< November 30, 2014 >

Comentario del San Marcos 13:24-37

 

Este texto bíblico tradicionalmente no se ubica en la época de Adviento.

No parece tener nada que ver con las actividades y actitudes típicas de las liturgias preparatorias a la Natividad de Jesús. Adviento siempre se ha visto como una época de celebración, una festividad plena de promesas y augurios alegres: el nacimiento del Salvador de la humanidad. Pero este texto del Evangelio según Marcos más bien preludia la tragedia del arresto y crucifixión de Jesús. Jesús se apresta a disipar de la mente de sus discípulos las optimistas ilusiones de triunfo y victoria en las cortes imperiales y en los centros de culto y religiosidad.

Las palabras que el movimiento cristiano apostólico atribuye a Jesús en este pasaje evangélico más bien se sitúan en las tradiciones escriturarias apocalípticas. Parecen cónsonas con aquellos escritos bíblicos que anuncian un cataclismo final de la historia. El tono de las palabras de Jesús, en una primera lectura, parece más bien sombrío y tenebroso.

Hay interpretaciones lúgubres de esta clase de textos bíblicos, cargadas de mucha amargura y pesadumbre, con matices, en ocasiones, de hondo resentimiento. Son las visiones que perciben el final de la historia como una sucesión de calamidades, tragedias, violencias y masacres. Es una lectura que en ocasiones incluso ha prohijado o propulsado violencias inhumanas y crueles, como alegados preámbulos a una hecatombe cósmica.

No es esa, sin embargo, la perspectiva que permea el texto que nos ocupa en esta reflexión exegética. No es la amargura, sino la esperanza, lo que prevalece en las palabras de Jesús. Su objetivo es fortalecer la resistencia espiritual de los discípulos a fin de que al presenciar su arresto y la crucifixión no se aboquen a la desesperación, el desaliento y la amargura.

No es que el texto, en su contexto bíblico específico, pretenda dibujar una visión ingenua e ilusa sobre la historia humana. Todo lo contrario. El capítulo 13 de Marcos se inicia con lo que parece una predicción de la devastación bélica de Jerusalén y su famoso templo. Cuando los discípulos, oriundos de Galilea y no habituados a presenciar la portentosa arquitectura de la capital israelita, se impresionan al contemplar maravillados el magnífico templo de Jerusalén (todavía hoy el remanente de sus murallas, el llamado “Muro de las Lamentaciones,” conserva apariencia majestuosa), Jesús les advierte que “no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada” (Mc 13:2). No es de la esmerada arquitectura religiosa de la que procede la esperanza humana.

Luego Jesús describe los ciclos de violencia que sobrecogerán la historia: “se levantará nación contra nación y reino contra reino” (Mc 13:8). Es casi una premonición de las catastróficas guerras que asolaron nuestro mundo durante el siglo veinte, con dos conflagraciones globales y decenas de sangrientos conflictos regionales o locales (Corea, Vietnam, Camboya, Laos, Angola, Mozambique, Israel, Palestina, Jordania, El Líbano, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Colombia, Ruanda, Sierra Leona, Argelia, Liberia, Etiopía, Eritrea, Irak, Irán, Siria, Afganistán, India-Pakistán-Bangladesh, entre otros). El siglo veintiuno, que inicia un nuevo milenio, no augura, al menos hasta ahora, un futuro más pacífico.

Prosigue Jesús advirtiéndoles algo que ya todos sus seguidores y seguidoras conocían a la perfección cuando el Evangelio según Marcos se redacta: la proclamación de las buenas nuevas del Reino de Dios conlleva inevitablemente la persecución y, en no pocos casos, el martirio de quienes asumen el apostolado cristiano (Mc 13:9-12). La conclusión parece amarga y ardua: “seréis odiados por todos” (Mc 13:13).

Reflexión homilética

Sin embargo, el propósito de Jesús no parece ser el de asustar o atemorizar a sus discípulos. Las advertencias acerca de su atroz y cruel destino en manos de los poderes imperiales, los cuales ninguna simpatía ni paciencia tienen con predicadores de un Dios que no reconoce al césar romano como su representante en la tierra, no constituyen la palabra final de este texto bíblico. Tampoco sus premoniciones sobre la persecución que ellos padecerán, ni las violencias que asolarán continuamente la historia humana, destrozando infinidad de aspiraciones y ensoñaciones, tienen como objetivo sembrar en los corazones de sus discípulos el terror.

La finalidad de Jesús es más bien cultivar una esperanza firme y capaz de soportar y sobrevivir los múltiples atropellos y atrocidades que pondrán a prueba la fe en la gracia divina. Se trata de preservar la esperanza contra toda desesperanza. Se trata de confiar en la gracia divina en momentos en los que paradójicamente parece imperar la desgracia humana.

Es esa esperanza y esa fe en Dios, a pesar de todos los ásperos pesares venideros, lo que pretende inculcar Jesús a sus discípulos. Exhortan sus palabras a la lealtad, la fidelidad y la perseverancia, en situaciones donde se requiere un firme caudal de resistencia espiritual.

Adviento es una época festiva. Pero las escrituras mismas advierten contra actitudes ilusas, ingenuas y superficiales. La vida humana implica graves dilemas y desafíos, además de imprevisibles tristezas. Toda la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, es un testimonio dramático de los males que acechan a quienes deciden recorrer a plenitud los senderos del amor, la fe y la esperanza. La proclamación del evangelio del nacimiento del Redentor no conlleva un optimismo vano y banal. Hay que cuidarse de la banalización de la Navidad, de la seducción hábilmente diseñada por el consumismo mercantilista.

Lo que predomina en las sagradas escrituras, desde la creación del mundo, en sus primeras páginas, hasta su culminación de redención cósmica, en sus postreras, es la gracia divina. Esa gracia es el misterio profundo y valioso del Adviento, de la preparación a recibir la presencia de Dios encarnado, del Cristo que asume en la interioridad de su ser los males que azotan a la humanidad.

De ahí la unidad, que subyace en la intimidad de las escrituras sagradas, entre la desgracia humana y la gracia divina. Pero no como dicotomía de igual densidad o similar trascendencia. La gracia divina prevalece sobre la desgracia humana en el nacimiento humilde y menesteroso del Redentor del mundo. Ese es el mensaje central y esencial de Adviento. Lo principal en Adviento es la preparación de nuestro ser para acoger en el pesebre de nuestras almas, corazones y mentes al Verbo divino encarnado en el niño Jesús.