< December 28, 2014 >

Comentario del San Lucas 2:22-40

 

Este pasaje nos muestra el poder de la “tradición."

La tradición es el proceso de transmitirle a la nueva generación lo que la generación actual recibió. Lo que María y José están haciendo es continuar lo que ellos aprendieron, siguiendo las palabras del Salmista: “Hablaré cosas escondidas desde tiempos antiguos, las cuales hemos oído y entendido, las que nuestros padres nos contaron. No las encubriremos a sus hijos, contaremos a la generación venidera las alabanzas de Jehová, su potencia y las maravillas que hizo” (Sal 78:2-4).

Tal como se suponía que debían hacer, María y José circuncidaron a su bebé, y luego, “cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos conforme a la Ley de Moisés” (v. 22), lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor. A partir de ese momento, el niño comenzó a aprender los caminos de Dios y la ley de Dios. Este pasaje es clave para entender el ministerio de Jesús, pues explica porqué más tarde veremos a un Jesús que se enfrenta con sus enseñanzas judías y que las desafía, pero que también las continuará transmitiendo. Y es lo hará precisamente porque estuvo expuesto a esas enseñanzas de manera constante, y aprendió a amarlas y a organizar su vida alrededor de las mismas.

En este texto vemos a Simeón, un hombre “justo y piadoso” que “esperaba la consolación de Israel” (v. 25), y a Ana, la profetisa que oraba por la restauración y redención de Israel. Es importante subrayar el hecho de que Ana es una mujer y desmentir así la idea con frecuencia construida de que las mujeres son figuras piadosas, mientras que sólo un hombre puede mantener la posición prominente de profeta. Simeón y Ana son figuras que unen los dos lados de nuestra fe: fuerza espiritual y voz profética. Ambos tuvieron sabiduría y fe; ambos pasaron sus vidas adorando a Dios de día y de noche. Sabiduría y fe son las dos fuentes que forman la estructura de nuestra creencia y acción, de nuestra oración y vida, de nuestra alabanza y amor. Necesitamos a un Simeón y a una Ana en nuestras vidas para que nuestra fe crezca con sabiduría y poder.  

Cuando Jesús es llevado al templo en Jerusalén, vemos que su vida tiene un contexto social, una localización, y está rodeada por una estructura política, social, y económica que organiza la vida en general. Cuando pensamos acerca de Jesús en nuestro mundo, debemos involucrar el contexto social de nuestra fe, y preguntarnos dónde estamos localizados, cuáles son las fuerzas que organizan, estructuran y hasta impiden la vida. Cuando hablamos de la epifanía de Dios, tenemos que discernir también las formas sociales en que Dios manifiesta su presencia entre nosotros y nosotras en nuestros días. La encarnación de Dios tiene carne, huesos, sangre, sudor, dolor, limitaciones corporales, y la vida de Jesús se desarrolla alrededor de una escena política real. La encarnación es acerca de la personificación, y una personificación presupone una localización social.

Jesús pertenecía a la clase social campesina; su padre era un carpintero/artesano de la madera oriundo de Nazaret. Jesús nació siendo un inmigrante pobre que escapó con su familia para proteger su vida. El nacimiento de Jesús da fe de su encarnación, y de una vida comprometida con los pobres. Él no tenía nada: él nació en un lugar prestado. Su familia ni siquiera tenía un apartamento barato; en el momento de su nacimiento sólo pudo ofrecerle un pesebre apestoso. Sin embargo, a veces se lo presenta como una persona rica. Jesús fue una persona sexuada que vivió los deseos, dolores y vicisitudes de su sexualidad. Jesús fue un hombre y experimentó el mundo como hombre. Jesús experimentó el mundo desde un lugar muy particular. Como judío que vivía en un territorio ocupado, la vida de Jesús representó un reto al statu quo de su sociedad, y a la forma en que la gente vivía. Jesús desafió los entendimientos y las posturas acerca de la ley, las mujeres, los niños y la religión.

Desde aquella primera visita al templo, Jesús fue informado y formado en una vida que involucraba su tradición de formas poderosas. La identidad de Jesús como judío siempre estuvo en juego en todo lo que hizo. Fue precisamente desde este espacio religioso que Jesús desarrolló su ministerio, adoptándolo, involucrándolo y desafiándolo.

En este texto vemos tres cosas principales. Lo primero es el compromiso con la tradición y los resultados poderosos de su formación. Esto es algo que hoy como cristianos y cristianas podemos llamar “mistagogia,” es decir, el proceso de aprender la fe y conocer más a fondo los misterios de la fe. Sólo las personas que tengan una buena formación pueden convertirse en buenos líderes. Tanto la tradición oral como la escrita deben ser mantenidas, para que así podamos afirmarnos los unos a los otros y trabajar para crear mejores comunidades y un mundo mejor.

Lo segundo es la alabanza. La respuesta de Simeón y Ana fue de alabanza, gozo, paz, salvación y consolación. Cuando Simeón ve a Jesús, proclama: “han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (vv. 30-32). Cuando Ana ve a Jesús, proclama y comienza a alabar a Dios, y a hablar “del niño a todos los que buscaban la redención en Jerusalén” (v. 38). La presencia de Jesús nos brinda la posibilidad de cambiar nuestro propio espíritu, pero eso no es todo; la presencia de Jesús tiene el potencial de cambiar al mundo entero. ¿Qué declaración teológica puede salir de nuestras bocas cuando pensamos en Jesús?

Lo tercero es el hecho de que Jesús creció en ese ambiente en el que recibió la tradición y se acostumbró a la alabanza. Jesús fue educado para vivir de esta manera en el mundo. El pueblo oprimido de Nazaret fue su hogar (“¿de Nazaret puede salir algo bueno?,” pregunta Natanael en Jn 1:46); ahí Jesús vive y comienza su ministerio. No conocemos nada sobre la infancia o la adolescencia de Jesús fuera de este texto. Lo que sí sabemos es que su educación fue poderosa, porque él no tuvo miedo de hacer lo que tenía que hacer. Hoy tenemos a Jesús a nuestro lado, al lado de quienes trabajan por los pobres. ¿Nos atrevemos a continuar?

Mistagogia, alabanza y misión son tres maneras poderosas de interpretar este pasaje y de aprender a involucrar nuestras vidas en el mundo. El propósito de hoy es comenzar un nuevo orden mundial. Necesitamos responsabilidades sociales y cuidado mutuo junto a una espiritualidad profunda; que se encuentren “la misericordia y la verdad” y que se besen “la justicia y la paz” (Sal 85:10).