< December 30, 2018 >

Comentario del San Lucas 2:41-52

 

Yo tenía cinco años cuando tomé el autobús escolar por primera vez.

Cuando estaba a punto de subir al autobús esa mañana, mi madre señaló una casa amarilla al lado de mi parada de autobús y me dijo que no bajara del autobús hasta que volviera a ver esa casa amarilla.

Desafortunadamente, había más de una casa amarilla a lo largo de mi ruta de autobús. Esa tarde bajé del autobús demasiado pronto. Me paré frente a una casa amarilla, pero no era la casa que había señalado mi madre. Comencé a preguntarme por qué mi madre no estaba allí para caminar conmigo a casa como me había prometido.

Traté de caminar solo, pero nada de lo que veía me parecía familiar. Me puse más ansioso a medida que pasaban los coches desconocidos. Probablemente estuve perdido en el vecindario por menos de veinte minutos, pero me sentía como si hubiera estado allí toda la tarde, abandonado y solo.

Finalmente, la conductora del autobús me encontró. Cuando llegó a la parada donde yo debería haber desembarcado, mi madre le había preguntado dónde estaba. La conductora entonces comenzó a rastrear su ruta en el autobús mientras mi madre caminaba las cuadras alrededor de nuestra calle, ambas desesperadas por encontrarme.

Yo estaba muy agradecido de ser encontrado. A pesar de que esto sucedió hace muchos años, aún recuerdo la sensación de ansiedad en mi estómago por estar separado de mi madre. Y por la expresión de su cara cuando nos reunimos, sé que ella lo sentía también.

Pensando en mis propias experiencias, siempre ha sido un poco difícil para mí entender la manera casual en que todos parecen reaccionar cuando Jesús se quedó atrás en Jerusalén. ¿Cómo es posible que les tomara un día entero darse cuenta de que Jesús no estaba en su grupo de viajeros? ¿Era tan grande el grupo? ¿Era normal para Jesús actuar así?

Cuando José y María comenzaron a buscar a Jesús, el pasaje no indica ningún sentido de urgencia. No “corrieron” de regreso a la ciudad ni buscaron “frenéticamente” a su hijo. Todo suena tan práctico, tan normal. 

Pero seguramente no lo fue. Incluso cuando usted cree, como lo creían María y José, que Dios tiene planes adicionales para su hijo, el peso psicológico de estar separados durante tres días debe haber sido aterrador. Entre las preguntas en sus mentes, debieron haberse preguntado: ¿Qué le ocurrió a nuestro hijo? ¿Dónde ha dormido? ¿Alguien lo habrá lastimado? ¿Por qué Dios permite esto? ¿Alguna vez lo veremos de nuevo?

Finalmente, al tercer día, lo encontraron en el templo. Finalmente, escuchamos la angustia que los padres de Jesús habían experimentado: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado con angustia.” Jesús parece sentirse indiferente en su respuesta, diciendo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”

El v. 50 nos dice que los padres de Jesús no entendieron lo que les decía, pero no especifica qué parte de su respuesta no entendieron. Obviamente, ellos ya sabían que Dios era el padre de Jesús. Los mensajeros angélicos les habían traído esa noticia antes de que Jesús naciera. Quizás lo que no entendieron fue exactamente lo que significaba esa paternidad divina para la vida de Jesús. A pesar de la guía y el cuidado que José y María le daban a Jesús, él nunca sería realmente suyo. Sus prioridades siempre vendrían primero y principalmente del padre en cuya casa lo habían encontrado sentado entre los maestros. 

La historia del Mesías de 12 años que asombra a los maestros religiosos con sus respuestas aparece en el evangelio de Lucas como otra afirmación de la identidad divina de Jesús. Él era plenamente el Hijo de Dios mucho antes de que se llevara a cabo su bautismo y comenzara su ministerio de enseñanza, y estaba plenamente consciente de ello. Sin embargo, dentro de las limitaciones de su encarnación humana, también se estaba desarrollando en la plenitud de quién sería a lo largo del resto del evangelio de Lucas, creciendo “en sabiduría y estatura,” y cada vez más gozando “del favor de Dios y de toda la gente” (según la traducción de la Nueva Versión Internacional).

Pero esta historia de Jesús estando separado de sus padres y sorprendiéndoles con una manifestación clara de su identidad y los propósitos divinos para su vida también es una historia que resuena con todos/as aquellos/as que hemos criado hijos/as en este mundo. No importa lo cerca que estemos de nuestros/as hijos/as, llegará el día en que nos daremos cuenta de que se está produciendo una separación. Puede que no los perdamos en su ruta de autobús ni que los dejemos en el templo, pero notaremos que están creciendo en su propia identidad. Llevarán las marcas de nuestra influencia y herencia genética, pero también habrá algo más: la imagen de Dios reflejada en su carácter y los propósitos de Dios invitándoles a un camino que posiblemente será diferente al que imaginamos para ellos/as. Cuanto más conscientes estén de su identidad como hijos/as de Dios, más nos sorprenderán con la forma en que desarrollen sus identidades.

Cuando esta inevitable separación ocurre, podemos sentir cierta ansiedad. Puede parecer que estamos perdiendo a nuestros/as hijos/as, pero no es cierto. Simplemente se están desarrollando de acuerdo con el plan de otro Padre, uno que los/as conoció antes de nacer y que continuará estando allí para ellos/as incluso a medida que nuestra influencia disminuya. Lo que más debemos desear como padres es que ellos/as conozcan a ese Padre para que puedan crecer “en sabiduría y estatura,” y cada vez más gozar “del favor de Dios y de toda la gente.”