< March 29, 2020 >

Comentario del San Juan 11:1-45

 

Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?

La liturgia nos presenta hoy el séptimo y último signo de Jesús en el Evangelio de Juan: la resurrección de Lázaro (Jn 11:1-45).1 La lectura de este episodio en el momento culminante de la Cuaresma, como preparación inmediata a la celebración del misterio central de nuestra fe, está lejos de ser arbitraria. Por un lado, el signo de Betania cataliza la condena a muerte de Jesús y por otro, prefigura y anuncia admirablemente los acontecimientos de la mañana de Pascua. En medio de las difíciles circunstancias que vive nuestro mundo a causa de la pandemia de Covid-19, la reflexión de este importante episodio adquiere una densidad particular.

El que anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo

Situada en el centro del relato joánico,2 la resurrección de Lázaro es un episodio clave, un puente que articula la primera y la segunda parte del evangelio. Al mismo tiempo que recapitula el “Libro de los signos” (Jn 1:19–12:50), prepara inmediatamente lo que los exégetas llaman el “Libro de la gloria” (Jn 13:1–20:21).3 El ministerio público, marcado por la presencia de las multitudes, cede su paso a un tiempo más íntimo en que Jesús se consagrará particularmente a sus discípulos, antes de ser entregado. Si se quisiera captar la significación de este episodio en una imagen, se podría pensar en una intersección mayor en la que confluyen las principales avenidas de una gran ciudad, pues algunos de los motivos fundamentales del evangelio se dan cita aquí: entre otros, la luz, la vida, la gloria y la fe.  

Quizás la primera pregunta que se hace el lector o la lectora al llegar al capítulo 11 del Evangelio de Juan es: Si Jesús ama a Marta, a María y a Lázaro (v. 5), ¿por qué no responde sin demora al mensaje que le envían con cierta urgencia las dos hermanas desde Betania – “Señor, el que amas está enfermo” (v. 3)? En lugar de partir a su encuentro, Jesús no se mueve de donde está, pues él conoce lo que los demás ignoran: que la enfermedad de Lázaro “no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (v. 4), de la misma manera en que la ceguera del hombre nacido ciego no era cuestión de pecado, sino la ocasión “para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Jn 9:3). En otras palabras, las apariencias no engañan a Jesús.

Luego de permanecer dos días más en Transjordania (v. 6), el Maestro decide que es tiempo de regresar a Judea (v. 7). Sin embargo, sus discípulos se oponen: ¿qué sentido tiene volver al mismo lugar en que recientemente han intentado apedrearlo? (v. 8; cf. 10:31-33). El razonamiento parece juicioso, pero no para Jesús, cuyas decisiones no dependen ni de los estímulos ni de los obstáculos que vienen del exterior. De hecho, en su respuesta a los discípulos se pueden reconocer de nuevo los ecos del episodio de la sanación del hombre ciego de nacimiento: “¿No tiene el día doce horas?” (v. 9). Puesto que aún es “de día” (v. 9; cf. Jn. 9:4) es aún tiempo de manifestar el poder del que lo envió (Jn 9:3-4) y tiempo en que no tropezará el que anda, “porque ve la luz de este mundo” (v. 9), que es él (Jn 9:5).4

Los discípulos no comprenden esto y por eso se equivocan al evaluar los riesgos del viaje, como también al interpretar las palabras de Jesús (v. 13). Si quiere volver a Judea es porque debe “despertar” a Lázaro (v. 11), que en realidad ha muerto (v. 14). Y aunque pudiera sin dudas “levantarlo” a distancia de la misma manera que había sanado al hijo del funcionario (Jn 4:50-53), en el caso de Lázaro, Jesús sabe de antemano que su presencia redundará en bien de la fe sus discípulos: “me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis” (v. 15). En otras palabras, el viaje a Judea tiene un doble objetivo: simultáneamente “despertar” a Lázaro y “despertar” la fe de los discípulos.

Conclusión parcial: Jesús y sus discípulos se mueven en planos de conciencia totalmente diferentes. Mientras él conoce la realidad desde dentro, ellos se dejan llevar por las apariencias.5 Tomás es quizás el ejemplo más claro, pues parece completamente impermeable a las palabras que acaba de decir Jesús (v. 16). Cabe preguntarnos, particularmente en el contexto actual de pandemia que vivimos: y nosotros/as, ¿en qué plano de conciencia nos situamos? ¿Dejamos realmente que Jesús, la Luz de este mundo, nos ilumine?

Yo soy la resurrección y la vida

El segundo momento del episodio que nos ocupa desplaza la acción a Betania, cuatro días después de que Lázaro fuera sepultado (vv. 17-19).6 Muchas personas habían venido a consolar a las dos hermanas del difunto, pero el evangelista focaliza su atención primero sobre Marta, quien cree que Jesús habría podido evitar la muerte de su hermano, de haber llegado a tiempo (v. 21). Evidentemente, creer esto es también ignorar el verdadero poder de Jesús, que no requiere necesariamente de la presencia física para ejercerse, como lo había demostrado la sanación a distancia del hijo del funcionario (Jn 4:50-53). Y aunque Martha sabe que Dios concede lo que Jesús le pide (v. 22), ella no tiene nada concreto que pedir pues, en el fondo, está convencida de que no hay nada más que hacer hasta la resurrección “en el día final” (v. 24).

Como los discípulos en la escena anterior, Marta necesita ser iluminada desde dentro por Jesús, que declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (vv. 25-26). En otras palabras, la vida que él ofrece no es solamente para el día final, sino para hoy; no es solamente para que resuciten los muertos, sino para que vivan quienes no han muerto, pues él es resurrección, pero también vida. Y le pregunta: “¿Crees esto?” (v. 26). “Sí, Señor,” es la respuesta de Marta, “yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (v. 27). Sin embargo, a la hora de remover la piedra que cierra la entrada del sepulcro, Marta vacilará a causa del mal olor y porque han pasado “cuatro días” (v. 39). Juan lo dejará claro al final del evangelio: creer “que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios,” no es un fin en sí mismo. La finalidad del evangelio es que creyendo, “tengamos vida en su nombre” (Jn 20:30).7

A veces invocamos a Jesús sin llegar a aceptar que podemos recibir hoy la vida plena, que es él. A veces, como Marta, nos quedamos en una fe de títulos divinos o en espera del “día final.” En el momento culminante de esta Cuaresma y en medio de los extraordinarios desafíos sanitarios, económicos y existenciales que confronta nuestra civilización, cabe preguntarnos: como discípulos/as de aquel que es la resurrección y la vida, ¿tenemos la fe suficiente para creer que el Señor quiere manifestarse hoy en situaciones que nos superan o que consideramos perdidas? Y si creemos esto, ¿qué “sepulcros” nos invita a abrir y qué “piedras” nos pide retirar, para que tengamos realmente vida en él?

¿No te he dicho que, si tienes fe, verás la gloria de Dios?

Obedecer la palabra de Jesús y abrir el sepulcro donde yace Lázaro luego de cuatro días es claramente una cuestión de fe. A la duda de Marta, el Maestro responde: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” (v. 40). La fe es una condición necesaria, pero también dinámica, en crecimiento, que permite ver la gloria de Dios más allá de lo visible. Por eso Jesús agradece al Padre por los discípulos que presenciarán el signo y que, gracias a él, podrán creer que Dios lo ha enviado (v. 42). El signo realizado en Betania se articula así con el primero hecho en Caná, en el que “manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (Jn. 2:11; cf. 11:4.15).8

En ese sentido, va concluyendo una etapa en la que el objetivo supremo de Jesús ha sido estimular y afianzar la fe de quienes han creído en él, para que puedan realmente ver. Llega el momento culminante de ese proceso y de ahí, la profunda emoción de Jesús. A su orden, Lázaro sale del sepulcro como oveja que reconoce y sigue la voz del pastor (Jn 10:27-28), lo que trae a la memoria una palabra del principio del ministerio público: “Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5:25).

En este último domingo de la Cuaresma, el evangelio nos invita a reconocer que el “ahora” es hoy. Tomemos el tiempo de contemplar la emoción que embarga a Jesús y que es subrayada en varias ocasiones (vv. 33.35.38). Él ha llegado hasta este momento por Lázaro, pero también por todo el género humano, por ti y por mí, para que creamos y tengamos vida en él. El final del episodio sugiere un silencio de recogimiento ante la revelación del Hijo de Dios. Es literalmente por dar la vida que Jesús es condenado a muerte (Jn 11:45-53).9 Que este tiempo de cesación de actividades y de auto-distanciamiento provocado por la pandemia no sea simplemente un tiempo vacío de espera e incertidumbre, sino una oportunidad extraordinaria que nos es dada para afianzarnos a diario en la oración y en la fe.


Notas:

1. Los seis primeros signos incluyen: la transformación del agua en vino en las bodas de Caná (2:1-11), la sanación del hijo de un funcionario (4:46-54), la curación de un hombre paralítico (5:1-15), la multiplicación de los panes y los peces (6:1-15), Jesús caminando sobre el agua (6:16-21) y la sanación del hombre ciego de nacimiento (9:1-41). Algunos autores consideran la purificación del templo (2:13-22) como el segundo signo de Jesús. Sin embargo, el texto evangélico identifica explícitamente la sanación del hijo del funcionario como la “segunda señal” que “hizo Jesús cuando fue de Judea a Galilea” (4:54).

2. Vale notar que el relato se encuentra situado justamente en el centro del evangelio (Jn 11), precedido y seguido de diez capítulos: Jn 1–10 y Jn 12-21.

3. El “Libro de los signos” es precedido por el prólogo (Jn 1:1-18) y al “Libro de la gloria” le sigue un epílogo (Jn 21:1-25), que concluye el evangelio.

4. Nótese también la referencia a la sanación del hombre ciego de nacimiento en la pregunta del v. 37: “¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?”

5. Contrariamente a ellos, Jesús está centrado en el Padre. Como lo había afirmado ya en más de una ocasión, él no puede hacer nada por su cuenta ni pretende actuar según su sola voluntad, sino que cumple la voluntad del que lo envió (Jn 4:34; 5:30-31; 7:16-17; 8:28-29; 12:48-50). Él y el Padre son uno (Jn 10:30). Véase Wendy E.S. North, “Lord, If You Had Been Here… (John 11:21): The Absence of Jesus and Strategies of Consolation in the Fourth Gospel”, Journal for the Study of the New Testament (2013) 36 (1), 49.

6. O sea, cuando el alma ha abandonado definitivamente el cuerpo y no hay posibilidad alguna de reanimación, según la tradición judía. Véase Raymond Brown, The Gospel According to John I-XII (The Anchor Bible, 29), (Doubleday: Garden City, NY, 1966), 424.

7. Como lo afirma Raymond Brown, Ibid., 435: “El problema de Marta es que no reconoce totalmente el verdadero poder de ‘aquel que había de venir al mundo;’ ella no comprende plenamente que la luz y la vida ya ha venido a este mundo.” Traducción de Martha Milagros Acosta Valle.

8. Nótese la articulación de los motivos de la luz, la vida, la gloria y la fe, no solo en este episodio, sino también en el prólogo del evangelio (Jn 1:1-18). San Juan está realmente recapitulando temas fundamentales introducidos desde el inicio de su evangelio.

9. Como Raymond Brown, Ibid., 429, lo ha expresado: “Todos los milagros de Jesús son signos de quien es él y de lo que ha venido a darle al género humano, pero en ninguno de ellos el signo se acerca más a la realidad que en el don de la vida…  [Pues] la indicación de que el supremo milagro del don de la vida conduce a Jesús a la muerte ofrece una paradoja capaz de resumir la totalidad de su misión.” Traducción de Martha Milagros Acosta Valle.