< December 25, 2015 >

Comentario del San Lucas 2:[1-7] 8-20

 

La Señal del Niño en el Pesebre

Jesús nace en un contexto de vigilancia imperial. Según Lucas, Augusto César decreta que las personas sujetas al imperio en “todo el mundo” (v. 1) sean censadas. No se trata de un requerimiento inocente. El censo permite que el imperio compute con precisión cuántas personas están bajo su dominio y cuáles son sus posesiones, con el objetivo de recolectar impuestos y en algunos casos de imponer el servicio militar. Lucas da a entender que el César se atribuye una autoridad rayana con lo divino, pues en la tradición bíblica, el derecho a censar al pueblo suele entenderse como un derecho propio de Dios (por ejemplo en el censo de Números 1). El imperio sigue su rumbo de acuerdo a su lógica de cuantificación y control de sus súbditos. Sin embargo, bajo las mismas narices del imperio, y nada menos que durante el período de empadronamiento que se ha establecido, Dios revela un señorío muy diferente al de los señores imperiales. En ese preciso momento histórico, “Dios con nosotros y nosotras” se manifiesta en Belén a través de una señal imprevista: un niño recién nacido, envuelto en pañales, colocado en un pesebre.

María, que todavía no se ha casado con José, da luz a su primogénito. Lucas explica que María coloca al niño en un pesebre, pues la pareja no ha podido encontrar refugio en un mesón. Es difícil no revestir la escena de sentimentalismos, pues hemos internalizado imágenes dulzonas de una sagrada familia reluciente, rodeada de simpáticos animales. En los pesebres que armamos en épocas navideñas en nuestras casas o iglesias no solemos destacar las evidencias de la sangre, el sudor y las lágrimas que suelen formar parte de las escenas de parto. Al leer este texto conviene que recordemos que el parto no es tarea fácil, tal como el mismo texto bíblico afirma en diversos textos. El apóstol Pablo se refiere más de una vez a los “dolores de parto” (Ro 8:22; Gá 4:19). Según el Evangelio de Juan, Jesús mismo habla del dolor y la angustia del parto, seguido por el gozo de que haya nacido un hijo (Jn 16:21). En cambio Lucas no se refiere a esos dolores, si bien están implícitos. Tampoco menciona a una partera que pudiera haber ayudado a María, una joven madre que no ha tenido experiencias anteriores de parto y maternidad. Ni siquiera se nos dice que José haya asistido en el proceso. El evangelista es parco y hasta minimalista. Simplemente nos presenta con un hecho: nace el bebé en un entorno menos que ideal. Ni siquiera menciona el nombre del niño.

Mientras tanto, “en la misma región” (v. 8) se van dando algunos hechos adicionales que al igual que el nacimiento del niño y la correspondiente “señal del pesebre,” escapan la vigilancia del imperio. De modo sorprendente, se está haciendo la voluntad de Dios tanto en el cielo como en la tierra. Unos pastores que están afuera, cuidando de sus rebaños, de pronto reciben la visita de un mensajero de Dios. El  ángel les anuncia el dato del nacimiento del niño en Belén (“casa de pan”), que es presentado como Salvador, Mesías (Cristo) y Señor (v. 11). Les da una marca de la identidad del bebé que “les” ha nacido--que ha nacido “para” ellos (v. 12). La señal no tiene que ver con su estirpe, ni con sus características físicas, sino con su lugar social: está “acostado en un pesebre” (v. 12). Lucas muestra hábilmente que este acercamiento de Dios en medio de la vulnerabilidad es una buena noticia. Es una buena nueva para los pastores, que glorifican y alaban a Dios por lo que han visto y oído. Y también lo es para los ángeles, que dan gloria a Dios porque Dios quiere paz con justicia para los seres humanos. El desafío en esta Navidad es descubrir cómo y porqué esta “señal” también es una buena noticia para nosotros y nosotras en nuestro tiempo y nuestro lugar.

Vale la pena detenernos en esta señal del niño en el pesebre que para Lucas es tan importante que la menciona tres veces en este corto pasaje. Primero, María envuelve a su primogénito en pañales y lo coloca en el pesebre (v. 7). Luego, el ángel les comunica a los pastores que encontrarán al niño envuelto en pañales y colocado en un pesebre. Interpreta el dato de una manera significativa: les dice que este hecho les servirá de “señal” (v. 12). Finalmente, luego de la aparición de la multitud de las huestes celestiales envueltas en luz que alaban al Dios del cielo y de la tierra (v. 14), los pastores salen apurados para verificar lo ocurrido. Así es que encuentran a María, a José y “al niño acostado en el pesebre” (v. 16).

¿En qué sentido el niño en el pesebre es una “señal”? ¿Señal de qué? Los pastores verifican que el Salvador, Mesías y Señor (v.  11) anunciado por el ángel no es otra cosa que un ser humano pequeño y vulnerable de carne y hueso, que necesita del mimo materno y de la protección que significa el hecho de envolverlo en pañales. Su lugar social no es el palacio ni una cuna principesca, sino un pesebre. Hoy esta “señal” es una buena noticia para nosotros y nosotras porque nos comunica que la lógica de Dios no se basa en la vigilancia ni en el control característicos de los imperios de todos los tiempos. Dios se nos manifiesta (v. 15) en la vulnerabilidad de lo pequeño, de lo profundamente humano, de lo humilde y de lo sencillo.  La “señal del pesebre” subvierte nuestras expectativas y nos demuestra que el señorío de Dios (v. 11) no se basa en las imposiciones ni los autoritarismos, sino que se manifiesta “desde abajo” en solidaridad absoluta con nuestra frágil condición humana.