< April 04, 2015 >

Comentario del San Juan 20:1-18

 

La resurrección de Cristo nos abre las puertas a una vida nueva; a una vida llena de libertad, de poder, de sanidad y de transformación.

El texto para hoy nos recuerda que el drama de la resurrección siempre tiene más de una forma de ser experimentado. Hay quienes corren apresuradamente a la tumba, pero nunca entran. Otros llegan y se internan hasta lo más profundo de la tumba buscando alguna prueba de la resurrección. Mientras otras personas, como María Magdalena, se quedan atrás, esperando hacer sentido de todo lo que ha pasado. Y Cristo se presenta justamente ante María Magdalena para encomendarle la evangelización de toda la humanidad.

Un drama en dos actos

La lectura que nos compete en esta Vigilia Pascual tiene dos actos bien definidos. Por un lado tenemos la visita de una de las mujeres discípulas de Jesús a la tumba. En cuanto ve que la piedra que cubría el sepulcro ha sido removida, María Magdalena corre a llamar a otros discípulos. Son éstos quienes entran a la tumba y la encuentran vacía. Este es el primer acto. El segundo acto tiene como protagonistas a María Magdalena y a Jesús. En este acto, María Magdalena es comisionada a proclamar las noticias de la resurrección a todo el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús.

Siguiendo este formato de dos actos, hagamos un acercamiento a cada uno de ellos de manera independiente. Las posibilidades para quienes predican este día son muchas, puesto que el texto asignado puede dividirse no solo en dos actos, sino que puede ser visto desde múltiples ángulos. Aun así, por cuestiones de espacio, he de enfocarme de manera general en los dos actos presentados en la lectura.  

Primer Acto: Ansias de Ver

Lo primero que vemos en la lectura es el deseo, o las ansias, de los discípulos de ver y comprobar por sí mismos lo que ha pasado. En cuanto Pedro y el discípulo amado escuchan las noticias de la tumba abierta, corren hasta el lugar.

Es importante señalar el riesgo al que se exponían como discípulos varones Pedro y el discípulo amado al actuar como lo hicieron. Tanto las autoridades religiosas judías como las autoridades imperiales Romanas estaban pendientes de cada movimiento del grupo de Jesús. Recordemos que los discípulos se habían apartado de Jesús durante la crucifixión y muerte (Mc 14:50-54; Jn 20:19). A pesar de haberse escondido por unos días, Pedro y el discípulo amado regresan para ver con sus propios ojos lo acontecido. ¿Dónde está el cuerpo de Jesús? ¿Quién lo ha removido? ¿Por qué ha sido removido el cuerpo? Estas son las preguntas que los discípulos probablemente se hicieron en este momento. Siendo que tanto las autoridades religiosas como las políticas estaban interesadas en capturar a los discípulos, el hecho de que dos de ellos se atrevieran a exponerse de manera tan pública es de notar.

Este punto puede ser de mucho interés para quien predique sobre este texto: el mensaje de la resurrección ha de brindarnos la valentía necesaria para enfrentar incluso las amenazas que eventualmente recibamos. ¿Cuáles son las razones que nos impiden salir de nuestro “aposento alto” para experimentar por nuestros propios ojos el milagro de la resurrección? ¿Estamos dispuestas y dispuestos a salir del lugar que nos protege para ver la realidad de la vida – las posibilidades más allá de la tumba? Estas son buenas preguntas para explorar con la comunidad en la fiesta de la Pascua de Resurrección.

Las ansias de Pedro y del discípulo amado por ver lo que ha pasado son más fuertes que sus miedos. ¿Cuántas son nuestras ansias por experimentar la vida nueva? Tomando como ejemplos a Pedro y al discípulo amado, la persona que predica puede hacer un llamado a la comunidad a que salgamos de nuestras zonas de confort y experimentemos de manera real el mensaje de la vida nueva. Y que no sólo sea una experiencia personal, sino que, como los discípulos, la llevemos de regreso a nuestras gentes (Jn. 20:10).

Segundo Acto: Apostolado

El segundo acto de este drama de la Pascua de Resurrección tiene como protagonistas a María Magdalena y al propio Jesús. Esta parte puede servirnos para varios usos. Veamos algunos de los aspectos que se podrían explorar.

Comencemos por el final de la historia. Una lectura liberacionista nos hace ver el fundamento bíblico para el ministerio de las mujeres en las comunidades de fe. María Magdalena fue, después de todo, la primera persona que pudo atribuirse el título de “apóstol” (o, “enviado” en griego). El empoderamiento de las mujeres en nuestras congregaciones es fundamental si queremos ser fieles al llamado evangelizador que viene con la resurrección. Vemos cómo María Magdalena sale de la experiencia de resurrección con el deseo de compartir la noticia con sus compañeras y compañeros (Jn 20:18). Si la primera testigo ante las gentes fue una mujer, ¿qué nos impide ver a las mujeres como líderes eclesiales? Recordemos que la resurrección de Cristo es el punto fundamental de la fe que confesamos (1 Co 15:13-15) y que sin ella, no habría mensaje para llevar. Siendo que la primera enviada a proclamar este mensaje fue una mujer, nada debería detener a las comunidades eclesiales de hacer lo mismo que Jesús hizo: empoderar y enviar a las mujeres a ser proclamadoras del mensaje de vida nueva.

Otro aspecto es que María Magdalena no es capaz de reconocer al Señor porque sus ojos están llenos de lágrimas (Jn. 20.11-13). El dolor de la pérdida de su Maestro ha eclipsado su mirada. Jesús está justo a su lado, pero su dolor no le permite verlo. ¿Qué nos tapa los ojos y nos impide ver a Jesús en medio nuestro? ¿Cuáles son las lágrimas que eclipsan nuestra mirada? No es hasta que María Magdalena seca sus lágrimas y limpia sus ojos que puede reconocer a Jesús junto a ella. Esto nos sucede mucho en la sociedad, puesto que, como personas de fe, vemos situaciones de dolor y nos quedamos pensando en la situación, en vez de distinguir cómo Dios manifiesta su vida abundante en medio de estas situaciones.

Finalmente, es importante reconocer que la cruz no es el final. Quienes confesamos a Cristo no estamos llamados y llamadas a ser víctimas de la muerte, sino que debemos creer en la vida. Y no me refiero a una vida postrera, sino a una vida plena en el hoy y ahora. Dios no esperó hasta el final de los tiempos para resucitar a Jesús, sino que lo trajo de nuevo a la vida meras horas después de su muerte. Esta ha de ser la actitud de la persona creyente. Vivimos en Cristo, quien está vivo hoy. Después de todo, Dios es el Dios de la vida.