< November 01, 2015 >

Comentario del San Marcos 12:28-34

 

En el capítulo 12 de Marcos, Jesús ha estado discutiendo con los principales sacerdotes, los escribas, los ancianos, los fariseos, los herodianos y los saduceos sobre temas diversos: el tributo a César, la posición de la mujer en el mundo venidero y la resurrección de los muertos. 

Ahora se acerca a Jesús un escriba, un intérprete de la ley, y le pregunta, en un tono más amigable: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?” No le pregunta cuál viene primero, sino cuál es el más importante.  

La pregunta tiene que ver con una práctica, habitual entre los estudiosos de la ley, de resumir los 613 mandamientos que la componían en uno o dos principios fundamentales que pudieran ser utilizados después como clave hermenéutica para descifrar todos los demás. Hillel, por ejemplo, un famoso maestro de la ley que vivió entre los años 40 a.C y 10 d.C, resumió la ley en el principio que decía: “Lo que odias, no se lo hagas a tu prójimo.” Jesús, al responderle al escriba, hace algo parecido. Dice que toda la ley se resume en dos mandamientos que van juntos, tan juntos que los dos constituyen uno solo: Amar a Dios y amar al prójimo.

En la respuesta que pone en boca de Jesús, Marcos cita Deuteronomio 6:4-5 y Levítico 19:18, y lo hace directamente de la Biblia griega, la Septuaginta, con pequeñas modificaciones. Por ejemplo, al citar Dt 6:5, Marcos agrega la expresión “y con toda tu mente,” y cambia la palabra dunameos, que significa “fuerzas,” por el sinónimo isjouos. Dt 6:4 es el pasaje conocido como “la Shema,” del verbo hebreo shema, “oye”, que era recitada de manera diaria por los judíos piadosos: “Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.” La frase del original griego kurios ho Theos hemon kurios eis estin es traducida por la versión Reina Valera 1995 justamente como “el Señor nuestro Dios, el Señor es uno.” Pero también podría traducirse como “el Señor es nuestro Dios, el Señor solo” o como “nuestro Dios es Señor, el único Señor.” Dado el contexto general de este capítulo, en el que los fariseos han cuestionado la devoción al Señor Yavé al introducir el tema del tributo al César, nos inclinamos por la traducción “nuestro Dios es Señor, el único Señor.”

El amor a Dios es el primer mandamiento, dice Jesús. Y este amor deberá ser “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas,” o sea con todo tu ser: emocional, intellectual, espiritual y físico. La entrega a Dios debe ser total, incondicionada. Y citando Levítico 19:18, como ya adelantamos, Jesús agrega que hay un segundo mandamiento, semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Pero, ¿qué significaba amar en el tiempo de Jesús? Las ciencias sociales nos alertan sobre la diferencia entre nuestro concepto de amor como un sentimiento que se dirige hacia otra persona en la forma de afecto, y el concepto que tenían los antiguos, como una actitud de devoción y fidelidad a un grupo social, ya sea la familia o la aldea. Amar a Dios significaba, en el tiempo de Jesús, estar dedicado totalmente a Dios, unido a Dios. Y el amor al prójimo era similar: significaba estar unido, pertenecer al grupo que confesaba amor a Dios. Los sentimientos podían estar incluidos o no, pero no eran necesarios. Lo que se requería era el compromiso total con un cierto grupo social. Se discute todavía si Jesús no estaba entendiendo el “amor al prójimo” en un sentido todavía más general, incluyendo como prójimos a aquellos que coexistían con los judíos en Palestina, o sea, los romanos y los griegos.

El escriba coincide con Jesús y reitera su respuesta (vv. 32-33), pero agrega, citando Oseas 6:6 y 1 Samuel 15:22, que el amor es mayor que “todos los holocaustos y sacrificios.” El holocausto era el animal que se quemaba diariamente en el altar. Los sacrificios eran las ofrendas, que podían ser de vegetales o de animales. Esta crítica a las prácticas del culto en el templo corresponde a la tradición profética, a la que pertenecen los textos citados por el escriba. Concuerda con lo que Jesús dice en 7:18-23, respecto a que la actitud del corazón es más importante que los rituales religiosos de su tiempo. Jesús evalúa que el escriba no está “lejos del reino de Dios” (v. 34). Y esto es importante, porque es el único escriba en el evangelio de Marcos que recibe una palabra de elogio por parte de Jesús.

Para Jesús, toda la ley se resume en estos dos principios fundamentales: amar a Dios y amar al prójimo. El decálogo, los diez mandamientos de Éxodo 20:1-17, también se puede dividir en el amor a Dios (los primeros tres o cuatro mandamientos, según cómo se los cuente) y el amor al prójimo (los siguiente siete o seis, también según cómo se los cuente). La pregunta del escriba es importante porque en el afán de cumplir todos los mandamientos era muy fácil perder de vista el espíritu con el que se habían escrito, esto es, el amor. La ley de Israel se origina en el amor de Dios hacia el pueblo y tiene como fin el amor del ser humano hacia Dios y hacia su prójimo. El cumplimiento de los mandamientos no era una carga, sino una bendición y un privilegio, pues era la respuesta agradecida de un pueblo que había experimentado el amor de Dios en la liberación de la esclavitud en Egipto. En los dos pasajes citados por Jesús, de Deuteronomio 6 y Levítico 19, el trasfondo es justamente el recuerdo del hecho fundante del éxodo.

En el evangelio de Marcos Jesús reconoce que el cumplimiento de los mandamientos es fundamental para poder entrar en el reino de Dios. Se lo puntualiza al joven rico en 10:17-22. Pero agrega que también es necesario compartir su riqueza con los pobres. ¿Por qué, entonces, no hace lo mismo con este escriba? ¿Será porque advirtió que este escriba, al reconocer la prioridad del amor sobre los sacrificios, estaba ya embarcado en una praxis de liberación que tenía en cuenta el bienestar del prójimo? Esto explicaría porqué Jesús, aparte de reconocer que el escriba “había respondido sabiamente” (v. 34), no le hizo ninguna otra demanda. Pero esto es sólo una forma de interpretar el pasaje. Hay quienes ven en este escriba a alguien que, si bien teóricamente entendía cuáles eran los valores del reino, por el hecho de pertenecer a una clase social con ciertos privilegios (educación, prestigio, etc.), nunca podría llegar a entrar en el mismo, a menos que renunciara a su posición social, algo que aparentemente esta persona no hizo.

El Jesús histórico, lejos de exigir de sus seguidores una doctrina correcta, o una afirmación de fe ortodoxa, consideraba que el amor a Dios y el amor al prójimo eran los únicos requisitos para acceder al reino de Dios. Recuperar este espíritu hoy en día nos haría más tolerantes de otros grupos cristianos y nos desafiaría a incorporar en nuestro ministerio al ecumenismo y el diálogo con otras religiones.


Recursos Bibliográficos:

Myers, Ched. Binding the Strong Man: A Political Reading of Mark’s Story of Jesus. Maryknoll: Orbis, 1990.

Vena, Osvaldo D. Evangelio De Marcos. Comentario para Exe´gesis y Traduccio´n. Miami: Sociedades Bi´blicas Unidas, 2008.