< January 24, 2016 >

Comentario del San Lucas 4:14-21

 

El Espíritu de Dios, Garantía de Justicia

Lucas subraya que Jesús comienza su ministerio “en el poder del Espíritu” (v. 14). El Espíritu de Dios, cuya presencia se aprecia desde la concepción y el nacimiento de Jesús, aparece ahora como el medio por el cual Jesús es capaz de enseñar efectivamente en las sinagogas de Galilea (v. 15). En su descripción de la visita a la sinagoga de Nazaret, Lucas nos demuestra paradigmáticamente cómo eran esas clases magistrales de Jesús.

El v. 16 da a entender que si bien Jesús se había criado en Nazaret, en ese momento no vivía allí. Nazaret en esa época era una aldea sumamente pequeña, tal vez de entre 200 a 400 personas. Todos sus habitantes probablemente eran judíos. No se han encontrado restos de mosaicos, de frescos en las paredes ni de calles empedradas. Las construcciones eran modestas y rústicas, con ventanas pequeñas y techos chatos. Sin embargo, Nazaret en el primer siglo no estaba aislada del resto del mundo, pues se situaba a pocos kilómetros de Séforis, que era una ciudad importante.[1] Nazaret misma, sin embargo, era tan pequeña que toda su población habría entrado cómodamente en muchos de nuestros templos cristianos actuales. Seguramente todos los habitantes del pueblo se conocían—o al menos creían conocerse—de manera profunda. Por otra parte, esta escena en Nazaret es la única vez en los evangelios en que se afirma directamente que Jesús sabía leer, un hecho vinculado íntimamente a su crianza en un hogar judío en torno a la sinagoga.

El sábado, como era su costumbre, entra a la sinagoga, en este caso la de su pueblo natal Nazaret (v. 16). Con este detalle Lucas nos comunica algo que como cristianos y cristianas actuales conviene que no olvidemos: Jesús no era “cristiano,” sino judío y fiel practicante de su tradición de fe. El culto del sábado solía tener dos partes: un comienzo marcado por la oración y la bendición y una segunda mitad que incluía la lectura de la Torá. Ya en el primer siglo comenzaba a consolidarse con un ciclo fijo de lecturas sabatinas de la Ley, junto con lecturas más o menos libres de los Profetas y homilías interpretativas de los textos. Se solía leer un pasaje corto en hebreo y luego traducirlo al arameo (o al griego si esa era la lengua predominante). Jesús lee e interpreta una porción tomada de Isaías 61:1-2. En la versión del episodio que nos ofrece Lucas se trata de una cita casi textual de la Septuaginta (traducción griega de la Biblia hebrea), a la que se le agrega una frase de Is 58:6, la de “poner en libertad a los oprimidos.”[2]

Si tomamos el texto como descripción del ministerio de Jesús, vemos en primer lugar que el Espíritu de Dios “está sobre” él y posibilita todo lo demás. El Espíritu es la garantía de la justicia de su accionar y lo que lo marca como el Ungido (es decir, como el Mesías o el Cristo) de Dios. En el Antiguo Testamento se ungía a los reyes como señal de su elección (por ejemplo, en 2 Cr 23:11). Aquí, la unción no es con aceite sino con el Espíritu Santo. En la dupla escrita por Lucas (su Evangelio y el libro de los Hechos), esta referencia al Espíritu que unge a Jesús y mora sobre él funciona como recordatorio de su bautismo y del descenso del Espíritu “sobre él en forma corporal” (Lc 3:22). También señala hacia adelante, a la presencia del Espíritu con el movimiento de Jesús a partir de Pentecostés (Hch 2:4) y al prometido derramamiento del Espíritu “sobre toda carne” (Hch 2:17).

El Espíritu de Dios es quien envía y faculta a Jesús para: (1) dar buenas nuevas a los pobres; (2) sanar a los quebrantados de corazón; (3) pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos; (4) liberar a los oprimidos; y (5) predicar el jubileo (“el año agradable”) de Dios. Los verbos centrales de esta obra mesiánica facilitada por el Espíritu de Dios tienen que ver con la comunicación (pregonar, predicar, anunciar), la sanación (sanar a los quebrantados, dar vista a los ciegos) y la liberación (de los oprimidos y de los cautivos). Estos tres ejes transversales (comunicar, sanar, liberar) aparecen a lo largo de todo el ministerio de Jesús y constituyen el corazón del llamado de su iglesia. Una iglesia que subraye solamente alguno de estos ministerios en detrimento de los demás, olvidando cómo se entrelazan mutuamente, vive un evangelio truncado y unilateral.

Jesús enrolla el libro, se lo devuelve al ministro y se sienta (v. 20). Toda la congregación espera en suspenso, con los ojos clavados sobre su rostro: ¿Qué dirá el carpintero, el hijo de José (v. 22)? ¿Habrá aprendido algo en el tiempo que anduvo lejos? Cuando abre la boca, habla de un modo que los impresiona (v. 22). Seguramente los aldeanos sienten cierto orgullo por ese hijo de la comunidad que se está haciendo conocer como maestro en toda Galilea (vv. 14-15). Sin embargo, el contenido de sus palabras los golpea: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (v. 21). No sabemos qué más habrá dicho—Lucas nos relata solamente el comienzo de su discurso (v. 21). Pero queda claro que Jesús está dando a entender que como Ungido del Espíritu de Dios hará carne las promesas mesiánicas de los profetas.

Seguir a Jesús en la fuerza de su Espíritu nos lleva por caminos inesperados, a veces sorpresivos para nuestras “aldeas” de origen. Para la iglesia hoy, la buena noticia es que el Espíritu de Dios que ungió a Jesús y lo empoderó para predicar, sanar y liberar, sigue estando presente como fuerza y garantía de justicia.

[1] Vér Craig A. Evans, Jesus and his World. The Archaeological Evidence (Louisville: Westminister John Knox, 2012).

[2] François Bovon, A Commentary on the Gospel of Luke 1:1-9:50, trad. Christine M. Thomas (Minneapolis: Fortress Press, 2002), 152-153, En la versión Reina Valera 1995, esta frase de Is 58:6 se traduce como “dejar ir libres a los quebrantados.”