< December 14, 2014 >

Comentario del San Juan 1:6-8, 19-28

 

El Evangelio según Juan tiene dos inicios distintos pero entrelazados.

Uno es de excepcional densidad teológica: “En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas… Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (Jn 1:1-2,14). Ese preámbulo ha sido durante siglos un eje crucial en las discusiones teológicas sobre la Trinidad y la Encarnación, doctrinas centrales del cristianismo. Sus diversas interpretaciones colman bibliotecas repletas de tratados dogmáticos. Fue tema de ásperas disputas en concilios ecuménicos durante los primeros siglos de la iglesia. Sus resonancias literarias son innumerables, como lo demuestra el gran Fausto de Goethe.

El segundo inicio tiene un cariz narrativo distinto. Versa sobre Juan el bautista. Un predicador austero, con una intensa proclamación de arrepentimiento y de premonición de venidera redención. Era natural que llamase la atención. En Israel no escaseaban las voces rebeldes que pretendían emular a los profetas de antaño. Parecían inofensivos predicadores desarmados. Pero los representantes del imperio romano y de la jerarquía religiosa judía sabían muy bien que la frontera que separa la denuncia profética de la acción revolucionaria resulta ser con frecuencia muy tenue y porosa. Entre la denuncia y el anuncio tiende con facilidad a filtrarse la revuelta subversiva.

Por eso consideran importante cuestionar al puritano predicador, investigar sus posibles pretensiones. Estaban muy conscientes, las autoridades, políticas y religiosas, de las expectativas subterráneas y clandestinas en el pueblo judío de un Ungido, un Mesías, de la familia real de David, enviado por Dios para redimir a su pueblo de la servidumbre. Por ello es imperativo averiguar qué se trae entre manos este predicador, que algunos percibían como un revoltoso potencialmente peligroso. Es mejor prever que remediar.

“¿Quién eres tú?” (v. 19), es la pregunta que le endilgan a Juan. Es un momento dramático de definición, de aclarar por parte de Juan su identidad. Si recordamos cuál sería el trágico destino final de Juan y Jesús, caemos en cuenta de que se trata de un asunto de extrema gravedad. Juan se juega su vida en este diálogo que a primera vista parece inofensivo. Hay cuestionamientos de vida o muerte, y este es uno de ellos. La definición de la identidad propia a veces conduce al cadalso.

Pero Juan no es de los que se asustan con facilidad. No asume una identidad falaz de glorificación egocéntrica. No se considera el Ungido, el Mesías. Ni tan siquiera está dispuesto a llamarse a sí mismo profeta. Se identifica como un humilde anunciador, alguien que convoca al pueblo a preparar sus mentes y corazones para recibir al Redentor. El narrador pone en boca de Juan el bautista la primera confesión de fe en Jesús como el Cristo: “El que viene después de mi… de su plenitud recibimos todos, y gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (vv. 15-17).

En esa afirmación se concilian los dos inicios entrelazados de este Evangelio. Juan es el precursor, el primero en anunciar a Jesucristo, la encarnación del Verbo divino, en la que se revelan la verdad y la gracia divinas, la culminación de la historia humana. Jesucristo, cuyo nacimiento rememora y celebra esta época de Adviento.

Reflexión homilética

Ser el anunciador de la redención humana no es tarea fácil ni necesariamente placentera. Fueron innumerables los apóstoles y discípulos que recorrerían senderos similares al de Juan. Proclamaron a Jesús como el Verbo hecho carne, el donador del Espíritu Santo, y sufrieron una suerte similar a la de Juan: el martirio en manos de los poderosos de la tierra.

¿Por qué persistieron en proclamar ese evangelio tan peligroso para sus vidas? Porque inspirados por el Espíritu Santo estaban plenamente convencidos de que en Jesucristo se hacen presentes en la historia humana la verdad y la gracia divinas. Ese convencimiento, firme y profundo, es lo que anima la proclamación cristiana, lo que lleva a Juan el bautista, a los discípulos de Jesús y a innumerables generaciones de misioneros a recorrer los recodos más siniestros y recónditos del mundo anunciando que en Jesús “la luz verdadera que alumbra a todo ser humano venía a este mundo” (Jn 1:9).

Adviento es época de renovar esa convicción en las mentes y los corazones de todo el pueblo de Dios esparcido sobre la faz de la tierra. No es asunto sencillo porque esa convicción íntima conduce necesariamente a su proclamación, en un estilo similar al de Juan el bautista, sin pretensiones egoístas ni vanaglorias fatuas, pero con una integridad y entereza ineludibles e irrenunciables. Y en ocasiones con riesgos similares a los que él tuvo que afrontar.

Al así hacerlo, quizá algunos representantes de los poderes de la tierra, de aquellos que se consideran dueños y señores del universo, nos cuestionarán, como lo hicieron con Juan el bautista. Puede que hagan, como le sucedió a Juan, preguntas mordaces, con veladas advertencias. Nos desafían a expresar nuestra identidad, asumir el riesgo de aseverar: “Somos quienes proclamamos que ‘la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo’.”

Es una confesión sencilla, pero de insospechadas complejidades vitales. Es una proclamación que parece dirigirse al exterior, a quienes nos escuchan perplejos y quizá con algo de escepticismo, pero que en primera instancia nos convoca a nosotros mismos y a nosotras mismas. Nos convoca a vivir plenamente una vida de apostolado y fe en Jesucristo.

Parece una tarea complicada y ciertamente lo es. Pero al emprenderla no estamos solos ni solas. Nos acompaña el “Verbo hecho carne,” Aquel cuyo nacimiento anunciamos en estos días de Adviento. Aquel que nos ha prometido la bendición del Espíritu Santo y su consuelo en los instantes de amargura y tristeza. En esa promesa confiamos.

¡Proclamemos, pues, como lo hizo Juan el bautista, el advenimiento de Jesús el Cristo, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Jn 1:29).