< January 13, 2019 >

Comentario del San Lucas 3:15-17, 21-22

 

En el estudio de mercadeo, los autores a veces se refieren a lo que se conoce como la estrategia “del cebo y el anzuelo.”

Esta acción consiste en ofrecer un producto al consumidor y, al momento de comprarlo, sustituirlo por otro. Me pregunto, al leer este texto, si algunas de las personas en la multitud que se habían reunido alrededor de Juan el Bautista pensaron que habían sido víctimas de tal esquema.

Vinieron a escuchar a Juan predicar, y en esos días nadie predicaba como Juan. Juan no tenía pelos en la lengua, como decía mi abuela. En los versículos que rodean este extracto, se le puede oír regañando a los recaudadores de impuestos por tomar más de lo debido, instruyendo a los soldados romanos para no extorsionar dinero, e incluso criticando al rey Herodes por las injusticias que había cometido.

Pero las personas que viajaron a las orillas del río Jordán ese día no solo fueron a escuchar a Juan predicar con fuego. Había una pregunta muy importante en sus corazones: “¿Podría ser Juan el verdadero Mesías?” Llevaban mucho tiempo esperando a un Mesías, alguien que traería la justicia a un mundo injusto y que devolvería la esperanza a los desesperados. Comenzaban a creer que Juan el Bautista podía ser ese salvador tan aguardado y esperaban con ansias a ver qué haría Juan a continuación.

Debe haberles sorprendido cuando Juan comenzó a hablar sobre la inminente llegada de alguien más, pero antes de que pudieran quejarse de ser víctimas de un esquema del cebo y el anzuelo, Juan explicó que esta otra persona sería mucho más poderosa que él. La gente creía que Juan estaba lleno del Espíritu Santo y del fuego, pero esta persona desconocida estaría tan llena de ambos que podría bautizarlos con ellos. Juan dijo que él ni siquiera era digno de desatarle la correa de sus sandalias (v. 16).

Y entonces, de repente, Jesús estaba allí. El evangelio de Lucas no nos dice cuándo llegó ni si alguien notó algo especial sobre él. En un momento, Juan el Bautista estaba predicando las buenas nuevas, y luego, un momento después, en el versículo 21, leemos que Juan estaba bautizando a algunas de las personas que estaban allí. Y Jesús estaba entre ellos.

Era una entrada anticlimática e intrascendente para el esperado salvador que separaría el trigo de la humanidad de su paja. Pero esto también es parte de un patrón más amplio en el evangelio de Lucas. Este es el mismo Mesías que, en el capítulo anterior, había nacido en el establo de una posada y había sido colocado en un pesebre. Este es el mismo profeta que, en el siguiente capítulo, será rechazado en la ciudad de su niñez.

Jesús llegó ese día como una cara más en la multitud. Fue bautizado como todos los demás; otro símbolo de su participación en la plenitud de la humanidad. Pero en medio de este acto humilde, también se reveló la divinidad de Jesús. “Mientras oraba,” dice el texto, “el cielo se abrió” (v. 21). La separación entre Cristo y su hogar eterno desapareció. Y la separación parcial, causada por la Encarnación, entre Cristo y los otros dos miembros de la Trinidad también desapareció. El Espíritu Santo bajó sobre él en forma de paloma. Y el Padre dio a conocer su presencia, proclamando la identidad de Cristo y pronunciando su bendición sobre él en voz alta (v. 22).

Esta historia nos ofrece uno de los pocos ejemplos en las Escrituras en los que vemos a los tres miembros de la Trinidad trabajando en forma obvia al mismo tiempo en el mismo lugar. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo convergen con el propósito de inaugurar el ministerio terrenal de Cristo. Así como los ángeles anunciaron la identidad de Jesús como el salvador en el capítulo anterior, el Padre y el Espíritu Santo identifican a Jesús como aquel individuo tan poderoso y tan digno a quien Juan estaba describiendo. Pero más que eso, confirman la plenitud de su divinidad como el Hijo en quien Dios se complace.

Esta historia también nos recuerda la importancia del bautismo. Jesús mismo fue bautizado a pesar de que no necesitaba el arrepentimiento que Juan proclamaba. En el bautismo de Cristo reconocemos que el bautismo es también una consagración de la vida desde ese momento en adelante. Cuando nos levantamos de las aguas del bautismo, emprendemos nuestro camino hacia el Calvario, tomando nuestra cruz y siguiendo los pasos de quien ha ido antes. Pero no vamos solos/as. Desde ese punto en adelante, vamos con la presencia del Espíritu Santo. Y viajamos con una nueva identidad porque el Padre nos reconoce como suyos/as, diciendo: “Tú eres mi hijo/a amado/a.”