< June 04, 2017 >

Comentario del San Juan 20:19-23

 

El martirio sufrido por Jesús, en las manos de las autoridades políticas romanas y las jerarquías religiosas judías, conjugó las distintas expresiones de la violencia que los poderosos acostumbran ejercer sobre aquellos seres vulnerables que se niegan a someterse a su poder: escarnio público, torturas dolorosas, cruel ejecución pública.

Parecía el fin, no solo de la vida de Jesús, sino también del caudal de esperanzas que su mensaje y obra habían suscitado en sus discípulos/as y seguidores/as.

El texto de los caminantes hacia Emaús (Lucas 24:13-35) se inicia con dos innominados seguidores de Jesús que expresan a un desconocido su profunda desilusión ante lo acontecido. Relatan la connivencia entre los principales sacerdotes judíos y los gobernantes romanos para atrapar, atormentar y ejecutar a Jesús. Con intenso dolor expresan su desilusión: "Nosotros esperábamos que él fuera el que había de redimir a Israel" (Lc. 21:14a). Es el tiempo de la desesperación amarga y la tristeza incontenible. Parece ser el tiempo descrito por uno de los más famosos poemas de William Butler Yeats, "La segunda venida":

Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;

la anarquía se abate sobre el mundo,

la oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes

se anega el ritual de la inocencia;

los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores

están llenos de apasionada intensidad. 

Es en ese contexto de amargura y desesperación que el evangelio de san Juan relata la primera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos varones. Aquí se requiere hacer una acotación necesaria. A pesar de la tradición patriarcal y androcéntrica que permea buena parte de la Biblia, los evangelios relatan que fueron mujeres las primeras en ver al Jesús resucitado (Mateo 28:1-10; Marcos 16:1-11; Juan 20:11-18). Sobre todo se destaca la prioridad de María Magdalena, a quien la tradición eclesiástica ha caracterizado como meretriz y así la configuró el arte medieval y renacentista. Es una prioridad apostólica que la cristiandad patriarcal se encargó de relegar y marginar.

El texto que analizamos es la versión del evangelio de Juan del primer encuentro entre el Jesús resucitado y sus discípulos. Los discípulos están atemorizados y reunidos en un escondite, "por miedo a los judíos," cuando súbitamente aparece Jesús y en dos ocasiones les dice “¡Paz a vosotros!” Es una convocación a superar el temor y aprestarse, con valor y plena conciencia, a realizar la misión que les corresponde. "Como me envió el Padre, así también yo os envío." Esas palabras inician el apostolado misionero por todo el mundo, el peregrinaje incansable proclamando la gracia libertadora y redentora de Dios.

Tras la bendición de la paz, la convocatoria a superar el miedo, y el envío misionero, acontece otra sorpresa inesperada, la recepción fortalecedora del Espíritu Santo. "[Jesús] sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retengáis, les serán retenidos." Es la primera versión de la irrupción colectiva y transformadora del Espíritu Santo, previa incluso a la dramáticamente relatada en el segundo capítulo de Hechos de los Apóstoles.

De esa manera inusitada, todo el escenario se altera radicalmente. La angustia, el miedo y lo que Miguel de Unamuno llamó "el sentimiento trágico de la vida" quedan relegados e irrumpen con firmeza la esperanza, el valor y la apertura al futuro de la fe, el apostolado de perdón y solidaridad entre los seres humanos. Es el preludio anticipador de Pentecostés.

Reflexión homilética

Hay eventos que parecen aniquilar todo rastro de esperanza. Obras literarias de envergadura internacional excepcional, como La noche, de Elie Wiesel o El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, describen esos atroces momentos que hieren intensamente el corazón humano. Así se sintieron los/as seguidores/as de Jesús tras su arresto y ejecución. La desesperación y el miedo se apoderaron de sus almas y mentes. El futuro parecía totalmente clausurado, anulado.

El texto bíblico que sirve de fundamento a esta reflexión se inicia en un momento de similar devastación espiritual. Pero la gracia divina es inexhaustible e inesperada. Justo en el instante en que la tragedia acontecida parecía fulminar todo rastro de esperanza, aparece el Jesús resucitado para consolar a sus discípulos, impartir dirección a su obra apostólica y fortalecer su abatido espíritu.

"¡Paz a vosotros!" es su saludo. No es un simple saludo habitual, como el que damos a nuestros amigos y amigas cuando nos encontramos. Jesús imparte paz mediante su presencia y palabra. Renace la paz en los corazones desgarrados. Y la necesitan porque hasta ahora han sido acompañantes de Jesús, sus partidarios que han seguido sus instrucciones, escuchado fascinados sus palabras y celebrado sus actos. Pero pronto, tras la ascensión de Jesús, esos discípulos, ahora apóstoles, tendrán que tomar las decisiones, emitir las palabras, enfrentar la persecución y la hostilidad, padecer con entereza y valor el martirio. Y todo ello con paz en sus corazones.

Ignacio de Antioquía, por ejemplo, a inicios del segundo siglo fue condenado a muerte por rehusar renegar su adhesión al cristianismo. Fue trasladado de Antioquía a Roma, donde le esperaba el cruel martirio, pero al enterarse de la posibilidad de que cristianos romanos influyentes tratasen de evitarlo, escribe una epístola en la que les solicita que no lo hagan, ya que solo en el momento de su suplicio podrá declamar: "Soy trigo de Dios, y seré molido por los dientes de las fieras y a fin de ser encontrado pan puro de Cristo... Entonces seré discípulo verdadero de Jesucristo cuando el mundo ni siquiera vea mi cuerpo" (Carta a los Romanos, 4).

Además de las palabras de consuelo y aliento, Jesús, en anticipo y preludio de Pentecostés, imparte sobre sus seguidores el aliento del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que propicia la transformación radical y total de los seguidores de Jesús, de un grupo en bancarrota anímica, a punto de la renuncia absoluta de sus anhelos y esperanzas, a la valerosa iglesia apostólica que proclama gracia y redención en el nombre del Crucificado/Resucitado y que se encamina a enfrentar todos los desafíos que esa identidad conlleva. Es la iglesia que proclama con alegría y perseverancia el advenimiento del Reino de Dios.

¡Que el Espíritu Santo siga animando la iglesia de Cristo!