< August 24, 2014 >

Comentario del San Mateo 16:13-20

 

La distinción de Pedro

Pedro se muestra disconforme con las esperanzas mesiánicas de su época

A diferencia de lo que sucede en los pasajes paralelos de Marcos 8:27-30 y Lucas 9:18-20, en el evangelio según San Mateo Jesús no les pregunta a sus discípulos quién decían los hombres o la gente que era él, sino: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” De todas maneras los discípulos interpretan que Jesús se está refiriendo a sí mismo. Todos y todas, tanto las masas como la élite, conocían las profecías mesiánicas, y Jesús era objeto de interpretación teológica por parte de la gente. La gente asociaba a Jesús con sus esperanzas mesiánicas. Las obras de este hombre singular que era Jesús desafiaban la sensibilidad hermenéutica de sus contemporáneos, pero las respuestas aluden a un personaje del pasado. Se identifica y define a Jesús por los muertos memorables. Los “hombres” (v. 13), es decir, aquellos que no convivían con Jesús, tenían distintas opiniones: unos decían que era Juan el Bautista; otros, que era Elías; y otros, que era Jeremías o algunos de los profetas (v. 14). Y estas respuestas estaban dentro los esquemas tradicionales (de reencarnación) usuales y consabidos de la época. Pero no reflejaban el sentir más profundo de quienes convivían con Jesús. Este es el caso de Pedro.

Pedro rompe con las consabidas interpretaciones teológicas de su tiempo

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (v.15). El giro de la pregunta de Jesús es tan inesperado como el sentido de la misma. A Jesús ahora le importa saber la opinión de aquellos/as que lo conocen, o por lo menos, que conviven con él, y les ha dado a entender claramente que se identifica con el “Hijo del hombre.”

“Hijo de hombre” es una figura mesiánica que aparece en el Antiguo Testamento en Daniel 7:13-14. Por el contexto de Daniel 7 y en especial por lo que dicen los vv. 26-27, “hijo de hombre” (sin artículos determinados) se refiere al pueblo de Israel, que cumplirá la función de juez y gobernante en el tiempo en que se instaure el reino de Dios. Pero esta figura había comenzado a interpretarse en un sentido personal y a atribuirse a una persona en particular con capacidad y potencia para salvar, y así lo atestiguan por ejemplo los escritos del libro etiópico de Enoc de los años 37 – 71 AC.

También Jesús entiende al “Hijo de hombre” de modo individual, y en un acto audaz, se identifica con él. Pedro sigue en la línea “audaz” de Jesús y procede a identificar y definir a Jesús por Jesús mismo. Para Pedro, la identidad de Jesús no se explica por la reencarnación de los grandes personajes del Antiguo Testamento, por más nobles y significativos que hubieran sido para la fe de Israel. La persona de Jesús exigía una nueva identidad que no se dejara atrapar por los perfiles de los héroes de la fe judía: Elías, Jeremías, Juan el Bautista, etc. Identificar a Jesús implicaba abandonar las viejas estructuras mesiánicas y atreverse a crear otras. La persona de Jesús exigía de sus seguidores pasos inéditos y audaces. Una definición que rompiera con los cánones sociales, con los estereotipos de esperanza mesiánica, que tanto fariseos como saduceos, antes de la aparición de Jesús, se habían encargado de volver inocuos para que no constituyeran un desafío para el statu quo y su posición de poder en la sociedad.

Es Pedro quien brinda una definición atrevida y audaz. Para Pedro, Jesús es “el Cristo,” o sea, el Ungido de Dios, pero da un paso más. Ninguna de las interpretaciones personales del “Hijo de hombre” entonces conocidas le atribuía una naturaleza o esencia divina. Pedro, en cambio, ve en Jesús al “Hijo del Dios viviente.” No solamente la convivencia con Jesús, sino ante todo, la audacia de Jesús de identificarse con el “Hijo de Hombre,” lleva a sus discípulos, y en especial a Pedro, a dar este paso inédito, que implica dejar de lado la calma y tranquilidad que se establecía con los conocidos y esperados mesías, tanto por los líderes religiosos, como por el pueblo. La respuesta de Pedro deja traslucir, y es comprensible, el estado emotivo de los discípulos: una mezcla de satisfacción y expectativa con un fuerte grado de incertidumbre respecto de lo que podía ocurrir de ahí en más.

A diferencia de lo que sucede en los pasajes paralelos de los otros evangelios sinópticos, el evangelista Mateo, en estos pocos versículos, nos muestra el “proceso psicológico” por el que pasan los discípulos, a partir de la identificación de Jesús con el “Hijo del hombre,” y hasta que logran concebir la idea de Jesús como “el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

Pedro cree en el factor humano

La revelación de la identidad de Jesús no viene por los mecanismos religiosos establecidos por el statu quo. No viene por medio de una acertada disertación religiosa de los sacerdotes ni de una doctrina establecida por los escribas o los intérpretes de la ley. Tampoco nos llega por medio de movimientos sociales, políticos, culturales, o de otro tipo. La revelación de la identidad de Jesús surge, casi de manera espontánea, de lo más profundo del corazón de un ser humano. A Pedro se le “ocurrió” esta idea, y Jesús pudo identificar la verdad y la procedencia de la misma. Pedro se dejó llevar por su impulso e hizo su declaración. Pedro buscó en su interior, en lo más profundo de su ser; buscó en el propio espíritu la respuesta a una situación que desbordaba los cánones de lo considerado normal.

Este tipo de verdad –revelación– no viene por medio de “gurúes” ni de esfuerzos religiosos. El Señor se “revela” en el espíritu inquieto de una persona, cuando en un acto de arrojo se pone a buscar respuestas nuevas a preguntas cuyas respuestas consabidas y aceptadas se han vuelto estériles social y espiritualmente. La revelación es posible en corazones inquietos, insatisfechos, dispuestos a lo inédito.

Las condiciones que habilitan para ser el “principal” de la iglesia

Es este paso audaz y atrevido de Pedro, el de no conformarse con las explicaciones consabidas e institucionales, el que Jesús valora para señalarlo como el “principal” de la Iglesia (vv.18-19). Está claro que ser “principal” de la iglesia del Señor no pasa por saber conservar tradiciones, ni por ajustarse a los esquemas teológicos que, entre otras cosas, sólo buscan generar seguridad en la conciencia. Pedro rompe los esquemas y sale con una respuesta atrevida. Pedro manifiesta su optimismo en el ser humano, cree en el hombre y en sus posibilidades trascendentes, y ve a Jesús –ser humano– como “el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Y precisamente estas son las “condiciones” de Pedro que llevan al Señor a distinguirlo como el “principal” de la Iglesia. Su inconformismo y su audacia de dar pasos inéditos y transgresores para re-pensar a Jesús, lo habilitan para ello.

El “principal” de la iglesia no es, pues, el que sabe seguir las normas, sino quien es lo suficientemente libre como para hacer, caminando, caminos nuevos cuando los viejos son inoperantes.

El texto termina, en el v. 20, con una nota de prudencia. La audacia y la intrepidez deben saber aguardar su tiempo. La verdad, para ser tal, debe ser dicha a su debido tiempo.