< June 11, 2017 >

Comentario del San Mateo 28:16-20

 

Este texto bíblico culmina el evangelio de san Mateo y la presencia terrenal de Jesús.

Es la primera y única ocasión en que en este evangelio el Jesús resucitado se reúne con el círculo más íntimo de sus discípulos, aparte de su encuentro con un par de sus seguidoras femeninas (evento importante pero marginado por la tradición eclesiástica). Es un texto muy sucinto, sustancialmente más breve que los conservados en los otros tres evangelios (Marcos 16:1-19; Lucas 24:1-50; Juan 20:1-31; 21:1-23). Pero su contenido es amplio, impactante y profundo, en al menos tres puntos.

1. "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra":

Jesús ha sido martirizado y crucificado por el imperio más poderoso y prepotente de su tiempo - Roma. También fue condenado y vituperado por las autoridades religiosas de su nación – sacerdotes, saduceos, fariseos. Fue siempre un peregrino pobre y marginado. "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza" (Mateo 8:20). Sus últimas horas fueron de absoluto y cruel escarnio. Marginado y despreciado por los poderes políticos y religiosos. También por el populacho de Jerusalén que hizo de su vía crucis un espectáculo atroz a disfrutar.

A pesar de todo ese horrendo calvario, Jesús resucitado reclama potestad universal. Se identifica como señor de la gracia, la misericordia, el perdón y la redención. Es una transmutación inesperada y sorprendente. Responde, sin embargo, a la lógica espiritual que predomina en la Biblia: las personas menospreciadas y marginadas son las escogidas y preferidas por Dios. El ser mismo de Jesús es la principal muestra de esa trastocada de valores. Como lo indica el poético himno de Filipenses:

Cristo Jesús… siendo en forma de Dios,

no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,

sino que se despojó a sí mismo,

tomó la forma de siervo

y se hizo semejante a los hombres.

Mas aún, hallándose en la condición de hombre,

se humilló a sí mismo,

haciéndose obediente hasta la muerte,

y muerte de cruz.

Por eso Dios también lo exaltó sobre todas las cosas

y le dio un nombre que es sobre todo nombre,

para que en el nombre de Jesús

se doble toda rodilla de los que están en los cielos,

en la tierra y debajo de la tierra;

y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor,

para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:5-11).

2. "Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones":

Este versículo final de Mateo ha sido el más reiterado de toda la Biblia durante los dos milenios de expansión misionera global del cristianismo. Todas las sociedades y comisiones misioneras lo enarbolan como su principal fundamente escriturario. Este mandato de Jesús transforma a sus sedentarios y marginados discípulos, personas de poca monta social y escasos recursos financieros, en peregrinos incansables de la Palabra.

Impulsados por esa comisión, los/as seguidores/as del Crucificado/Resucitado se lanzaron a recorrer todo el orbe, enfrentando innumerables penurias y contratiempos. La historia de las misiones impresiona por el caudal de sacrificios que conllevó. En tiempos en que el recorrido de largas distancias se hacía en embarcaciones frágiles, sometidas continuamente a las poderosas tormentas oceánicas, y en que los recorridos por tierra eran susceptibles de sufrir cruentas violencias a manos de bandoleros y malhechores, innumerables misioneros/as dedicaron largas horas a aprender idiomas que no eran los suyos, a recorrer inmensos trayectos, a exponerse a terribles peligros, a sufrir amargos sacrificios, a dejar atrás familias y amistades para proclamar la gracia y la misericordia de Dios, manifestada en la vida y el mensaje de Jesucristo.

3. "Bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…":

Este es otro versículo que a pesar de su breve extensión ha repercutido a través de los dos milenios del cristianismo. El bautismo se convirtió en el sacramento de iniciación a la fe cristiana. Representa el perdón de los pecados y las culpas, la recepción del perdón y la gracia.

En el Nuevo Testamento hay dos concepciones distintas sobre el nombre a invocar en el bautismo. Algunos pasajes de Hechos de los Apóstoles parecen indicar que el bautismo a veces se hizo exclusivamente en el nombre de Jesús (Hechos 2:38; 10:48). Todavía hay algunas comunidades eclesiásticas que bautizan invocando únicamente el nombre de Jesús. Pero la gran mayoría de las iglesias realizan ese sacramento en nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es una de las consecuencias sacramentales y litúrgicas de este brevísimo final del evangelio según Mateo.

Esa mención tríadica para la invocación en el bautismo de los conversos fue también uno de los textos más citados, interpretados e intensamente discutidos durante las controversias trinitarias del siglo cuarto, que culminaron en el Concilio de Nicea (325 dC) y el Concilio de Constantinopla (381 dC). En esos debates, que intentaban definir la ortodoxia dogmática de la iglesia (y que, por tanto, también marcaban como heréticas y condenables las interpretaciones contrarias), esta breve afirmación se discutió intensa y extensamente. Fueron debates de extrema importancia porque pretendían distinguir la verdadera de la supuestamente falsa comprensión de la naturaleza de Dios. Pero, además, porque ya era la iglesia del imperio romano, las consecuencias de ese debate podían ser de naturaleza política y penal. Los ortodoxos podían reclamar reconocimientos y privilegios de parte del poderoso estado romano; los considerados herejes, por el contrario, estaban sujetos a posibles graves penalidades.

Para una elegante crítica literaria de esa pretensión, puede leerse con mucho provecho el cuento de José Luis Borges "Los teólogos" (1949), una excelente muestra de la brillante ironía del gran escritor argentino, diestra en conmover de raíz las certezas dogmáticas. Es un relato tan exquisito como la deliciosa sátira sobre las controversias dogmáticas que con tanto humor gris redactó Erasmo en su Elogio a la locura (1511).

La doctrina de la Trinidad que aspira a explicar y promover la unidad de Dios, la unidad de la historia humana y la unidad de la relación entre la divinidad y esa humanidad, encuentra en este breve texto concluyente de Mateo uno de sus principales sustentos bíblicos. Más allá de la excesiva violencia verbal, doctrinal y política que conllevaron los debates teológicos, las palabras finales de Jesús en el evangelio de Mateo aspiran a sustentar la unidad de toda la historia humana enmarcada en la gracia del Dios Uno y Trino.