< January 31, 2016 >

Comentario del San Lucas 4:21-30

 

Este domingo, el cuarto domingo después de Epifanía, es el final del periodo litúrgico que celebra la llegada de la Palabra de Dios al lugar donde vivimos.

La llegada de Dios al pesebre, encarnado en el niño Jesús (Lc 2:1-7), es la fuerza que, como un temblor de tierra, va a estremecer a toda la creación y a todo lo creado, de modo que se vea y se conozca la justicia de Dios. Las palabras y testimonios de los pastores (Lc 2:8-20), de Elizabeth (Lc 1:39-45), de María (Lc 1:45-55), de Zacarías (Lc 1:67-79) y de Simeón (Lc 2:29-32), encuentran en el inicio del ministerio de Jesús su confirmación.

El capítulo 4 de Lucas da cuenta del poder de Jesús frente al diablo y su capacidad de trastocar las cosas (vv. 1-13). Jesús, en respuesta al diablo, presenta las cosas desde los planes y propósitos de Dios: las necesidades físicas (vv. 2-4), el poder y las riquezas (vv. 5-8) y la fe que sustenta nuestro ser y propósito en la vida (vv. 9-12), se pueden vivir desde la gracia y la justicia que inaugura este predicador llamado Jesús.

La justicia de la que hablamos se articula y se expresa en la visita de Jesús a la sinagoga (vv. 16-20). Las promesas mesiánicas, la buena noticia del jubileo o del “año agradable del Señor,” la fuerza de la liberación del pueblo en Egipto, llegan otra vez, se hacen accesibles a todos los seres humanos en este hombre llamado Jesús (v. 21). Esta es una justicia parcializada en favor del amor, de los pobres, los quebrantados de corazón, los cautivos, los ciegos y las personas oprimidas. Es una justicia que, sin excluir a nadie, se planta sin embargo a favor de las personas que han sido descartadas y que son consideradas como desechables de la sociedad.

Debemos recordar todo esto al leer los primeros versos del evangelio de hoy: “Entonces comenzó a decirles: --Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Todos daban buen testimonio de él y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca. Decían: --¿No es este el hijo de José?” (vv. 21-22). Ciertamente es el hijo de José; y es, además, el Hijo de Dios. Dios mismo llega a los materiales de la creación, a las experiencias y eventos de la vida y de la historia, para traernos una justicia diferente: la justicia de Dios que se entrega para el amor y no la justicia del ser humano que reclama desquite, poder y privilegios.

La justicia que Jesús proclama levanta oposición. Sus palabras provocan, al inicio, reacciones mixtas que se vuelven, de repente, viscerales y tempestuosas.[1] Esto es lo que documenta Lucas en los vv. 23-30. El asunto es que, de acuerdo con las costumbres de la época, el grupo íntimo de Jesús—compuesto por su familia y vecindario—debía recibir privilegiadamente sus favores y los resultados de su poder.[2] Jesús, sin embargo, proclama este favor especial, no para su gente, sino para los desposeídos y las desposeídas. Jesús expande este proyecto de proclamación y establecimiento de la justicia de Dios más allá de los linderos de su grupo para incluir a todas las gentes, incluso a los gentiles.[3]

Los ejemplos que Jesús le presenta a la gente de su comunidad de gentiles desposeídos que recibieron el favor de Dios en lugar de los israelitas (vv. 24-27) enfatizan el rumbo y la personalidad de su ministerio y constituyen la causa del descontento y la furia: “Al oir estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira. Levantándose, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarlo” (vv. 28-29). La localización nos hace recordar las tentaciones (Lc 4:5, 9). La ciudad es la que en este caso ha cedido a las tentaciones del diablo.

La predicación de este domingo puede enfatizar varias cosas: (1) la radicalidad de la justicia y del favor de Dios en su llegada para inaugurar el reino en el ministerio de Jesucristo (v. 21); y (2) el rechazo de esta oferta radical e incondicional en favor de las personas marginadas y desposeídas (vv. 28-29). La manera como el contraste entre oferta y recibimiento se traduce en el texto en determinados afectos, emociones y reacciones puede servirnos tanto para el contenido como para la entrega del sermón.

¿Puedes imaginarte como un familiar o una vecina de Jesús mientras este te excluye de lo que supuestamente te corresponde—los privilegios y beneficios de su poder y justicia—para dárselos en cambio a viudas, pobres, encarcelados, ciegos, y marginados de ciudades lejanas? ¿Puedes verte a la vez como un ciego o una viuda lejana que recibe—sin aparente razón ni causa—los beneficios del poder y la justicia de Dios encarnada en el Maestro?

Esta no es una invitación a crear dualismos—caricaturas de lo bueno y lo malo—sino a documentar los afectos, pensamientos y sentires que conviven y luchan, todos a la vez, en nuestros propios corazones. Somos tanto los vecinos excluidos como las personas ciegas distantes que recibimos la visión en este mundo que se sorprende con la llegada del Mesías. El sermón puede nutrirse de una imaginación que visualice a los personajes en cada momento del texto, de modo que toda la congregación se vea dibujada, asumida y desafiada a ponerse del lado de la justicia de Dios.

[1] Fred B. Craddock, Luke (Louisville: John Knox Press, 1990), 62.    

[2] Charles H. Talbert, Reading Luke: A Literary Theological Commentary on the Third Gospel (New York: Crossroad, 1989), 57.

[3] Robert C. Tannehill, Luke (Nashville: Abingdon Press, 1996), 94.