< May 08, 2016 >

Comentario del San Juan 17:20-26

 

Juan 17 es la culminación de los “discursos de despedida” de Jesús a sus discípulos que comienzan en Juan 13 y anticipan la “glorificación” de Jesús, o sea, su muerte y resurrección (Juan 18-20).

Todo el capítulo 17 es una oración por los discípulos que están junto con Jesús en el momento en que la pronuncia. Y ahora, nos llega el turno a los lectores de Juan —y a nosotros y nosotras: “Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (v. 20).

El “ruego” [eroto, “yo oro”] de Jesús es por la unidad de todas las personas creyentes, incluyendo a las presentes con Jesús y a las futuras: “para que [hina] todos sean uno” (v. 21a). Con esto comienza una serie de cláusulas de propósito o resultado, señalados por la preposición hina: “para que todos sean uno, como [kathos] tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que [hina] también ellos puedan estar en nosotros, para que [hina] el mundo [kosmos] pueda creer que [hoti] tú me enviaste” (v. 21; mi traducción). La unidad de las personas creyentes —presentes y futuras— se aprende de la unidad de Padre e Hijo. Estar el uno en el otro implica una mutualidad e intimidad que también se espera de las personas creyentes, especialmente en su relación con Jesús. El gran esfuerzo moderno de buscar la unidad ecuménica entre iglesias y religiones se basa en parte en este pasaje.1 En Juan, Jesús espera que la unidad entre creyentes convenza al mundo de que su misión viene de Dios (v. 21c).

“Gloria” Para Todos/as

“Gloria” [doxa] en el mundo antiguo greco-romano se relacionaba con el honor. En las Escrituras Hebreas era una reflexión de la luz divina entre humanos.2  En Juan, el término toma un sentido irónico porque el honor de Jesús —su luz divina— se refleja a través de servicio y sacrificio, incluso la muerte (véase, por ejemplo, Juan 17:1-5), y no a través de valores típicos del honor en la antigüedad, tales como estatus social, riquezas, triunfos militares, poder político, etc. Además, el conocimiento de la gloria divina —incluso el servicio y sacrificio— se comparte con los discípulos contemporáneos y con las personas creyentes del futuro: “Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (v. 22). De nuevo, la unidad de las personas creyentes es el resultado del don de “gloria,” pero es una unidad basada en palabras y hechos que conllevan una gloria sacrificial, no un triunfo humano superficial. La gloria de Jesús, como aprendemos desde el comienzo de este evangelio, se basa en la unidad con el Padre. En Juan 1:1-14, el Verbo [logos] preexistente viene a ser la “luz de los hombres” (1:4) y, por ende, es un Verbo “lleno de gracia y de verdad” y de gloria divina (1:14).

En el v. 23 se repite la búsqueda de unidad, con énfasis en el ministerio de Jesús: “Yo [ego, Jesús] en ellos y tu [Dios] en mí.” La mutualidad entre Hijo y Padre, quiere decirnos Juan, es lo que enseña la perfección que debe haber entre las personas creyentes. La expresión que la versión Reina Valera 1995 traduce como “sean perfectos” [en el original griego es osin teteleiomenoi, que literalmente significa “se hagan completos”] refleja el proceso en el que han entrado los discípulos y las personas creyentes a quienes Juan dirige su evangelio (4:36; 5:34; 17:4) —hacia una unidad completa, aunque todavía en proceso.3 Jesús, en su mutualidad con el Padre, comenzó este proceso.

De nuevo, el proceso tiene una meta: conocimiento para el mundo (quienes todavía no son creyentes) del envío [apesteilas en el original griego del v. 21 que Reina Valera 1995 traduce como “enviaste”] divino de Jesús. Jesús tiene un ministerio apostólico y su envío demuestra el amor de Dios para la humanidad (explicado en Juan 3:16). Este amor preexiste en el amor del Padre a su Hijo: “tal como me amaste a mi” (v. 23c en mi traducción y énfasis).4 En esta misma oración, Jesús había reconocido antes que él y sus discípulos no eran del mundo y que incluso el mundo los odiaba (17:11-19). Sin embargo, aquí, al completar la oración y terminar el discurso entero, el mundo es un lugar de ministerio, envío y demostración del amor.5 Como lo prueba el envío de Jesús, Dios no ha terminado con el “mundo,” ni le importa la actitud negativa del mundo sobre Dios, Jesús y sus seguidores. Tampoco nosotros ni nosotras debemos darnos por vencidos.

El Futuro de Los Futuros Discípulos

Juan concluye la oración de Jesús por sus futuros discípulos con dos últimas plegarias al Padre (v. 24 y vv. 25-26). Primero, el Padre no solo da “gloria” al Hijo, a través de su muerte y resurrección, sino también a sus discípulos. Por lo tanto, el Hijo tiene un “deseo” para ellos, una “voluntad”: “Padre, quiero [thelo] que los que tú me diste [dedokas moi – “los que me regalaste”] estén conmigo donde yo esté” (v. 24a; mi traducción). Aquí, Jesús mira hacia el futuro más allá de su muerte y resurrección y más allá de los primeros lectores de este evangelio —la comunidad juanina a fines del primer siglo de la era común. En el v. 24, Jesús tiene en mente la gloria venidera cuando desea que los discípulos —corrientes y futuros— vean la gloria que Dios le dio, una gloria, o sea, una victoria, en su forma final (v. 24b). Es verdad que hubo una gloria preexistente (“antes de la fundación del mundo;” v. 24c, como en Juan 1:1 – “en el principio [ya] era el Verbo”). Pero al mirar hacia el momento cuando las personas creyentes estén con él, Jesús está haciendo referencia a la gloria en su plenitud futura y escatológica, que es también la misma gloria que se le dio a Jesús desde el principio por el amor de Dios (“pues me has amado desde antes de la fundación del mundo” – v. 24c). En el presente del evangelio de Juan, esta gloria se demostró por la vida de Jesús en servicio y sacrificio (17:1-5; 22), e incluso con pasión y muerte (Juan 18 y 19). En la resurrección de Jesús (Juan 20) se vislumbra el futuro final. Y será en esta gloria final donde Dios, Cristo y sus seguidores y seguidoras estarán juntos un día disfrutando todo la gloria presente de Jesús (vida, muerte y resurrección). Es lo que señaló Jesús anteriormente en el discurso a los discípulos cuando prometió ir a preparar lugar celestial (14:1-4).

Por último, Jesús indica que su Padre será el juez de ese futuro, o sea, quien practicará la justicia final para todos y todas: “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conozco y estos saben que tú me enviaste” (v. 25; mi traducción). Después de enfatizar la importancia de creer, de la unidad, la gloria, el envío y el amor, el pasaje añade otro tema típicamente juanino: el conocimiento [gnosis; véanse 7:29; 10:15]. Jesús conoce a Dios y sus discípulos conocen a Dios, gracias a que envió a Jesús. Jesús espera que, aunque el mundo no haya conocido directamente a Dios, el trabajo de las personas creyentes del futuro tenga fruto y que el mundo conozca a Dios a través de ellas. A través de lo ya completado en la vida y ministerio de Jesús, pero especialmente a través de lo que vendrá —la gloria de la muerte y la resurrección (Juan 18 al 20), Jesús hace su parte para posibilitar el conocimiento del amor de Dios. El nombre de Dios se dará “a conocer aún” (v. 26a).

En fin, el amor de Dios reina en el ministerio de Jesús y en el futuro ministerio de sus discípulos y discípulas. De nuevo, una cláusula de propósito indica hacia dónde se dirige esta oración final: “para que [hina] el amor con que tú [Dios] me amaste [a Jesús] esté en ellos [los seguidores de Jesús]” (v. 26b; mi traducción). La unidad y el amor entre las personas creyentes dan testimonio del amor de Dios ante el mundo de los y las no-creyentes. Conociendo a Jesús e incluso teniéndolo en nosotros y nosotras (“y yo en ellos” – v. 26c) se genera una intimidad mutua de conocimiento con la ayuda del Espíritu de Dios que se dirige firmemente hacia la verdad (14:17; 17:17-19) y que asegura un sentido de misión para toda persona creyente, tal como nos enseñó —y oró— Jesús.


 

Notes:

1 De acuerdo con Daniel B. Stevick, Jesus and His Own: A Commentary on John 13-17 (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans, 2011), 368-369, el pasaje es más un reto que una solución específica.

2 Véase la historia y descripción del termino en Stevick, Jesus and His Own, 369-375.

3 “Perfeccionar” [teleióo en el original griego] en Juan usualmente se refiere a la terminación de la obra divina por parte de Jesús. Véase Gail R. O’Day, “The Gospel of John” en The New Interpreter’s Bible, Vol. IX (Nashville: Abingdon, 1995), 495.

4 En la versión Reina Valera 1995 dice: “como también a mí me has amado.”

5 “El envío del Hijo ha sido la expresión por excelencia del amor de Dios al mundo (3:16),” dice Xavier Leon-Dufour en Lectura del Evangelio de Juan: Jn 13-17, Vol. III. Segunda Edición (Salamanca: Ediciones Sigueme, 1998), 249.