< June 12, 2011 >

Comentario del San Juan 20:19-23

 

Para muchos entre nosotros que vivimos en Norte América o en Europa la visión de una Iglesia llena de vida y promesa parece meramente un sueño que jamás realizaremos.

Observamos a nuestro derredor la aparente decadencia de la iglesia, particularmente las iglesias históricas, cuales anteayer poderosamente testificaron de las maravillas del Señor  y fueron de gran bendición para nuestra sociedad.  Membresía e influencia han declinado a niveles alarmantes.  En busca de una manera para detener la declinación, hacemos análisis e indicamos la falta de relevancia del mensaje bíblico para una sociedad postmoderna y erróneamente concluimos que el mensaje del evangelio no es suficientemente poderoso para batallar con las distracciones y problemas del siglo 21.  El domingo de Pentecostés ofrece al predicador una excelente oportunidad para dirigir los pensamientos de la congregación al verdadero poder de la Iglesia: la presencia del Espíritu Santo.  No obstante la lección seleccionada, el enfoque ha de ser sobre la Presencia Divina en la Iglesia hoy día--aun en aquellas que aparentan estar sin vida. 

La lección que hemos seleccionado se encuentra en San Juan 20.19-23. 

«Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, llegó Jesús y, puesto en medio, les dijo:
--¡Paz a vosotros!
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez:
--¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también yo os envío.
Y al decir esto, sopló y les dijo:
--Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retengáis, les serán retenidos.»
 

En la cronología joánica la escena cambia del huerto del sepulcro/resurrección a una casa en Jerusalén.  Encontramos a los discípulos escondiéndose tras puertas cerradas, temiendo las artimañas de aquellos quienes causaron la muerte de su Maestro,  aparentemente destruyendo el futuro que ellos esperaban al decidirse seguir a Jesús.  El lector fácilmente ha de captar la semejanza con la Iglesia moderna cual tiende a encerrarse en si mismo, temiendo las fuerzas de la posmodernidad y careciendo del vigor de hacerle frente al os retos que tiene por delante.  En ambos casos, los discípulos del primer siglo y la Iglesia del presente, la realidad es que los creyentes se preocupan más por su condición y teme por su vida en vez de ser fieles al Señor no importa la oposición que enfrentemos.

Los discípulos visitaron la tumba a madrugada de este mismo día (domingo de Resurrección) y claro que no vieron el cuerpo del Señor.  Encuentran las lienzas y el sudadero pero hasta ahora no se han encontrado con el Jesús resucitado.  Encontrándose el grupo discipular en cierto lugar con las puertas cerradas, de repente aparece Jesús en medio de ellos.  Cuando el apóstol Pablo incluye referencia a este relato en su primera epístola a los Corintios dice que el Señor se les apareció al grupo.  El verbo «aparecer» es suficientemente fluido para incluir la posibilidad que lo que ven es una visión.  Pero el cuarto evangelista no usa ese verbo sino que dice que Jesús fue puesto en medio de ellos. No hay posibilidad que fuese una visión, ellos ven el cuerpo de Jesús en medio de ellos.  Pero el cuerpo que ven es un cuerpo ya glorificado pues las puertas están cerradas y está con ellos, lo pueden ver y palpar.  El texto bíblico no da explicación alguna de cómo el Señor entró al lugar donde se encuentran los discípulos mientras las puertas permanecen cerradas.  El predicador moderno ha de evitar largas y elaboradas explicaciones, incluso la naturaleza del cuerpo resucitado, ya que todas las explicaciones ofrecidas serían meramente especulaciones o teorías imposibles de verificar. Tales explicaciones tienden a robar el significado del relato: cuando los discípulos se encuentran decaídos, Jesús aparece en medio de ellos para fortalecerlos.   

¿Cómo predicar de tal evento con la certidumbre que el texto bíblico narra el suceso en un mundo que no cree en milagros?  ¿Cómo hablar de la resurrección como un acto real cuando nuestra experiencia conoce solamente sufrimiento y muerte? Sobre todo, la persona que predica ha de creer y vivir la resurrección.  Con convicción se pronuncia el acto de la resurrección de Jesús y la futura resurrección que todos hemos de experimentar.  Vivir la resurrección implica que el discípulo de hoy día conduce su vida con Jesús, el resucitado, como su guía en todo aspecto de la vida.  

En el episodio Jesús es el único que habla, los discípulos simplemente oyen su voz y reciben el mensaje.  El mensaje comunicado consiste en dos partes comenzando con la misma palabra, «Paz», Shalom.  Una palabra cotidiana pues se emplea como una salutación, pero también funciona como una bendición, una rogativa por el bienestar de los presentes.  En la presente condición que se encuentra el grupo de discípulos, la salutación cotidiana sirve para ellos como una promesa de un futuro mucho mas mejor que el temor que les arropa.  Encontrándose en la casa, llenos de temor, inseguros del futuro de repente se encuentran con el Señor quien pronuncia paz para con ellos, ¡seguramente ellos no esperaban tal recepción! 

El vocablo Shalom, paz, le ofrece al predicador una riquísima palabra digna de ser desarrollada para el bien del pueblo.  Hoy día es difícil entender el concepto bíblico de paz.  Sobre todo nosotros entendemos paz simplemente como la ausencia de hostilidad o violencia.  El sentido judío incluye mucho más que eso. Incluye la idea de bienestar total para la vida: salud física y emocional, buenas relaciones con los vecinos y con Dios, y bienestar espiritual.  Una gira a través del uso de la palabra en el AT seria un ejercicio que favorecería al pueblo de Dios del siglo 21.  Acordémonos que Jesús vino para que tengamos vida, y vida en abundancia.  

La salutación-bendición-promesa es seguida por comunicación sin palabra, Jesús les muestra sus manos y sus costados.  Sorprendidos por Aquel que ahora esta frente a ellos, Él mismo que dos días antes vieron morir en una cruenta cruz.  Habían visitado la tumba, encontrándola vacía y las lianzas en su lugar.  Pero aún ellos no se imaginaban lo que realmente había ocurrido.  Un vistazo al evangelio Lucano alerta al lector moderno la razón por esta reacción. Las mujeres regresan de su encuentro con el Señor y anuncian que han visto a Jesús resucitado, los discípulos aceptan su testimonio como fabula de mujeres.  Por tanto, a aparecer el Señor ellos demuestran incredulidad. ¿Será éste realmente el Señor?  O, ¿es que estamos viendo un fantasma o un espíritu?  Jesús les muestra sus manos y su costado, en otras palabras dice, «he aquí los rotos donde entraron los clavos, he aquí el hueco que dejó la lanza cuando me traspasó.»  Entonces sí que los discípulos se regocijan en gran manera pues creen (están seguros) que ante ellos se encuentra Jesús en su cuerpo, no en espíritu ni en visión, sino corporalmente. 

Habiendo ellos expresado su gozo en la resurrección, Jesús nuevamente se dirige a los suyos, encomendándoles a la obra de Dios.  Repitiendo la salutación-bendición, Jesús pronuncia «Como me envió el Padre, así también yo os envío.»  Ésta declaración es de suma importancia en el evangelio de Juan, y en realidad para la historia de la iglesia a través de los siglos, hasta el día de hoy.  En el cuarto evangelio Jesús se identifica a si mismo como el enviado de Dios y los verdaderos discípulos creen que Jesús es el enviado de Dios (vea la confesión de María y Marta en Juan 11).  Por contrario, los adversarios del evangelio no creen que Jesús sea el enviado de Dios. Ahora, el Jesús resucitado declara que sus seguidores son enviados de la misma manera que El fue enviado, esto es con una misión para bendecir a un mundo que necesita conocer a Dios.  Este sentido de misión ha de ser recuperado por la iglesia del siglo 21 para que pueda vivir el propósito de su existencia.  Somos enviados así como Jesús fue enviado, y veremos en breve, ¡llenos del mismo Espíritu!

Jesús entonces sopla sobre el grupo de discípulos para que estén capacitados para la obra que fueron comisionados--el Señor no llama sin empoderar a los suyos para la tarea que les encarga.  Jesús sopla y notifica a los congregados que reciben el don Espíritu Santo como comunidad de fe.  Muchos comentaristas opinan que esta escena contradice el bautismo del Espíritu Santo (Hechos 2).  Pero hemos de considerar que en Hechos la manifestación del Espíritu Santo en la vida de los creyentes en numerosas ocasiones y en diferentes circunstancias.  Aquí en Juan encontramos que Jesús envía al Espíritu para que permanezca con los discípulos de ahora en adelante.  Es la presencia del Espíritu que da vida a la Iglesia, que convence al mundo del pecado y dirige a la humanidad hacia la reconciliación.  En particular, los discípulos son empoderados para perdonar y retener los pecados.  Esto es, el poder para declarar el mensaje de salvación para aquellos que creen y advertir a aquellos que permanecen en su incredulidad.

Finalmente, es importante que cuidadosamente notemos la referencia a los discípulos en Juan 20.  Normalmente los estudiantes de los evangelios opinan que «los discípulos» es una referencia a los 12 apóstoles (aquí serían 10 ya Judas se fue y Tomás no está presente).  Pero la nota en 20.24 informa al lector que los doce son un grupo diferentes a los discípulos aquí mencionados. Esto implica que los discípulos en 20.19-23 es una referencia a todos los creyentes-discípulos, esto es la comunidad de fe, la Iglesia.  La Iglesia recibe el poder del Espíritu para llevar a cabo su misión.  El mismo Espíritu que acompañó a los creyentes del primer siglo es el mismo que está con nosotros hoy día.   Esto implica que tenemos el poder del Espíritu para perdonar y retener los pecados hoy también.  Por tanto, prediquemos el evangelio.