< March 01, 2017 >

Comentario del San Mateo 6:1-6, 16-21

 

La tradición cristiana y el contexto cultural de la comunidad de fe serán elementos importantes que determinarán el énfasis y la intensidad con que nos alleguemos a la celebración del tiempo de Cuaresma.

En Estados Unidos parece estar ocurriendo una renovación litúrgica en las tradiciones históricas (o mainline) y en algunas tradiciones evangélicas. Pienso que este renewal se está dando gracias al ecumenismo, que ya parece usual dentro de las instituciones de formación teológica. Los colegas con quienes compartimos la etapa de formación y discernimiento para el ministerio representan por lo general un conglomerado de muy diversas tradiciones de fe, experiencias en discipulado y prácticas litúrgicas. Es inevitable (y esperaría yo que intencional) que nos dejemos influenciar por esta diversidad. La Cuaresma, y el Miércoles de Ceniza en particular, son conmemoraciones litúrgicas que parecen estar teniendo un resurgir en el cristianismo histórico estadounidense. Hago mención de esto para ilustrar la diversidad de intensidades y énfasis que comunidades particulares tendrán al comenzar la Cuaresma y conmemorar el Miércoles de Ceniza. 

A diferencia de las otras celebraciones que sirven de enlace entre dos momentos del calendario litúrgico, como la Navidad, la Epifanía, la Transfiguración, la Resurrección, Pentecostés y el Reinado de Cristo, el Miércoles de Ceniza es el único que no conmemora un acontecer histórico-bíblico. Este miércoles parecería marcar, simplemente, el primero de 40 días (menos los domingos) antes del Domingo de Resurrección. Sin embargo, litúrgicamente hace mucho más. Es un alto, una parada (casi abrupta), tanto en las lecciones bíblicas como en los recursos para la adoración, que convocan a la comunidad de fe a un momento de introspección (personal y colectivo). Este autoanálisis nos permitirá entrar de manera intencionalmente honesta a considerar, durante la Cuaresma, las historias de Jesús que nos hablan de sus conflictos con la religión y la cultura de su época, y que incluyen sus momentos de mayor intimidad y vulnerabilidad ante sus discípulos. El Miércoles de Ceniza nos hace la pregunta de si estamos listos para la “jornada” de la Cuaresma, es decir, el “viaje” litúrgico y bíblico por las historias asignadas por el leccionario que nos llevarán inevitablemente a la pasión del Maestro. 

La lección de Mateo es una continuación del Sermón del Monte. Luego de varios discursos en los que Jesús sienta las bases de acción y de relacionamiento del reino de los cielos, Jesús pasa en nuestro texto a una alocución sobre las disciplinas religiosas – la limosna, la oración y el ayuno. Es importante recordar que la práctica judía (en el siglo I) de estas disciplinas es distinta a la prácticas cristianas (particularmente las de nuestro tiempo). También es importante señalar que estas disciplinas se manifiestan (o no) de manera distinta dependiendo de la tradición cristiana a la que pertenezcamos. Al preparar el sermón, podría ser útil saber qué expectativas tiene su tradición cristiana (y/o la de su audiencia) sobre estas disciplinas. 

Es interesante notar que al hablar de estas tres disciplinas, Jesús pone mayor énfasis en el propósito de las mismas que en la forma en que se las debe practicar. No es tan importante para Jesús el “qué” se hace como el “para qué” o “con qué objetivo.” Jesús deja claro que estas disciplinas no son un vehículo para demostrarle a la gente que nos rodea que somos buenos practicantes. Estas disciplinas – vistas como religiosas o espirituales – tienen el propósito de acercar y ahondar la relación de la persona creyente con Dios. Se repite en las sentencias de Jesús el llamado al relacionamiento, el llamado a una relación íntima con Dios: “y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público” (v. 6b y v. 18b). Me da curiosidad el uso de la palabra “secreto” como el lugar donde se llama a realizar estas disciplinas. Me pregunto si “íntimo” no sería una palabra mejor que “secreto.” 

Y hablando de los términos en el texto, otro que me parece importante es “tesoro” (vv. 19-21). El texto no se detiene a definir el término. Sólo menciona qué otras cosas podrían sentirse atraídos por él – la polilla y el moho que corroen, y los ladrones que entran y hurtan. Cada cual llegará a sus propias conclusiones. Sin embargo, como la referencia a los tesoros aparece en los versículos finales de la lección, me parece esencial considerar a qué se refiere el término. El llamado no es sólo a no acumular tesoros en la tierra, sino a acumularlos en el cielo. Y la razón es aún más fascinante (si no casi enigmática): “porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (v. 21). Para Mateo hay una conexión, creo, entre las disciplinas religiosas y las cosas que ocupan o en las que se enfoca nuestro corazón (referente a la intimidad). El momento homilético basado en esta lección podría aprovechar el concepto de “tesoro” como una maravillosa oportunidad discipular y de llamado a la confesión. 

Finalmente, no quiero dejar de mencionar la omisión en la lección del Padrenuestro y del llamado a perdonar (Mt 6:7-13). Presumo que tiene que ver con el uso litúrgico del Padrenuestro en el culto y del perdón en el momento de la confesión (particularmente en las tradiciones con prescripciones litúrgicas). Ciertamente hay mucho sobre lo que se puede predicar sin incluir esta porción, pero sería interesante a modo de enseñanza hacer la salvedad de que estos textos omitidos son parte del servicio de adoración (y de la devoción diaria). 

Un esfuerzo concertado e intencional de renovar nuestro compromiso con las disciplinas espirituales, con la práctica religiosa, con la relación íntima con Dios y con un mejor testimonio de la fe que nos es dada por Jesús es, sin lugar a dudas, la mejor manera de comenzar la Cuaresma.