< January 10, 2016 >

Comentario del San Lucas 3:15-17, 21-22

 

Fiesta de los Sentidos

El pueblo estaba repleto de expectativas. La gente había estado observando el accionar profético de Juan el Bautista, escuchándolo predicar y respondiendo multitudinariamente a su llamado al bautismo. El acto de la inmersión en el río Jordán señalaba contrición y el deseo de vivir generosamente y con sentido. Juan actuaba con la autoridad de uno de los grandes profetas de la Biblia hebrea. No era extraño entonces que comenzara a circular una pregunta: ¿No sería Juan tal vez el Cristo, el Mesías de Dios, enviado para liberar al pueblo del yugo imperial? (v. 15). A pesar de la “señal del pesebre” que había marcado el nacimiento de Jesús como un Salvador y Mesías cercano a la tierra y a la vulnerabilidad (Lc 2:11-12), para la gente la situación no había mejorado en las tres décadas subsiguientes. Los impuestos eran pesados y la lucha por la vida diaria era dura. Las imposiciones, tanto del gobernador romano en Judea como de los herodianos en otros sectores de Palestina (Lc 3:1), eran abrumadoras. Era peligroso cuestionar abiertamente las estructuras de poder y su lógica injusta, como hacía Juan, y de hecho esto fue lo que llevaría a Juan primero a la cárcel y más tarde a una ejecución sumaria (ver Lc 3:19-20 y 9:9).

Juan responde a la expectativa de la gente anunciando la venida de alguien que no solamente bautizaría en agua como él, sino también “en Espíritu Santo y fuego” (v. 16). Poco después, Jesús aparece en escena de manera pública y definitiva. Se suma al pueblo y es bautizado por Juan (v. 21). Lucas no presenta ningún tipo de explicación acerca de por qué Jesús se bautiza, sino que encuadra la acción dramáticamente como un momento de manifestación del Espíritu Santo.

En su relato, Lucas apela a los elementos (agua, fuego, tierra, aire) para subrayar la materialidad de la presencia del Espíritu y la inmediatez de la bendición del Padre sobre la persona y el ministerio de Jesús de Nazaret.  Según la profecía de Juan, repleta de referencias de corte apocalíptico, Jesús habría de bautizar en el Espíritu a sus seguidores y seguidoras, utilizando el soplo del viento (aire en movimiento) para aventar la cosecha (fruto de la tierra), así como el fuego para consumir aquello que no fuera fructífero y vivificante. En el lenguaje bíblico, el viento, el fuego, el agua y el verdor de la tierra están vinculados íntimamente con el Espíritu. Al hablar de Jesús y del bautismo, Lucas emplea metáforas pneumatológicas (referidas al Espíritu Santo). Así como para Lucas la gestación de Jesús se encuadra como obra del Espíritu (Lc 1:35), lo mismo sucederá con su ministerio (por ejemplo, Lc 4:1 y 18). Para el evangelista, el Espíritu de Dios no es solamente un don enviado a la naciente iglesia en Pentecostés, sino una presencia y una fuerza que jamás puede ser separada de la persona de Jesús. Por consiguiente, tanto el bautismo de Jesús como el nuestro son símbolos y promesas de la fiel presencia de Dios Espíritu en nuestras vidas y sociedades.

El mismo Jesús que según Juan ha de bautizar “en Espíritu Santo y fuego,” es bautizado en el agua del río Jordán. Jesús demuestra de modo concreto su voluntad de compartir los caminos y destinos de su gente, sometiéndose como “todo el pueblo” (v. 21) al bautismo de Juan. Su solidaridad es bendecida por una voz que viene “del cielo” (v. 22), es decir por aquella dimensión trascendente que vinculamos con Dios y que tiene que materializarse para que la podamos ver, oír o palpar. Dios es presentado como un Padre que ama a su Hijo y que está complacido—dicho de otro modo, “feliz de la vida”—con él. El lenguaje utilizado apunta a la relación íntima y filial de Jesús con Dios Padre, y retiene ecos de pasajes como Is 42:1 (descripción del Siervo de Dios sobre quien Dios ha puesto su Espíritu) y Sal 2:7 (el reino del ungido de Yahvé, al cual Dios le declara: “Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy”). Este lenguaje bautismal y filial, que aparece con variantes en los cuatro evangelios, así como la gran comisión a los discípulos y las discípulas de bautizar en el nombre singular del “Padre, Hijo y Espíritu Santo” (Mt 28:19), están en la raíz de lo que más tarde se llamaría “teología trinitaria.” Donde actúa Jesús, también lo hacen el Padre y el Espíritu, no de manera sucesiva sino simultánea; no de manera confusa sino armoniosa; no de manera múltiple sino singular.

El Espíritu de Dios se presenta en la escena de modo corporal y visible, en la forma de una paloma.  La imagen del Espíritu de Yahvé que reposa sobre la figura mesiánica como Espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, poder, conocimiento y temor de Dios, aparece en Is 11:1-10. Se vincula con su capacidad de discernimiento, su voluntad de traer justicia a los pobres y las promesas escatológicas acerca de la reconciliación de toda la creación. El “beneplácito” del Padre y la presencia palpable del Espíritu no tienen que ver simplemente con un sentimiento. Tienen que ver con el llamado mesiánico de Jesús de traer justicia y reconciliación, no solamente entre los seres humanos y Dios, o entre los seres humanos mismos, sino también entre los seres humanos y el resto de la creación.

Todos los sentidos están involucrados en estos hechos: oímos, vemos y palpamos la presencia del Dios trino que se nos acerca y comparte nuestros caminos. Nuestras prácticas de bautismo son señal de compromiso concreto y activo con el proyecto del reino de Dios y del seguimiento de Jesús por el Espíritu. Nos remiten al bautismo de Jesús, señal de su solidaridad con la vivencia humana y de la presencia de Dios, quien también a nosotros y nosotras nos declara con beneplácito que somos sus hijas e hijos, selladas y sellados por el acompañamiento del Espíritu Santo que se hace palpable en nuestras vidas.