< November 22, 2015 >

Comentario del San Juan 18:33-37

 

Luego del arresto en el huerto, Jesús es llevado a la casa de Anás, el suegro del sumo sacerdote Caifás, y luego de un corto interrogatorio, es llevado a la casa de Caifás, en cuyo patio sucederá la negación de Pedro.

Finalmente lo llevan al pretorio para ser interrogado por Pilato, el prefecto romano a cargo del gobierno en Judea, una de cuyas funciones principales era la de mantener el orden. No siempre lo logró, pues Pilato era famoso por ofender las sensibilidades religiosas judías, como la vez en que introdujo los emblemas romanos en la ciudad, provocando una reacción social de grandes proporciones; o cuando utilizó el dinero de la tesorería del templo para construir un acueducto. Pero en el Evangelio de Juan Pilato parece haber cambiado de actitud, ya que, mostrando respeto a sus costumbres, recibe a las autoridades religiosas fuera del pretorio para evitar que se contaminaran ritualmente y no pudieran comer la Pascua al día siguiente (ver 18:28). ¿Habrá aprendido la lección? ¿O es simplemente otra de sus estrategias políticas? Es difícil determinarlo con certeza, pero dado que unos años después fue destituido de su cargo por el emperador como consecuencia de un incidente en el que utilizó innecesariamente la fuerza en contra un grupo de samaritanos, pensamos que su consideración hacia las autoridades religiosas judías sólo se trataba de una maniobra política.

Para hablar con Jesús, Pilato entra en el pretorio, y para hablar con las autoridades religiosas, sale del mismo. Se desarrolla así un diálogo entre dos grupos en dos lugares físicos diferentes. La primera pregunta que Pilato le hace a Jesús es: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” La pregunta es importante porque cualquiera que reclamara para si el título de rey sin la autorizacion de Roma era considerado como un revolucionario. La respuesta de Jesús es un desafío para su honor: “¿Dices tú esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?” Obviamente incómodo, Pilato le contesta defensivamente que este es un asunto interno judío y que su función es la de implementar la ley, pero admite que los cargos en contra de Jesús han sido hechos por sus coterráneos.

El propósito de esta pregunta que el evangelista pone en boca de Jesús es determinar quién es responsable por la muerte de Jesús: ¿los romanos o las autoridades judías? Si bien es cierto que históricamente la respuesta es simple (fueron los romanos), en el evangelio de Juan los instigadores son las autoridades religiosas. Pilato simplemente accede a sus requerimientos para apaciguarlos. Esto es parte del mensaje juanino de que el Verbo vino a los suyos y estos no lo recibieron (1:11). Tambien se deja entrever aquí de manera incipiente el antijudaismo que se manifestaría en las comunidades cristianas primitivas.

Jesús entonces vuelve a insistir en el tema del reino y le contesta a Pilato: “Mi Reino no es de este mundo; si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí.” Esta afirmación es importante por dos razones. Primero, porque le asegura a Pilato que no habría un conflicto armado entre su grupo y los romanos. “Mi concepto de reino es diferente,” parece decir Jesús. Es un reino que no compite con los reinos terrenales, pues se maneja con valores diferentes. La respuesta de Pilato “Luego, ¿eres tú rey?” muestra claramente que él no podía concebir un reino sin poderío militar ni fines económicos. Su modelo de reino era el del imperio romano. Jesús tenía otro modelo en mente, el reino de Dios. Al igual que en conversaciones con otros individuos en el evangelio (Nicodemo, la mujer de Samaria, etc.), Jesús corrige a Pilato y a través de él a los lectores del evangelio, quienes podrían tener dudas sobre la naturaleza del reino que Jesús había venido a instaurar.

Esta afirmación es también importante porque el Jesús del evangelio de Juan puntualiza la responsabilidad de las autoridades religiosas en el proceso. Es a ellas a quienes es entregado en primer lugar; no a los romanos. La afirmación de Pilato de que fueron los principales sacerdotes quienes le entregaron a Jesús coincide no solamente con el relato (v. 35), sino también con los datos históricos conocidos. Los judíos solamente podían sentenciar a muerte a alguien que infringiera la ley judía, como aparentemente fuera el caso de Esteban en Hechos 7, pero no podían sentenciar a muerte a un reo político. Y Jesús no era simplemente otro maestro de la ley con una opinión diferente sobre la misma, sino de un judío radicalizado por la convicción de que el fin escatológico anunciado por los profetas estaba a punto de suceder. En tanto y en cuanto Jesús siguiera anunciando la venida del reino de Dios, su ministerio sin duda representaba una amenaza para el poder de Roma.

Jesús le responde a Pilato que nunca se autodefinió como rey, sino más bien como alguien cuya vocación de vida (“para esto he nacido”) y de misión (“para esto he venido al mundo”) era la de dar testimonio de la verdad. Lo que la versión Reina Valera 1995 traduce en el v. 37 como “dar testimonio” es en el original griego un verbo en subjuntivo, martureso, que connota la idea de posibilidad. El testimonio de la verdad de Jesús fue una elección de vida. Él había elegido ser testigo de la verdad divina y esa elección es la que lo había llevado a la situación en la que se hallaba ahora, a punto de ser ejecutado, o más propiamente, “martirizado,” participio de un verbo en español que tiene su origen en el verbo griego martureo que significa “dar testimonio.” Luego Jesús agrega algo que tiene un significado profundo en el evangelio de Juan: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (v. 37). Las personas que conocen la verdad tal como la define Jesús oyen su voz, esto es, pertenecen a su familia. En Juan 14:6 Jesús se describe a si mismo como el camino, la verdad y la vida. Estas tres expresiones son realmente sinónimas y se refieren a una forma de entender a Dios en la que Jesús funciona como testigo de la verdad que es Dios. Y nótese que Jesús añade en el mismo versículo que nadie viene a Dios si no lo hace a través de él, esto es, si no entiende a Dios como él lo hacía.

Pilato queda perplejo ante la respuesta de Jesús y concluye abruptamente la conversación con aquellas palabras célebres: “¿Qué es la verdad?” (v. 38). Esta pregunta queda resonando en el relato para que los personajes del mismo la respondan. Marta lo había ya hecho en 11:27 y Tomás lo hará en 20:28, no sin dudas. Los lectores originales del evangelio son igualmente desafiados a definir qué es la verdad. El desafío es también para los lectores y lectoras contemporáneos.

Una de las enseñanzas más profundas de este pasaje es la idea de reino que Jesús vino a anunciar, un reino que, si bien no es político, tiene implicaciones políticas. La iglesia, que debería ser señal del reino, ha acumulado tantas riquezas a través de los siglos, que se erige hoy como una competidora importante en la lucha por el poder, algo que contradice llanamente lo que Jesús dijo: “Mi reino no es de este mundo.” En muchos sentidos, la iglesia reina en el mundo. De ahí las implicaciones políticas. Dado que el poder no es bueno ni malo en sí mismo, sino que depende de la manera en que se lo utilice, la pregunta es: ¿cómo utilizará la iglesia su poder? ¿Lo hará para prolongar su vida como institución o para dar vida a los pobres de este mundo? El papa Francisco ha sugerido que esto último es lo que constituye la verdadera misión de la iglesia. Sería importante escucharlo, pues recoge de manera muy precisa la idea principal del mensaje y ministerio de Jesús.

Recurso Bibliográfico:

Horsley, Richard, Jesus and the Spiral of Violence. Popular Jewish Resistance in Roman Palestine. San Francisco: Harper & Row, 1987.