< March 29, 2015 >

Comentario del San Marcos 14:1-15:47

 

En el Evangelio de Marcos nos encontramos con una lectura bastante larga que trata sobre los últimos días de Jesús en Jerusalén, desde su entrada tan dramática hasta su muerte en la cruz.

Con razón se ha caracterizado a este Evangelio como una narración de la pasión de Jesús con una larga introducción. Esto quiere decir que la historia de la pasión de Jesús (capítulos 14 y 15) es el punto clave del evangelio. Es como una aplicación en forma narrativa de lo que les San Pablo dijo a los corintios, la proclamación de Jesús el crucificado (1 Co 2).

Al prepararnos para la predicación de este domingo, tenemos que tomar ante todo una decisión muy importante: si vamos a hablar de la entrada de Jesús en Jerusalén con sus seguidores, o si vamos a hablar directamente sobre la cruz.

El problema aquí es que si hablamos este domingo de una entrada triunfal y el próximo domingo de la resurrección, producimos un evangelio del éxito, lo que Martin Lutero caracterizó como una teología de la gloria. De hecho, el evangelio de la gloria es el preferido por muchos a lo largo de la historia de la iglesia. El evangelio de la gloria ha producido muchas deformidades en la vida cristiana y en la historia de la iglesia como institución orgullosa. Es un evangelio sumamente falso.

Si vamos a hablar acerca de la entrada “triunfal,” es importante que enfoquemos bien las características particulares de esta entrada según el relato de Marcos.

Primero notemos que no fue una celebración espontánea. Fue organizada por Jesús. Es él quien mandó a los discípulos a buscar un caballo (Mc 11:2). Sí, Jesús quería montar un caballo (polon en el original griego), de modo que se equivoca la versión Reina Valera 1995 cuando traduce por “pollino.” Jesús no iba a entrar a pie como todas las demás personas, sino montado en un caballo. No sería un asno ni aún menos un burro. ¡Él iba a entrar como un rey montado en un caballo!

Tampoco debemos pensar que Jesús sólo estaba acompañado por un grupo chiquito de doce, sino que había “una gran multitud” que lo acompañaba en su marcha de Galilea hacia Judá (ver Mc 10:46).

Además, debemos considerar el detalle de la ropa que tendieron por el camino muchas de las personas que lo acompañaban. Esta fue una acción dramática que nos hace recordar la más famosa revolución en la historia de Israel. Dios le había encargado al profeta Elías que cambiara a los reyes de Siria y de Israel (1 R 19:15-16). El rey que había en Israel, Acab, era el rey más cruel e injusto, así que Elías no se atrevió a ungir a un nuevo rey. Este encargo fue pasado entonces a su sucesor Eliseo. Por fin Eliseo se decidió a mandar a un joven a que fuera a buscar al jefe de ejército Jehú y le comunicara que Dios lo había escogido como el nuevo rey (2 R 9:1-3). Y al enterarse de esta noticia, todos los otros jefes del ejército que estaban con Jehú se apresuraron a tirar sus mantos en el camino del nuevo rey (2 R 9:13). Así empezó la revolución.

A todo esto debemos agregar que los seguidores y las seguidoras de Jesús (en Mc 15:41 se nos dice explícitamente que muchas mujeres subieron con Jesús a Jerusalén) cantaron salmos de liberación mientras Jesús entraba en Jerusalén como el nuevo rey para enfrentar al imperio injusto, a las autoridades injustas que dominaban la capital.

Si decidimos hablar de la entrada de Jesús en Jerusalén, tendremos que hablar, pues, de una acción sumamente provocadora en contra de los sistemas de poder.

También hay que tomar nota de que esta entrada no fue el preludio de un éxito, sino que fue el preludio de un fracaso total.

Ante todo es la historia de la victoria de sus enemigos religiosos y piadosos. Desde el inicio ellos habían querido condenar a Jesús por ser aliado de los demonios (ver Mc 3:22). Esta era para los enemigos de Jesús la única manera de explicar su éxito en el exorcismo, mientras rompía con tradiciones tan esenciales como la de guardar el sábado. Jesús humilló a las autoridades religiosas en los interrogatorios que le hicieron durante sus días en Jerusalén. Ahora tenían la oportunidad de vengarse. Jesús fue condenado por todas las autoridades religiosas por blasfemia en contra del Dios de la Biblia.

Jesús fue entregado a los romanos paganos como si hubiera sido un extranjero en Israel.

Y las autoridades militares y colonialistas humillaron a Jesús; lo torturaron y lo ejecutaron como un rebelde en contra del imperio divino. No hubo rescate posible para él. Sólo la muerte más cruel que era posible en el imperio. Cabe notar aquí que el único que fue salvado durante la pasión de Jesús fue Barrabás, un rebelde y asesino, cuyo nombre quiere decir “hijo del padre,” o sea, lo mismo que uno de los títulos de Jesús.

La pasión de Jesús no es únicamente la historia de la victoria de sus enemigos; también es la historia de la traición por parte de todos sus seguidores. Jesús no fue traicionado sólo por Judas, sino también por Pedro. De hecho todos sus seguidores lo abandonaron. Lo abandonaron incluso los que lo habían seguido hasta el punto de dejar por él a sus familias, sus trabajos y sus posesiones. Lo abandonaron incluso los que, continuando la misión de Jesús, habían tenido éxito en echar demonios y sanar. Todos lo abandonaron, sin excepción alguna. Tal vez valdría la pena pensar en qué sentido sus seguidores y seguidoras hoy también hemos traicionado a Jesús.

Pero el fracaso es aún más profundo.

Hasta el mismísimo Dios lo ha abandonado. Después del bautismo y en el monte de la transfiguración escuchamos la voz de los cielos que decía: “Tú eres mi Hijo amado” (Mc 1:11) o: “Este es mi Hijo amado” (Mc 9:7). Pero ahora los cielos guardan silencio. No hay luz, sino oscuridad. No hay rescate.

Al final oímos la protesta del propio Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mc 15:34). No hay respuesta; sólo silencio y oscuridad. Un fracaso total de la misión de Jesús que había empezado con la proclamación: “El reino de Dios se ha acercado” (Mc 1:15). El reino de la justicia y misericordia no ha venido, sino que tiene la victoria el reino de la crueldad e injusticia.

Pero precisamente este fracaso es el mensaje de la cruz.

El centurión, encargado de supervisar la humillación, la tortura y la ejecución de Jesús, está frente a él. Y es el centurión quien dice: “¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15:39). Recordemos que el título “Hijo de Dios” era el de los emperadores a los que servían los centuriones. ¿Cómo es posible que este centurión afirme que no es el emperador romano, sino este hombre totalmente aplastado por la fuerza imperial quien de hecho es el Hijo de Dios?

¡Desde la voz del enemigo encontramos el testimonio del evangelio!

“Viendo que después de clamar había expirado así” (Mc 15:39). ¿Cómo “así”?

Primero, porque oímos en las últimas palabras de Jesús el clamor de todos los humillados, los damnificados, los desamparados de la tierra, a lo largo de la historia. ¿Es posible que la protesta de Jesús en contra de la ausencia y del silencio de Dios sea precisamente la voz de Dios mismo?

Además, el velo del templo se rasgó en dos (Mc 15:38). La separación entre Dios y la tierra, entre Dios y su creación sufriente, entre Dios y todos los abandonados, está destruida. Ya no hay separación entre lo sagrado y lo profano, entre el ser humano y Dios, entre religión y humanismo. Esta división está rota por completo. Este es el mensaje de la cruz.