< November 20, 2016 >

Comentario del San Lucas 23:33-43

 

Quizás les resulte un poco extraño, tanto a la persona que va a predicar como a la congregación, que escuchemos un texto de Viernes Santo en el Domingo de Cristo Rey.

Especialmente en nuestro contexto de los EEUU, cuando ya estamos poniendo la atención en el fin de semana de Acción de Gracias y en el loco ajetreo que va de Adviento a Navidad, nos parece que la imagen de un Cristo sufriendo en la cruz desentona y está fuera de lugar. Sin embargo, quiero alentar al predicador a que no pase por alto la tensión entre el evangelio y la cultura, dado que esta tensión es la que nos permitirá abrazar con más claridad lo que debería ser una teología de la cruz para nuestro tiempo.   

Aunque muchas veces nuestra cultura quiera lustrar la cruz y adoptar una visión romántica de la vida, muerte y resurrección de Jesús, tenemos que recordarles a nuestros oyentes que Jesús nació en un mundo muy sucio, complicado y lleno de dolor, igual al mundo de hoy. Jesús vino, no para dominar, controlar y limpiar, sino para servir y acompañar, y para liberarnos del pecado, la injusticia y la muerte. Este camino es presentado de manera muy potente en el llamado Magnificat de María (Lucas 1:46-55), según el cual el Cristo esperado ya “quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes.” Semejante inversión de las estructuras de poder del mundo no se puede cumplir sin sufrimiento y sacrificio, y quizás esta sea la razón más significativa por la que Jesús tuvo que morir. 

El pastor Daniel Erlander ha explicado la teología de la cruz de una manera muy ilustrativa, especialmente en su libro Maná y Misericordia (del que existe una versión en español). Erlander describe la tendencia humana de concebir el poder en términos de una pirámide, con el faraón/rey/presidente arriba del todo, los militares y ricos en el segundo nivel, luego los administradores y comerciantes, y por fin, abajo del todo, los esclavos, los pobres y las personas privadas de todo derecho. Esta estructura piramidal es sostenida por la fuerza y el temor, y se dice que promueve la claridad y el control, manteniendo a raya tanto al caos como a la confusión. Sin embargo, es una estructura que trae opresión y muerte. 

Por otro lado, en el reino de Dios el poder se gana por el sacrificio, el servicio y el amor. Es un poder con; no un poder sobre. Es un poder que libera y que da vida. Erlander no tiene una metáfora equivalente a la de la pirámide para ilustrar su propia concepción del poder, diferente a la piramidal que acabamos de describir. A mí me ha resultado útil pensar en una serie de círculos concéntricos, o quizás mejor todavía, en la rueda de una bicicleta, como la ilustración útil de una concepción alternativa del poder. En esta estructura, el papel del líder es el de unir a todos y todas, tal vez como el buje de la rueda, para que todas las otras partes (los rayos, la llanta y el neumático) puedan cumplir sus propias funciones. No hay ninguna parte que sea más importante que las otras; todas tienen su papel.

Puede ser que una comprensión más participativa e igualitaria del poder sea un poco más conflictiva y desordenada, y que se necesite más tiempo para tomar decisiones y lograr que las cosas se hagan, pero a fin de cuentas, es una concepción de poder vivificante y mucho más duradera. Hay un proverbio africano que dice: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quiere ir lejos, ve acompañado.” El reino del Cristo crucificado puede llamarnos a transitar un camino lento, desparejo y lleno de obstáculos imprevistos, pero a fin de cuentas será el único camino que nos dará una vida que verdaderamente sea vida. 

Preguntas para seguir reflexionando: 

  • ¿Cómo ha sido usado el poder en tu contexto para controlar y cómo ha sido utilizado para liberar? 

  • ¿Cuáles son los signos de la nueva vida que irrumpe en las realidades complicadas y dolorosas de nuestro mundo? 

  • ¿Cómo podemos, como líderes, servir de ejemplo para un uso saludable y participativo del poder?