< February 14, 2016 >

Comentario del San Lucas 4:1-13

 

Vivir es difícil.

Es complicado. Nuestros días están llenos de una increíble combinación de experiencias que requieren que tomemos innumerables decisiones, que asumamos múltiples responsabilidades, y que enfrentemos, en ocasiones a la vez, diferentes situaciones y toda clase de personas. Para vivir utilizamos todo lo que tenemos: nuestros afectos, nuestra inteligencia, nuestras historias familiares, nacionales, comunitarias y familiares; y todas las destrezas y todo el conocimiento que hemos acumulado a través de los años.

Como pastores y pastoras, y como líderes de congregaciones, tenemos el privilegio cada día de acompañar personas, familias, y comunidades en su paso por experiencias de gozo y de tristeza, de solidaridad y egoísmo. Tanto en nuestras vidas como en nuestras vocaciones enfrentamos la vida en situaciones que desafían nuestro carácter y nuestro testimonio. A veces nos toca vivirlo en medio de debilidades y quebrantos; otras veces en momentos de fortaleza y confianza. Todo momento que vivimos es una oportunidad para fortalecer nuestro carácter y dar testimonio de nuestra fe.

¿Cuántos de nosotros y de nosotras hemos sido testigos de personas que—identificadas como débiles y de alto riesgo por la sociedad—se levantan y realizan acciones extraordinarias de justicia y solidaridad? ¿Y cuántos y cuántas hemos flaqueado en pensamientos, palabras y obra, en momentos en que nuestras familias, nuestros vecinos, y compañeros y compañeras de trabajo, esperaban más de nosotros y de nosotras? La vida es difícil. Vivir en la fe, y desde la fe, es complicado.

En medio de nuestras decisiones y de las complicaciones de la vida, es importante saber quién camina con nosotros y con nosotras. Es importante saber hacia dónde mirar, en quién confiar, dónde inclinarnos para encontrar descanso y renovar las fuerzas. De eso se trata este texto de las tentaciones: quién es este Jesús de Nazaret. El asunto de las tentaciones tiene que ver con la identidad de Jesús como Hijo de Dios, con la identidad de Jesús como Hijo con el poder de Dios para ejecutar su voluntad, a partir de la identificación previa en el bautismo (Lc 3:21-22) y la genealogía (Lc 3:38).[1]

La lucha se realiza luego del anuncio del Padre de la identidad de Jesús como su Hijo, y antes de que Jesús haya realizado alguna hazaña que muestre su poder. Antes, incluso, de que se haya identificado a sí mismo como quien encarnaba el cumplimiento de la voluntad de Dios a favor de los desposeídos (Lc 4:21). Las tentaciones suceden en el marco de una conversación[2] con el diablo en el desierto que se extiende por un lapso de cuarenta días. El texto tiene como eco la conversación de la serpiente con Adán, y luego la de Dios con Adán, en Génesis 3. Los cuarenta días, por su parte, remiten a los cuarenta días de Moisés en el monte sin comida (Ex 34:28) y a los cuarenta días en escapada de Elías de camino al monte de Dios (1 R 19:8). Se ubica geográficamente en la tradición de los cuarenta años de Israel en el desierto: el tiempo de las murmuraciones del pueblo y de la provisión de Dios en su camino a la tierra prometida.[3]

La identidad de Jesús como hijo de Dios se cuestiona en términos del uso del lenguaje y de la más apropiada interpretación de las Escrituras. En este espacio físico y lingüístico Jesús es tentado, no en lo que no puede realizar, sino, precisamente, en lo que puede hacer. El tentador lo ajota e incita para que asuma su rol, no desde la voluntad de Dios sino desde una interpretación egoísta de su vocación. El diablo—las fuerzas que existen dentro y alrededor de nosotros y de nosotras que se oponen tenazmente al amor, el bienestar, la integridad, y la paz[4]—lo reta a que defina por sí mismo qué significaba ser el mesías.

Así, la primera tentación es personal y social (vv. 3-4), la segunda es política (vv. 5-8), y la tercera religiosa (vv. 9-12)[5]: pan, poder y adoración. Como respuesta a cada una de las tentaciones, Jesús cita las Escrituras, haciendo una apropiada y no forzada interpretación de los textos, que le reconoce la autoridad al Padre que lo ha llamado y nombrado su Hijo. La identidad como Hijo es, pues, confirmada y reconocida.[6] El v. 13 dice que el diablo “se apartó de él por un tiempo.” La definición de su identidad y de su vocación se realizará más adelante en la sinagoga, literalmente con las Escrituras en sus manos. Lo que dijo el Padre en el bautismo y se documenta en la genealogía vence en las tentaciones y se confirma en el inicio de su ministerio a los desposeídos: “Hoy se ha cumplido esta escritura delante de vosotros” (Lc 4:21). La batalla final, sin embargo, será en el Gólgota.

En cuanto a la predicación, identifico dos posibilidades. La primera es pastoral y la segunda es pedagógica. En medio de las dificultades y complejidades de la vida que nos reclama y exige opciones, decisiones, y acciones continuas, en las que nuestra humanidad es tentada precisamente en lo que hacemos bien para que lo manipulemos según nuestra conveniencia, el Hijo de Dios siempre nos acompaña para que podamos salir adelante y luchar en fidelidad y humildad. Sus palabras—como la Palabra de Dios—no nos sueltan: “No solo de pan vivirá el hombre;” “al Señor tu Dios adorarás;” y “no tentarás al Señor tu Dios.” Nuestra humanidad está mejor en las manos de Dios.

Finalmente, el lenguaje puede verse como el desierto en el que lo que pensamos, decimos y construimos como enhebrado social recibe tanto nuestras murmuraciones como nuestras fidelidades, en medio de nuestro manejo de las Escrituras y de la manera en que asumimos nuestros carismas y sueños. Los predicadores y predicadoras solo tenemos palabras[7] para ejercer nuestra vocación. Seamos cuidadosos y cuidadosas, disciplinados y disciplinadas, en nuestra labor de interpretación y aplicación de las Escrituras, de modo que no sean nuestras palabras, sino su Palabra, la del Hijo de Dios, la que produzca vida y salvación para nuestra gente. A esto hemos sido llamados y llamadas.

[1] Robert C. Tannehill, Luke (Nashville: Abingdon Press, 1996), 87.

[2] Fred B. Craddock, Luke (Louisville: John Knox Press, 1990), 56.

[3] Ibid., 54.

[4] Ibid., 55.

[5] Ibid., 56.

[6] Tannehill, Luke, 89.

[7] Barbara Brown Taylor, The Preaching Life (Cambridge: Cowley Publications, 1993), 76.