas por arqueólogos por todo Israel, incluyendo en Qumran, y mencionadas en los Manuscritos del Mar Muerto. Lo que hacía particular al bautizo de Juan era el énfasis en la confesión de pecados más que en la eliminación de otras impurezas, ya que Juan esperaba la llegada inminente del reino de Dios (Mt 3:2). Por eso se sorprende cuando Jesús se presenta a su bautizo: “Yo necesito ser bautizado por ti” (v. 14).

Jesús responde que “así conviene que cumplamos toda justicia” (dikaiosynēn; v. 15). En el evangelio de Mateo, la noción de cumplir, completar o realizar (pleroō) es usada dieciséis veces, de las cuales trece siempre se refieren a la realización de las Escrituras. Por lo tanto, ante el marco profético ya establecido por Mateo, es muy probable que aquí Jesús le diga a Juan el Bautista que su bautizo funciona como realización de las profecías del Mesías. En particular, la figura del Siervo Sufriente de Isaías es uno de los moldes proféticos más importantes que Jesús vino a realizar según las amplias alusiones en los evangelios sinópticos. Más adelante, Mateo identifica explícitamente el ministerio de Jesús con el del Siervo: “Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias” (Is 53:4; Mt 8:17).

Al salir de las aguas, el Espíritu de Dios baja como una paloma y la voz del Padre anuncia públicamente: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (v. 17). De esta manera, el Padre identifica a Jesús como su Mesías ungido, evocando el anuncio público del Siervo Sufriente: “Éste es mi siervo, yo lo sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento. He puesto sobre él mi espíritu; él traerá justicia a las naciones” (Is 42:1). Por eso muchos comentaristas han visto el bautizo como una anticipación de la cruz, donde la identificación de Jesús con el Siervo llega a su clímax.

En conclusión, en el bautizo Jesús recibe la unción del Espíritu para comenzar su misión salvífica como Mesías. Pero Jesús no es un Mesías que “viene de afuera,” totalmente diferente de nosotros. Al contrario, es un Mesías que “viene de adentro,” retomando la historia de Israel en su persona e identificándose con nuestra humanidad caída para que así, tomando nuestra condición, camine de la mano con nosotros hacia la meta de la vida eterna.