< January 06, 2019 >

Comentario del San Mateo 2:1-12

 

“Los sabios” en el evangelio según Mateo no tienen mucho en común con los otros personajes involucrados en la historia de la navidad de Cristo.

Los pastores vinieron de las colinas cercanas y José y María tenían lazos familiares con Belén, y luego están los sabios—o los Reyes Magos como los llamamos normalmente. Eran extranjeros que hablaban un idioma diferente y adoraban a otros dioses. El historiador romano Heródoto escribió que los magos de nuestra historia provenían de Persia, que es el Irán moderno. Y en Persia, eran las personas más educadas de su sociedad: habrían hablado de filosofía, investigado la ciencia, practicado astronomía y astrología, y aconsejado al Rey sobre asuntos importantes.

Y eso es casi todo lo que sabemos sobre ellos. Se han agregado otros tipos de detalles a lo largo de los años, pero no tenemos forma de saber si son ciertos. A esos sabios ponemos el título de “reyes,” y los vemos en dibujos y en desfiles con coronas en sus cabezas, pero en ninguna parte afirma la Biblia que pertenecían a familias reales. Probablemente todos hemos escuchado que había tres hombres sabios, pero ese número no está en la Biblia tampoco. Fue una suposición de los escritores de la iglesia primitiva porque se dieron tres regalos. De hecho, algunos de esos mismos escritores estaban tan fascinados con esta historia que incluso inventaron nombres para los Magos: uno era Gaspar, uno era Melchor y uno era Baltasar. Por lo menos, consiguen puntos por la creatividad. Finalmente, al contrario de la forma en que se organizan las escenas de navidad en los Estados Unidos, estos sabios no estaban allí la noche en que nació Jesús. Mateo nos dice que cuando llegaron a Belén, Jesús y su familia se quedaban en una casa (v. 11), no en un establo.

Entonces, para resumir, no sabemos sus nombres, y ni siquiera sabemos si había tres ni si eran reyes. Lo que sí sabemos es que los sabios de este pasaje estaban tan comprometidos con la búsqueda de un nuevo rey que emprendieron un viaje de cientos y cientos de millas.

Me pregunto qué pensaron sus amigos cuando partieron en su viaje. “¿Vas a dónde?” “¿Por una estrella?” Puede haber sido la primera vez en sus vidas que estos hombres sabios fueron tratados como tontos. Y sin embargo, se fueron de todos modos. Y se fueron en la oscuridad. Cuando yo era niño, siempre pensaba que los reyes magos siguieron a la estrella como si fuera un faro que brillaba para ellos todas las noches para mostrarles el camino. Pero en Mateo leemos que los hombres sabios vieron la estrella cuando se levantó y luego que la estrella reapareció más tarde. Eso significa que, durante la mayor parte de su viaje, estuvieron solos, viajando en la oscuridad, esperando ver a la luz nuevamente.

Finalmente, llegaron a su destino. Los sabios eran hombres acostumbrados a cortes reales. Conocían a los grandes reyes del este y acababan de ver el esplendor del palacio de Herodes, pero no se sintieron decepcionados por encontrar un niño en un entorno humilde. Dios les dio la sabiduría para ver en Jesús un rey digno de adoración. Le presentaron sus regalos a Él, y luego, habiendo sido advertidos en un sueño sobre las verdaderas intenciones de Herodes, los sabios se fueron a casa por una ruta diferente.

Y nunca volvemos a saber de ellos. Aparecen por la mitad de un capítulo en uno de los cuatro evangelios y luego desaparecen, pero aún podemos aprender mucho de su historia porque, de muchas maneras, la historia de los hombres sabios prepara el escenario para la misión de Jesús aquí en la tierra. La iglesia siempre ha reconocido un significado simbólico en los regalos que le presentaron a Jesús: el oro era un regalo que simbolizaba la identidad de Jesús como rey, el incienso señalaba el papel que desempeñaría Jesús como sumo sacerdote para reconciliar a su pueblo con Dios, y la mirra, la misma especia con la que su cuerpo sería ungido un día, anunciaba el sacrificio que Jesús haría por cada uno/a de nosotros/as.

Los sabios también son los primeros gentiles que adoran a Cristo como rey. Antes del ministerio de Pablo, y mucho antes de que alguno de nuestros antepasados hubiera oído hablar de Cristo, estos sabios—probablemente de Persia—fueron las primeras personas fuera de Judea que reconocieron al Mesías. Ofrecen un ejemplo temprano de la manera en que el evangelio de Jesucristo alcanzaría los confines de la tierra.

Pero los sabios también nos ofrecen otro ejemplo importante al comenzar un nuevo año: nos muestran cómo encontrar a Jesús. La verdad es muy sencilla: para encontrar a Jesús tenemos que buscarlo. Los pastores estaban en el lugar correcto en el momento adecuado. Pero en el caso de los sabios, Dios nos muestra que Cristo también es para quienes han estado en muchos lugares equivocados o que llegaron tarde. Si tomamos la decisión de buscar a Cristo, podemos encontrarlo incluso ahora.

Pero tenemos que buscarlo con todo nuestro corazón. Los Reyes Magos estaban entre las personas más conocedoras del mundo antiguo, pero los recordamos como sabios, no por su conocimiento acumulado, sino porque estuvieron dispuestos a dejar atrás todo lo que sabían para tener la oportunidad de conocer al Rey. Una estrella apareció y trajo una promesa de gran esperanza. Pero luego la luz de la estrella desapareció durante meses, dejándolos en la oscuridad. Hubiera sido tan fácil rendirse, pero como perseveraron, vieron la luz de Dios una vez más. Necesitamos perseverar en la búsqueda de Cristo incluso cuando sentimos que estamos caminando por la oscuridad.

Esta historia nos da esperanza porque ilustra que, a veces, las personas más improbables encuentran a Cristo. Si algunos astrólogos extraños de Persia pudieron encontrar a Cristo y experimentar su presencia hace mucho tiempo, entonces nosotros/as y nuestros seres queridos también podemos encontrarlo hoy.