< April 27, 2014 >

Comentario del San Juan 20:19-31

 

Pascua es la temporada más alegre en el calendario de la iglesia.

Las iglesias se adornan maravillosamente con flores y los servicios de adoración rebosan de alabanza, gratitud y música muy animada. En medio del ambiente festivo de Pascua, es fácil olvidar lo difícil que puede ser tener fe. No todas las temporadas de nuestras vidas están llenas de alegría y celebración.

Juan 20:19-31 ocurre dentro de un contexto pascual. El pasaje relata las experiencias de los discípulos en presencia de Jesús resucitado, el Jesús a quien la iglesia celebra durante la Pascua. Pero la manera en que relata estas experiencias evidencia que la fe en Jesús resucitado no significa solamente tener la fe en que Jesús ha resucitado durante la temporada pascual. Significa también que debemos entender que esta fe es un proceso que se enfrenta a dificultades y que requiere renovación continua por toda la vida de uno.

Al comienzo de este pasaje, encontramos a los discípulos encerrados en una habitación “por miedo de los judíos” (v. 19). El evangelio de Juan presenta a los líderes judíos como los enemigos principales de Jesús durante su vida, pero no está claro por qué razón los discípulos temían a estas autoridades ahora que Jesús ya no estaba. La atención de los líderes judíos se centró en Jesús, y según ellos, ya no había que preocuparse por él. El detalle de que los discípulos están con miedo parece estar dirigido más que nada a la comunidad joánica, que probablemente experimentó alguna persecución por parte de vecinos judíos que no aceptaron a Jesús como el Mesías. Saber que también los discípulos tenían que tener cuidado con las autoridades judías quizás les daba a los miembros de la comunidad joánica un sentido de solidaridad con los discípulos y ánimo para mantener su fe.

A pesar de que las puertas están cerradas, Jesús revela su presencia entre los discípulos. Es una presencia marcada por la paz (v. 19) y por vida nueva en el lugar de las marcas de la muerte en sus manos y su costado (v. 20). La presencia de Jesús convierte el miedo de los discípulos en alegría. Como lo hacemos nosotros y nosotras hoy en día durante la temporada de Pascua, los discípulos “se regocijaron” ante la presencia de Jesús resucitado (v. 20).

Pero en este momento vemos que Jesús entiende que este espíritu de alegría se puede desteñir. Él les ofrece la paz por segunda vez (v. 21). La primera oferta de paz fue en respuesta al miedo de los discípulos. Esta segunda oferta se presenta como una respuesta a la alegría de los discípulos. La implicación para los creyentes cristianos y las creyentes cristianas es que la paz de Jesús penetra la vida entera del discípulo, tanto en los tiempos buenos como en los malos. No siempre vamos a experimentar temporadas de alegría en nuestras vidas, y este relato del cuarto evangelio nos recuerda que la paz de Jesús está ahí para nosotros y nosotras en todos los tiempos.

Jesús les otorga a los discípulos el Espíritu Santo (vv. 22-23). Para ser más precisos, Jesús sopla para darles el Espíritu, recordándonos el acto de Dios cuando sopló “aliento de vida” en la nariz de Adán (Gn 2:7). La entrega del Espíritu a los discípulos también nos recuerda la entrega que hizo Jesús de su espíritu desde la cruz (Jn 19:30). De nuevo, la imagen es la de un Espíritu Santo que está presente en la comunidad cristiana en los momentos de la vida nueva (la creación de Adán) y en los momentos de sufrimiento y muerte (la cruz). Es un Espíritu que puede acompañar a los miembros de la comunidad durante todas las etapas de la vida.

El relato de la incredulidad de Tomás (vv. 24-28) es el incidente más conocido de este pasaje. Tomás no estaba presente cuando Jesús se les apareció a los discípulos por primera vez según los vv. 19-23, y cuando se le dijo lo que había ocurrido, él insistió en que no iba a creer hasta que no viera a Jesús por sí mismo y tocara las marcas de muerte que Jesús les mostró a los otros discípulos.

Tenemos la tendencia de ver la demanda de Tomás negativamente, pero desde el punto de vista del cuarto evangelio, querer ver no es en sí mismo algo malo, y de hecho puede ser parte del proceso para llegar a la fe en Jesús.1 Según Juan, la creencia basada únicamente en haber visto los milagros de Jesús es inferior (2:23-25), pero la creencia basada en haber visto a Jesús en su gloria es una respuesta deseable al encuentro con Jesús (1:14, 34). Incluso aquí, en este pasaje, vemos que cuando los discípulos le dicen a Tomás lo que ha sucedido, lo formulan en términos de haber visto al Señor (v. 25). El deseo de ver a Jesús que tiene Tomás es entendible y las palabras de Jesús en el v. 29 no necesariamente señalan que Tomás haya hecho algo malo.

Además, después de ver a Jesús resucitado, Tomás realiza una confesión cristológica más completa que la de cualquier otro personaje del Evangelio (aparte de Jesús) con su exclamación: “¡Señor mío y Dios mío!” (v. 28). En el prólogo del cuarto evangelio, el narrador equipara a Jesús con Dios (1:1) y Jesús hace varias declaraciones que proclaman su igualdad con Dios (p.ej. 5:17-18; 10:30). Pero aquí, al final del evangelio de Juan (muchos eruditos creen que el cuarto evangelio originalmente se terminaba en 20:31), un seguidor de Jesús que ha visto y presenciado la obra de Jesús en el mundo durante su ministerio, llega a la creencia completa en Jesús como Señor y Dios. Lo que esto nos muestra es que la creencia en Jesús no significa sólo estar convencidos y convencidas de que Jesús es Señor en un cierto momento, sino que es un proceso continuo que con el tiempo se puede expresar de manera más plena y completa.

El proceso de maduración en la fe también es el tema de los últimos versículos de este pasaje (vv. 30-31). El propósito del evangelio de Juan se revela en el v. 31. Pero determinar el propósito preciso intentado por el v. 31 ha sido un tema de mucho debate, a causa de que la evidencia textual nos da dos posibilidades para la frase en que se revela el objetivo del Evangelio (“para que creáis,” dice la versión Reina Valera 1995). Una posibilidad es traducir que el Evangelio fue escrito para que podamos “llegar a creer” y la otra posibilidad es traducir que el propósito del Evangelio es que podamos “seguir creyendo.”

La primera opción presenta al evangelio como un folleto misional para convertir gente al cristianismo, mientras que la segunda opción significa que la intención del Evangelio es mantener y reforzar la fe de los que ya creen en Jesús. Si la segunda opción (“seguir creyendo”) señala la intención real del evangelio (y yo pienso que sí lo hace), entonces se nos estaría mostrando que el evangelio entiende que la relación entre el creyente y Cristo es una relación que requiere una continua renovación y edificación.

Así que está muy bien que celebremos nuestra fe en Jesús resucitado con gratitud y alegría durante esta temporada de Pascua, pero debemos reconocer también que nuestra fe en la resurrección es un proceso que va más allá de la alegría que sentimos en la Pascua. No sólo tenemos momentos de alegría en nuestra relación de fe con Dios. Como les pasó a los discípulos, también nosotros y nosotras tenemos momentos de miedo, incredulidad y duda. Pero el poder de nuestra fe en la resurrección es la insistencia en que la paz de Jesús y el don del Espíritu Santo permanecen con nosotros y nosotras siempre y en todo momento y a pesar de todo.

 


 

1 D. Moody Smith, John (Abingdon New Testament Commentaries; Nashville: Abingdon, 1999), 383-385.