< October 24, 2010 >

Comentario del San Lucas 18:9-14

 

En esta parábola, Jesús escoge a un fariseo y un publicano para comunicar la enseñanza de 18:14.

Interpretación de la Lectura
Los romanos subastaban el derecho de recaudar los impuestos indirectos (peajes, tarifas, aduanas, etc.) al mejor postor, el cual entonces colectaba estos impuestos con sus agentes. El término traducido aquí como "publicano" (telones) indica uno de estos agentes. Para operar este negocio con ganancia, tenían que colectar más de lo que pagaban en las subastas. La gente judía los odiaba por ser empleados mercenarios al servicio del Imperio Romano, por colectar más de lo que se les debía a los romanos, y por aprovecharse de la gente para hacerlo.

En comparación con otros grupos judíos de esa época, los fariseos eran progresistas que adaptaban los mandamientos bíblicos a las necesidades y realidades de su tiempo.1 Creían en el libre albedrío, la vida venidera, y las recompensas y castigos en ella, y tenían un interés especial en la pureza ritual, el diezmo, y la observancia del sábado. Jesús presume que su audiencia respeta a los fariseos por su religiosidad. Según las expectativas de su audiencia, es el fariseo y no el publicano quien debe ser el justificado frente a Dios.

Jesús utiliza sátira en su descripción del fariseo. La manera en que el fariseo ora es una farsa, dándole las gracias a Dios de tal forma que se glorifica a él mismo y no a Dios. Su autocomplacencia es reforzada por: (1) la manera en que Jesús introduce su oración ("oraba consigo mismo"); (2) su constante uso de la primera persona ("te doy gracias porque no soy como los otros...ayuno dos veces a la semana, diezmo de todo lo que gano"); (3) la lista de pecadores que menciona (no menos de cuatro: ladrones, adúlteros, injustos, y publicanos); (4) la información que incluye sobre sus acciones piadosas (la cantidad de veces que ayuna, el aumento de su diezmo), como si Dios no lo supiera; y (5) su audacia en señalar al publicano despectivamente en el mismo espacio de adoración a Dios, el Templo (vv. 12-13). Se atribuye el mérito de sus acciones y de su vida irreprochable sin mencionar que Dios tiene algo que ver con su éxito en vivir una vida recta.

El contraste entre las actitudes opuestas del fariseo y el publicano hacia Dios se muestra en sus oraciones. Mientras que la oración del fariseo es larga (veintinueve palabras en el griego) y enumera varios detalles, la del publicano es breve (seis palabras) y eficiente. Aunque las dos oraciones empiezan de manera idéntica, dirigiéndose de manera personal a Dios, las dos palabras que siguen en la oración del fariseo convierten al fariseo en el actor principal, mientras que Dios queda reducido a ser el complemento indirecto (eucharistotoi, "[yo] te doy gracias"). En cambio, las palabras siguientes en la oración del publicano invierten la gramática, y el efecto es que Dios permanece como el actor principal y el publicano se vuelve el complemento indirecto (hilastheti moi, "sé propicio a mí").

El primer versículo y el último indican que lo que causa la inversión del resultado esperado es la actitud de cada uno. El publicano ora con humildad y remordimiento, incorporando el cuerpo entero e ubicáandose lejos para mostrar su vergüenza. Por su actitud penitente, se va a su casa justificado (v. 14). En cambio, el fariseo sabe que vive moralmente, pero en vez de glorificar a Dios, él se enaltece y menosprecia a los pecadores (vv. 9, 14). Vemos que lo más importante de su identidad como fariseo es su actitud. No todos los fariseos poseían esta actitud, y uno no necesita ser fariseo para exhibir la misma actitud de este fariseo.

Sugerencias para la Predicación
Por medio de la inversión de expectativas que ocurre en ella, la parábola expresa la noción de que Dios nos evalúa según criterios diferentes de los que nosotros/as tendemos a usar para evaluarnos los unos a los otros. Tener esto en cuenta es la base de la humildad que propone la parábola, y este tema sirve bien para la predicación de esta lectura. Según San Lucas, Dios nos ve más que nada con misericordia, y ésta es la característica que debe de ser la base de nuestro trato con los demás (6:36), hasta con los más despreciados de nuestra sociedad. Entonces estaremos más de acuerdo con la misericordia de Dios, por la cual Dios perdona hasta al publicano pecador a quien nadie soporta.

El tener esta forma de humildad no significa dejar de esforzarse para vivir moralmente o esconder los talentos que benefician la vida religiosa. Seguramente no significa abstenerse de denunciar los pecados y la injusticia. El fariseo no falla porque vive una vida virtuosa y se esfuerza por vivir según los mandamientos de Dios (cfr. 18:18-20). Él falla a causa de su actitud, por la cual se enaltece y desprecia a quienes no tienen tanto éxito en cumplir con los mismos mandamientos.

Similarmente, Jesús no nos propone al publicano como un modelo porque es un pecador, sino por su actitud penitente frente de Dios. El publicano muestra que hasta los peores pecadores con verdadero remordimiento pueden acercarse a Dios y tener confianza en su misericordia. Esto es otro tema indispensable para San Lucas (cfr. 23:39-43), y sirve como un tema homilético para esta parábola.

A pesar de la audiencia limitada del v. 9, la parábola efectivamente se aplica a todas personas. La persona más justa entre nosotros/as no es tan justa como Dios. Todos de vez en cuando somos culpables de menospreciar a otros y de olvidar que no tenemos la omnisciencia necesaria como para conocer el estado de otros frente a Dios. El hecho de que el ejemplo negativo de la parábola sea un fariseo sirve como aviso de que los líderes de la comunidad (especialmente los dirigentes religiosos) son particularmente vulnerables a este peligro. Por tal razón, en la predicación hay que tener mucho cuidado de no presentar al fariseo de la parábola como el representante del fariseísmo o del judaísmo en general. Lo que Jesús critica es su actitud, y todos y todas somos capaces de actuar igualmente.

 


1 Daniel J. Harrington, The Synoptic Gospels Set Free: Preaching without Anti-Judaism (New York: Paulist Press, 2009), 56.