< December 04, 2016 >

Comentario del San Mateo 3:1-12

 

Entre Desiertos y Templos

Esta escena se desarrolla entre dos espacios muy temidos: el desierto y el templo. El desierto, con toda su simbología de rupturas con el sistema de poder establecido en el espacio urbano de Jerusalén, es un espacio claramente alternativo. Sabemos que las rupturas siempre son de temer por sus consecuencias inesperadas. Siempre las rupturas críticas son un riesgo en muchos sentidos. No solo significan amenazas, sino pérdidas de aliados, amigos, prestigio y comodidad. Quienes están implicados en una acción de defensa de los derechos y la dignidad de las personas y grupos que viven en situación de vulnerabilidad, estigmas y discriminaciones diversas, saben muy bien lo que significan los desiertos. 

No creo que podamos exigir a nadie que asuma estos riesgos, pero también sabemos que si queremos preparar caminos que conducen a la paz con justicia, estos riesgos y estos desiertos son ineludibles. Sabemos que hay personas que, para evitar estos riesgos y aparentar que hacen algo en la crisis que nos desafía, asumen discursos de compromiso, intermedios y un poco tibios. Intentan mostrar su presencia, pero no enfrentan las preguntas siempre nuevas y las propuestas renovadas suscitadas por toda relectura seria y fundamentada de las interpretaciones bíblicas, teológicas y pastorales. 

Que Nada Cambie

Los fariseos y los saduceos están en medio de la multitud, pero no cambian absolutamente nada. Ocupar el espacio de los templos con su poder y prestigio es una verdadera tentación que muy pocos pueden evitar. Aún hoy en día esta tentación está muy presente en nuestras propias comunidades. Es una realidad que necesariamente tenemos que enfrentar y resolver. 

Los desiertos siempre intimidan y generalmente no se asumen en forma voluntaria. Casi siempre somos arrastrados, tanto a nivel personal como comunitario, a partir del compromiso radicalizado que motiva nuestra forma de comprender el evangelio. Sabemos que muchas de las iniciativas innovadoras en nuestras comunidades cristianas han comenzado en la más completa soledad y silencio. Quienes vienen practicando acciones renovadoras, de conversión y de reparación por los daños causados por predicaciones excluyentes y violentas que a su vez provocan acciones estigmatizadoras, conocen muy bien estos metafóricos desiertos pasados o actuales. 

Los diversos templos teológicos o políticos se hacen presentes en el desierto del compromiso evangélico con el objetivo de impedir que los poderes autoritarios se vean amenazados y realizar acciones preventivas para que no cambie nada. Estas iniciativas opuestas al compromiso evangélico bien entendido son el otro espacio tan temido; aquellos lugares que se resisten a toda transformación y que tienen como lema el “siempre igual”. Que todo quede como estaba y que no sea removida ni una coma ni una tilde de nuestros sistemas de privilegio. Se trata de la camada de víboras que se confunden entre los activistas sinceramente convencidos y honestos que buscan construir el Reino que ya está en medio nuestro con sus primeros brotes y sus primicias.   

Formas de Predicar

Las acciones y enseñanzas de Jesús de Nazaret convierten en pasado la predicación de Juan el Bautista. Siempre y en repetidas ocasiones hablamos de que Juan es el último profeta del antiguo sistema, y es verdad. Los grupos y personas que acuden con transparencia al desierto de las rupturas para escuchar una voz alternativa buscan el anuncio de la misericordia radical de Aquel que convoca a la renovación. La forma condicionada de predicar, que impone la ley sin compasión, ha terminado para las personas excluidas, estigmatizadas y oprimidas.

En una sociedad y en una iglesia con fisuras y divisiones es necesario hacer una clara diferenciación entre Ley y Evangelio; distinguir sin separar ni confundir. El objetivo del anuncio de la Ley es conducir a todas las personas por el camino de la humildad y el reconocimiento de la necesidad absoluta de la gracia misericordiosa de Dios. Quienes necesitan escuchar esta Ley no son en primer lugar los grupos vulnerables a la discriminación, sino quienes oprimen con la exclusión, fundados en dudosos códigos de pureza y santidad. Quienes desde los púlpitos excluyen y estigmatizan no han comprendido esta distinción. El camino escogido por Jesús de Nazaret para aproximarse a las personas y grupos excluidos y considerados impuros por diversas ortodoxias es metodológicamente diferente. Estas personas y grupos necesitan escuchar en primer lugar el anuncio de la misericordia. En el deslumbrante amor que esta misericordia produce se encuentra la fortaleza y la alegría para hacer el intento de vivir de acuerdo a la voluntad amorosa de Dios. Solo el amor de Dios manifestado en primer lugar provoca el amor a una vida en santidad. Las personas cansadas y fatigadas necesitan encontrarse en primer lugar con en el rostro misericordioso de Dios. 

Pareciera que muchos líderes cristianos no se han dado cuenta. Continúan pensando y actuando en forma muy similar a la de Juan, con muy poco contenido de la forma de relacionarnos con el rostro misericordioso de Dios que revela, enseña y vive Jesús de Nazaret. Juan no puede ser el modelo para el anuncio de la buena nueva. 

La nueva voz que suena en los desiertos contemporáneos nos dice que el único camino preparado es el de Jesucristo y sus promesas. Es él quien preparó todos los caminos que llevan al Padre universal. Este es el camino que estamos llamados y llamadas a transitar. Es el único que puede enderezar nuestros senderos para llevarnos hacia Aquel que nos espera siempre con los brazos abiertos de la reconciliación y el perdón. 

No Hay Otro Camino

La única condición de la nueva comunidad es la fe viva y en acción de las personas y grupos puesta en el proyecto revelado con tanta claridad por Jesús de Nazaret de la misericordia que busca la equidad y justicia para todas y todos. Este proyecto es el camino preparado y el sendero enderezado para alcanzar el objetivo de un mundo nuevo fundamentado en el reconocimiento de todas las dignidades dentro de la creación de Dios. No hay otro camino ni otro sendero fuera del de ver a todas las personas a través de la mediación de la misericordia. 

El Reino cercano que ya está en medio nuestro se manifestará por el restablecimiento de la armonía y la justicia deseada por Aquel que es la fuente de todas las armonías y de todas las justicias. Nuestro bautismo ha sido la señal más clara de nuestra ruptura con el sistema demoníaco de exclusión fundado en códigos de pureza y santidad sin misericordia. Es significativo que en medio de todas las liturgias de bautismo aún conservemos aquello que llamamos un exorcismo. El celebrante nos pregunta si renunciamos al diablo y a todo su poder y sus pompas. La respuesta afirmativa nos coloca en los desiertos de los desafíos a todo sistema de injusticia y opresión. Nuestro bautismo nos ha exorcizado para que nos coloquemos del lado de los desiertos y lejos de los templos que adoran códigos y reglamentos. Tomamos esta distancia con la esperanza de que algún día, que sabemos cercano, esos templos y esas instituciones también darán los frutos del arrepentimiento y repararán los daños realizados. 

Bautismo de Conversión

El bautismo es la conversión al desierto de la justicia de Dios. Enmendarnos, dar frutos de arrepentimiento y confesar nuestros pecados son el fruto cotidiano de esta conversión y de esta fe. La fe consiste en sentirnos incluidos como destinatarios y protagonistas de la misericordia de Dios. El encuentro de la misericordia que viene hacia nosotros y nosotras produce los frutos de justicia que revelan los brotes del reino. 

Primero tenemos fe y luego nos bautizamos en ese ritual por el cual morimos a la esclavitud para vivir en la libertad de los hijos e hijas de Dios. El bautismo es el signo visible con el que proclamamos nuestra liberación para ser ciudadanos y ciudadanas del reino. Es el signo también de nuestra conversión a las prácticas del reino de justicia cuyas puertas siempre abiertas y amigables llaman a la inclusión incondicional de todas las personas que confiesan esta misma fe y de todas las personas que ponen en práctica el sueño y la utopía de quien se hace Padre de esta nueva familia, que no está fundada en lazos de sangre, sino que está unida con los lazos del amor que busca la justicia. 

Oración Comunitaria

Voz que clama en todos los desiertos,

            endereza nuestros caminos.

Tú quieres ser la fuerza de transformación

            en medio de los sufrimientos de grupos y personas olvidadas.

Tú quieres ser esperanza y luz,

            allí donde no vemos más que oscuridades

Tú eres el reino de Dios en medio nuestro,

            bautízanos con tu cruz

            para que demos frutos de justicia y unidad.

Rompe todos nuestros silencios

          para que aclamemos lo que viene en tu nombre.

 Envía tu Espíritu y que descienda sobre nuestras vidas,

             para que podamos ser signos transparentes de tu presencia.

Te lo pedimos por Aquel que viene y ya está aquí

            Aquel que se hace centro para destruir toda marginación. Amén.