< September 13, 2015 >

Comentario del San Marcos 8:27-38

 

Muchas veces nos hemos preguntado quién era Jesús.

¿Quién era verdaderamente este hombre que salía a predicar por los caminos y se preocupaba por los pobres, por los que apenas tenían qué comer o estaban enfermos, pero que también enseñaba a los ricos y a los poseedores de puestos elevados en la burocracia de aquel tiempo? ¿Quién era Jesús el Nazareno? ¿Quién era el que se rodeaba de trabajadores humildes y no buscaba poder ni riquezas; sólo comprensión y fe?

Si somos honestos/as con nosotros/as mismos/as, reconoceremos que muchas veces nos hemos preguntado quién era este Jesús Nazareno a quien la historia proclama como el Mesías, así como lo hacían algunos de sus contemporáneos. Pero este pasaje nos sorprende porque quien formula la pregunta es el propio Jesús: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?” (v. 27). Jesús es el que está interesado en conocer el resultado de su predicación incesante.

Nuestra respuesta espontánea y sin discusiones teológicas, sería posiblemente una confesión de fe, como la de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el que nos viene a salvar.

Pero los primeros discípulos en tomar la palabra después de que Jesús hace la pregunta contestan otra cosa: “Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas” (v. 28).

Realmente en el mundo en que vivimos, en el que el fin más anhelado en la vida del ciudadano medio es tener una buena cuenta en el banco, este Jesús no cuadra. No tiene nada que ver con las expectativas que ahora son válidas, según las consignas de los dirigentes bancarios—léase entre otros las autoridades del Fondo Monetario Internacional—del mundo: un departamento bien amueblado, el último juguete técnico, viajar y mucho, etc. Jesús era pobre; no tenía lugar “donde recostar la cabeza” (Lc 9:58), y les predicaba especialmente a sus iguales, sin menospreciar sin embargo la predicación a los ricos y poderosos… pero “¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios a los que confían en las riquezas!” (Mc 10:24), según él mismo nos explica.

Hoy, como ayer, miraríamos a Jesús con un dejo de curiosidad, pero sin entenderlo completamente ni atenderlo. ¿Quién se cree que es? No, no entra en nuestras vidas… Según las expectativas con que llenaron nuestra imaginación, hoy se puede ver mucha gente caminando y hablando por teléfono, o peor, conduciendo un automóvil y hablando por teléfono, o pegada en su casa a la computadora o a la TV (¡como yo en este momento!) ¿Cuál es nuestro mayor anhelo? ¿Conocer a Jesús o tener el último modelo de tablet?

No estoy queriendo decir que debamos vivir como en el siglo I ni nada por el estilo, pero debemos aceptar que se ven más personas apegadas a sus teléfonos que rezando…

San Agustín decía que es imposible saber cómo es Dios, a menos que aceptemos la forma en que se reveló a sí mismo: como un hombre que termina condenado por sus contemporáneos, y por supuesto, no entendido… ¿Nosotros y nosotras aceptamos y entendemos a Jesús ahora?

“Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (v. 29). La respuesta dependerá del tipo de humanidad que estemos buscando. ¿Una humanidad solidaria, horizontal—como las comunidades que fundaba Pablo, creyente sobre todo, pero creyente en una humanidad de iguales? ¿O una comunidad que chatea por Facebook o Twitter? ¿Iguales a Jesús, a Mahoma o a Buda? Porque además nuestro mundo ya nos queda chico, y Oriente y Occidente están más cerca, cada cual con su creencia fundamental. Lo que queremos, y estoy convencida de que es también lo que quería Jesús, es una gran humanidad de hermanos y hermanas; no importan el color, ni las riquezas, ni siquiera las creencias, siempre y cuando respetemos al Dios de amor que fue quien envió a Jesús para encaminar nuestros caminos. Todos y todas somos iguales ante Dios. Y si nos respetamos y respetamos nuestra propia historia, críticamente, pero lo hacemos…dentro de esa historia están Jesús, pero también Mahoma y Buda.

Obviamente que no es lo mismo para un cristiano ir a una mezquita que a un templo. Los cristianos y cristianas tenemos nuestras costumbres, forjadas en los primeros cuatro siglos de persecuciones de la historia del cristianismo, y las respetamos. Creemos en Dios, en su Hijo que es amor y en el Espíritu Santo, que es su acción poderosa.

Además de la cuantiosa discusión teológica que produjo su presencia y predicación, sobre todo en Oriente, y que nosotros heredamos, tenemos la certeza, predicada especialmente por Pablo, de que somos hermanos y hermanas unidos por un Dios de amor, que se manifiesta en su Hijo.

Marcos repite una y otra vez que Jesús se refería a sí mismo como “Hijo del hombre” (2:10.28; 8:31.38; 9:9.12.31; 10:33.45; 13:26; 14:21.41.62). Los demonios, los “otros”, lo llamaban “Hijo de Dios” (Mc 3:11; 5:7). Nosotros solemos caer en lo mismo: el Jesús como Cristo nos opaca al Jesús hombre, al que iba sin posesiones predicando por los caminos de Siria y Palestina…dirigiéndose a su destino: la cruz. Es difícil combinar el “Hijo del hombre” con el “Hijo de Dios,” y de hecho muchas divisiones de la iglesia se han producido como consecuencia de esta discusión teológica. Pero como dice Agustín en sus Confesiones: “Creo para entender.” Siglos más tarde, también Lutero suscribiría estas palabras de Agustín con alegría.

Arrio, obispo de Alejandría, que luego tuvo que huir e instalarse en Antioquía, enfatizaba al Jesús ser humano. Santiago en su epístola también… y en general los que vivían en Palestina hacían lo mismo. Recordaban a ese Jesús que recorría los caminos predicando a toda criatura. Cipriano, Atanasio, los alejandrinos, más apegados a las filosofías griegas, en general llegaron a enfatizar tanto al Jesús-Cristo que cayeron en el docetismo o en el monofisismo. Según el docetismo, lo que murió en la cruz fue una figura de Cristo pero no él mismo, puesto que los dioses no mueren, y Jesús en cuanto hombre era en realidad una especie de fantasma (esto es precisamente lo que significa la palabra griega que da origen a la palabra “docetismo”). Y según el monofisismo, Dios y Jesús eran lo mismo. Hasta hoy el cristianismo copto sigue enfatizando la unicidad de Dios, dejando de lado la naturaleza humana de Jesús y el trinitarismo.

Todas las explicaciones eran posibles. Pero el Cristo resucitado nos enseñó su verdadera entidad: Él, como habían denunciado los demonios, es el Hijo de Dios, que vino a este mundo para encaminar nuevamente nuestros pasos hacia el bien. Dios es amor y su Hijo, nuestro redentor. Y esto nos basta.