< March 11, 2018 >

Comentario del San Juan 3:14-21

 

Esta unidad de texto está compuesta por diferentes dichos de Jesús con una intención clara: la de presentar el significado salvífico de la persona de Jesús y de su obra.

El recuerdo del relato de la serpiente de bronce de Números 21:4-9 sirve como “portal de entrada” a la enseñanza propiamente dicha. Así como Dios actuó en quienes alzaban su vista a la imagen elevada del reptil, preservándolos de morir envenenados, así Dios actúa ahora en quienes alzan su vista de fe al Crucificado Glorificado.

El ser levantado (v. 14) tiene un significado doble en Juan: remite a la crucifixión y también a la glorificación (elevación al mundo celestial). Esto es la expresión de una reflexión teológica muy profunda según la cual la crucifixión es el hecho salvífico. Se trata de una concentración cristológica con la que se supera una división de la historia de Jesús en etapas sucesivas, como aún se observa en Filipenses 2:8-11, donde primero viene la humillación a la muerte en la cruz y después la exaltación.

La obra salvífica apunta a la fe que abre el acceso al don de la vida eterna. Tener fe, creer, es la respuesta humana a la iniciativa divina. La persona creyente se implica con todo su ser con la obra salvífica realizada por el enviado de Dios.

La fe en Jesucristo y la vida cristiana están íntimamente relacionadas con Jesús y también se relacionan la una con la otra. Por su muerte gloriosa en la cruz, Cristo posibilita ambas, la fe y la vida.

En Juan, la vida eterna es uno de los conceptos centrales de la proclamación de Jesús. En los evangelios sinópticos, el peso está puesto en la formulación Reino de Dios.

La vida eterna no reemplaza la vida biológica, sino que nuestra vida “natural” llega a su designio eterno cuando es marcada y caracterizada por aquel que es la vida. Vida eterna es el bien salvífico presente que recibe la persona creyente por su fe en Jesucristo. En la persona de Jesús, el futuro salvífico ya es realidad presente.

La vida dada por Dios no termina con los límites naturales que tiene la existencia humana. Por eso, la vida concedida por Dios es calificada como vida eterna. Esta vida se obtiene, ya desde ahora, por la fe en Jesucristo. La persona creyente no sólo recibe una promesa de vida eterna, sino que recibe la vida eterna en este tiempo presente.

El v. 16, frecuentemente recordado como el versículo bíblico más famoso, repite en buena parte el v. 15, algo de lo cual quizá muchos ni se han percatado. Indica la razón profunda por la cual Dios actuó en Jesucristo: su amor. Este amor llevó a Dios a enviar al Hijo y entregarlo a la muerte. Dios lo hizo para salvar al mundo de la perdición y regalarle vida eterna a quien cree.

Estamos ante una confesión cristiana original, como lo evidencia la comparación con Romanos 4:25; 5:8; 8:32; Gálatas 1:4 y 2:20. Asimismo, la afirmación del v. 17 coincide con Romanos 8:3, Gálatas 4:4 y 1 Juan 4:9.10.14, donde se afirma el envío de Jesucristo y su sentido salvífico. Jesús no fue enviado para ser un buen maestro, un hombre ejemplar, un idealista de una ética sobrehumana. Fue enviado para entregar su vida por nosotros/as.

No tan de paso diremos que todos los textos indicados presuponen la preexistencia del Hijo, lo cual también es subrayado con el calificativo de Hijo Unigénito (v. 18).

Ante la entrega de Jesús estamos frente al misterio divino que no tiene explicación. Solo lo podemos aceptar, creer, confesar. Y es así como puede llevarnos a la gratitud y a la adoración. Por otra parte, ¿por qué todo misterio debe tener explicación racional? No se trata de trucos de magia que primero admiramos y luego queremos saber cómo funcionan.

Sin embargo, el misterio de la entrega no fue ni es atemporal. Se realizó en medio de la dura historia humana, en un lugar donde la convivencia siempre fue compleja y estuvo cargada de lágrimas y sangre. Se realizó en una persona histórica, Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre. Allí, en la cruz del Encarnado, se realizó la obra de la salvación. La vida eterna tampoco es atemporal, pues se realiza en quien aquí y ahora cree en Jesucristo.

Con el término mundo se califica aquí el mundo humano necesitado de salvación como meta de la acción de Dios. Este mundo puede recibir la salvación mediante la fe en el Enviado. El mundo no es un mero escenario para el amor de Dios, sino que es su objeto y a la vez el sujeto de la acción de creer o no creer. La voluntad salvífica de Dios es universal, pero se concreta solo en quienes creen en Jesús como el Hijo de Dios.

El texto toca la gran contradicción entre la oferta del Enviado de Dios y el rechazo del que es objeto, motivo de profundo desconcierto. ¿Quién se excluiría sí mismo de la vida? Sin embargo, esa fue la amarga experiencia de Jesús mismo y de sus seguidores: hicieron una oferta que no podía haber sido más grande y sin embargo, pocas personas la aceptaron. El texto combina esta extrañeza con otra cuestión muy inquietante: ¿Quién lleva a cabo la condenación? ¿Será Dios? Pero, ¿cómo ese Dios, que por amor al mundo entrega a su propio Hijo, podría dictaminar el castigo eterno de alguien? La respuesta nos confronta con toda la seriedad de nuestra responsabilidad personal: la perdición es una autocondena. Es autoexclusión del amor de Dios. No es necesario que Dios eche el castigo sobre quienes no creen; ellos/as mismos/as ya lo han hecho. Dios solo confirma aquello por lo que ellos/as han optado.

El juicio que, según la comprensión apocalíptica judía de la época, tendría lugar al final de los tiempos como conclusión del eón presente, ocurre entonces ya ahora, al igual que la entrada a la vida. Haremos bien, no obstante, en aceptar que ambas comprensiones del juicio se complementan. Pablo y los evangelios sinópticos subrayan que el Hijo del hombre realizará el juicio en el momento de su parusía al final de los tiempos; Juan transmite que el juicio se realiza ahora al no aceptar a Jesucristo.

La oposición aceptación rechazo no solo fue una experiencia amarga de Jesús y los primeros misioneros. Hasta hoy las personas convencidas de su fe y comprometidas con la misión de la iglesia sufren al darse cuenta que no todas las personas aceptan el mensaje del Evangelio. ¿Por qué hay tantas personas que no aceptan la salvación? Mediante el empleo de la oposición entre luz y tinieblas, se indica que quienes practican lo malo evitan la luz para que no quede en evidencia su verdadero carácter y su amor a sí mismas. Quienes practican el mal, tienen sobrados motivos para temer e incluso odiar la luz. Primero, porque una confrontación con Jesús revelaría el verdadero carácter de sus obras; segundo, porque la aceptación de la luz, o sea, el establecimiento de una relación de fe con Jesús, implica la exigencia de un cambio radical de toda su existencia. En cambio, quienes practican la verdad, es decir, que viven según la verdad divina, se aferran a Jesús.

Pero no alcanza con ser “buena persona.” La práctica de la voluntad de Dios y la fe en Jesucristo van mano en mano. Jesucristo nos hace ver que esa práctica corresponde a la voluntad de Dios.

Relacionar la práctica de la verdad—la ética—con el vínculo con Jesús no significa minimizar la importancia fundamental de la ética. Al contrario, afirma todo su valor y su seriedad más allá de nuestra buena voluntad o de los momentos eufóricos. Significa arraigar la ética en Dios. Solo a partir de la relación con Jesús, nuestras obras son hechas en Dios.

Rumbo al sermón

1. La fe en Jesús, el Enviado de Dios, el Hijo del Hombre-Hijo de Dios, implica vida eterna, vida con Dios, vida en el amor. Dios regala un nuevo comienzo a quienes creen en su Hijo. Esto es motivo de profunda alegría y de gratitud. La nueva existencia no se basa en ritos, apropiaciones “visibles” o garantías materiales, sino sólo en la aceptación de la proclamación del Evangelio de Jesús.

2. La relación con Jesús implica una transformación radical de nuestra existencia. No se trata de hacer y seguir un listado de cosas prohibidas y otro de cosas exigidas, sino de una orientación profunda en la que el Señor vive y obra en nosotros/as y nosotros/as vivimos y obramos en él.

3. Recibir la vida eterna no significa estar “listos/as,” sino “en proceso” con la conciencia de nuestra debilidad y nuestro pecado y a la vez con la certeza de la salvación. La Reforma expresó esta profunda verdad con una llamativa fórmula que parece contradictoria, pero que refleja fielmente la experiencia de toda persona creyente: Simul justus et peccator, a la vez justo (o justificado por Dios) y pecador. El juicio del que habla el texto no es una realidad totalmente externa a nosotros/as, sino una posibilidad en la que podemos caer si perdemos el anclaje en Jesús.