< December 10, 2017 >

Comentario del San Marcos 1:1-8

 

Vivimos en tiempos en los que tristemente el mundo cristiano ha convertido a sus líderes religiosos en personajes populares que hasta llegan a tener estatus icónico y gran número de seguidores—reales o virtuales.

Quizá esto no sea solamente un fenómeno moderno, pues es posible que los grandes predicadores, pastores y líderes eclesiásticos de la historia de la iglesia también fueran seducidos por la fama al ser puestos en un pedestal por sus admiradores. No cabe duda que el rol presente de las redes sociales ha catapultado a pastores y predicadores locales al estrellato en lo que podríamos denominar “la farándula cristiana.” No obstante, el tiempo del adviento nos llama a optar por el servicio y no la búsqueda de grandeza.

El evangelio según San Marcos comienza con una declaración que sirve como título de la obra y a la vez anuncia el contenido del libro: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (v. 1). Es interesante que en el griego original falta el artículo previo al nombre de Jesucristo y esto puede indicar el uso del genitivo objetivo (las buenas noticias concernientes a Jesús) o el genitivo subjetivo (las buenas nuevas predicadas por Jesús). Quizá ambas traducciones son necesarias, dándole un sentido más amplio a la frase, ya que para el tiempo en que Marcos escribe el mensajero de las buenas nuevas (Jesús) ha llegado a ser el mensaje de las buenas nuevas.

Con esto en mente, en este tiempo de adviento en el cual nos preparamos para celebrar el nacimiento de Jesús mientras esperamos con expectación su segunda venida, debemos reflexionar si en verdad Jesús sigue siendo central en nuestra proclamación de las buenas nuevas. Juan el Bautista es el mejor ejemplo de la actitud e humildad que todo/a proclamador/a del evangelio debe poseer. Su predicación, que es profetizada por Isaías, da comienzo a una nueva etapa de la historia de salvación. Juan el Bautista es anunciado como un protagonista: el vocero del Mesías quien prepara el camino para el Señor (vv. 2-3). Además, su innovadora práctica religiosa del bautismo como un rito de purificación (v. 4) llegaría a ser no solo utilizada por Jesús, sino que también sería establecida como uno de los dos rituales principales dentro de la liturgia cristiana. Es notable que la fama de Juan el Bautista comenzó a extenderse tanto que “salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén” (v. 5). Pero dicha notoriedad no se le subió a la cabeza y supo vencer la tentación de llegar a considerarse más que el mensaje.

Su vestimenta, actitud y predicación demuestran de manera evidente la humildad genuina de alguien que ha sido llamado a servir (vv. 6-7). Juan el Bautista entendía muy bien su posición en relación a Jesús. No era el protagonista principal de la obra de redención; sólo quien abriría el telón. No sólo entendía bien su papel de reparto, sino que también comunicaba directamente esta realidad a quienes lo escuchaban indicando que no era digno ni de desatarle las sandalias (v. 7). Un rey terrenal tenía siervos que le ayudaban a vestirse y desvestirse, pero Juan el Bautista no se consideraba merecedor de un privilegio así; él sólo era un súbdito del Rey celestial. En base a esta actitud, podríamos resumir que la misión de vida de Juan el Bautista era: “Es necesario que él crezca, y que yo disminuya” (Juan 3:30).

Además de esto, Juan el Bautista tenía la percepción espiritual para reconocer la superioridad del ministerio de Jesús. Aunque Juan había practicado el rito externo del bautismo con agua a un sinnúmero de personas, Jesús bautizaría con el Espíritu Santo (v. 8), lo cual traería transformación interna y eterna. ¿Por qué es que a veces queremos tomar el crédito por acciones externas del ministerio, cuando en realidad la obra interna es hecha por Jesús a través del Espíritu? Todo lo que hacemos como ministerio en la iglesia, cada participación musical o servicial, contribuye de manera significativa a la transformación de las vidas que tocamos. Sin embargo, quien realmente hace la diferencia en la vida espiritual de las personas que ministramos es Dios a través del Espíritu. Nosotros y nosotras solamente somos los instrumentos que Dios usa para tocar una sinfonía transformadora cada vez que nos reunimos como iglesia. 

En esta temporada en que estamos próximos a celebrar la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, debemos recordar que el mensaje es él y que nosotros/as sólo somos sus mensajeros/as. Es muy fácil enredarnos en el culto de popularidad en el que en ocasiones caemos en la iglesia. Levantamos a líderes religiosos/as y nos hacemos sus partidarios/as, del mismo modo que en la iglesia de Corinto unos decían ser de Pablo y otros de Pedro (1 Corintios 1:12). Sin embargo, Pablo les recalca que el centro de nuestro enfoque debe ser Cristo y no un líder cristiano, por más prominente que sea.

Curiosamente, cuando llegó Pablo a la ciudad de Éfeso unos veinticinco años después de la muerte de Juan el Bautista, se encontró con seguidores del icónico precursor de Jesús (Hechos 19:1-6). No les había llegado la noticia del advenimiento del Mesías y por eso seguían creyendo lealmente, aunque desactualizados, como fieles discípulos del Bautista. Al oír las palabras de Pablo, los discípulos de Juan fueron bautizados primero con agua y luego con el Espíritu, y así es como pudieron hablar en otras lenguas (Hechos 19:5-6).

¿Qué habría hecho Juan el Bautista si hubiese escuchado a Pablo corregir a sus discípulos rebautizándolos en el nombre de Jesús? Conociendo su declaración de misión, Juan el Bautista hubiese aplaudido en aprobación desde el cielo al escuchar de este incidente. ¿Por qué?  Porque su corazón estaba en el lugar correcto y deseaba sobre todo que Cristo fuera exaltado a través de su ministerio como el heraldo del Mesías. ¡Seamos como Juan el Bautista y preparemos el camino para el Rey que está por nacer!