< December 25, 2013 >

Comentario del San Lucas 2:[1-7] 8-20

 

En nuestro texto de hoy, el día de Navidad, recibimos una vez más la buenas nuevas – euangellion – del nacimiento de nuestro Salvador, que es Cristo el Señor. ¡Cristo ha nacido!

Escuchamos hoy casi el mismo texto que oímos ayer, pero nuestro enfoque se desplaza a las buenas nuevas como fueron presentadas a un grupo de pastores, y a su respuesta frente al mensaje del ángel. El predicador puede escoger un sólo énfasis, si esto sirve para lo que a su criterio la congregación debe oír.

¿Cuáles son las buenas nuevas?

Ya hemos hablado ayer de las buenas nuevas que, según el énfasis de San Lucas, acompañaron el nacimiento de Jesús. Si la mayoría de la congregación no asistió ayer, valdría la pena repetir por lo menos un resumen. Primero, que este bebé tan débil y humilde merece el mismo título – Salvador – que tenía el emperador romano Augusto César, y que el ángel presentó sus nuevas como euangellion, o sea, con el mismo término que se usaba en el imperio romano, por ejemplo, para la comunicación de la noticia del cumpleaños del emperador. Segundo, que este bebé, y no el emperador romano, será el garante de que habrá “en la tierra paz.” Y tercero, que el nacimiento del niño en circunstancias tan humildes nos presenta a un Dios que puede acompañarnos y darnos esperanza en nuestras vidas cotidianas. Este tercer punto es lo que quiero enfatizar hoy.

¿Quiénes pueden oír las buenas nuevas, y dónde?

No nos sorprende que un mensaje tan importante sea anunciado por un ángel junto al cual aparece “una multitud de las huestes celestiales” (Lc 2:13), pero ¿no habría sido más lógico que los receptores del este mensaje en la tierra fueran los sacerdotes y el liderazgo del templo, y no un grupo de pastores vigilando su rebaño en el campo? Amy Jill Levine nos dice que, contrariamente a la opinión de algunos comentaristas cristianos (por ejemplo R. Alan Culpepper1), el pastoreo de ovejas no era una ocupación despreciada ni algo que convirtiera a los pastores en personas “impuras.”2 Al contrario, los pastores eran asociados con la imagen positiva que tienen en el Antiguo Testamento, por el hecho de que tanto Moisés y David se dedicaron a esta actividad y por el hecho de que las ovejas eran sacrificadas en el templo como parte del culto. No obstante, los pastores eran personas humildes, que estaban fuera de los “círculos de poder” del templo y del imperio. Por eso, hoy en día, nosotros no tenemos que temer que el Evangelio llegue sólo a los privilegiados; Dios se va a encargar de que la noticia del Evangelio llegue también a los pobres. Lucas nos ha mostrado una “opción preferencial para los pobres,” y los pobres deberían ser también el objetivo principal de nuestra labor misionera. Además podemos oír el Evangelio en cualquier lugar, incluso en nuestro lugar de trabajo (como el campo donde estaban trabajando los pastores) y no sólo dentro de la iglesia.

¿Cómo debemos responder al Evangelio?

Nuestro texto nos muestra cuatro formas de responder a las nuevas que trajo el ángel: la respuesta de los pastores, la de “todos los que oyeron” (Lc 2:18), la de María, la madre de Jesús, y la de “las huestes celestiales.” Todas estas formas pueden ayudarnos en nuestra propia respuesta a las buenas nuevas de hoy, las de la Navidad.

Los pastores, después de tener miedo del ángel (¡nada sorprendente!) recibieron su mensaje con entusiasmo, yendo inmediatamente a la cercana ciudad de Belén para ver lo “que el Señor nos ha manifestado.” Como comenta Culpepper, la “angelofanía” nocturna nos recuerda a Is 9:2: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; a los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.”3 Los pastores, al ver la luz y recibir el mensaje, fueron los primeros testigos del nacimiento del Salvador, de Cristo el Señor. Actuaron como excelentes evangelistas, dando a conocer “lo que se les había dicho acerca del niño,” y glorificando a Dios.

No tenemos la oportunidad que tuvieron los pastores, de hacernos presentes para ver directamente a Jesús en el pesebre. Sólo podemos acompañar a los pastores en nuestra lectura de la Biblia, en nuestra imaginación y en la liturgia de la iglesia. Pero todos y todas podemos estar entre “todos los que oyeron” y los que “se maravillaron de lo que los pastores les decían” (Lc 2:18). Después de escuchar otra vez el mensaje de la Navidad, ¿podemos nosotros y nosotras compartir, también hoy, el asombro de esta historia? No sabemos si “los que oyeron” hicieron algo más que maravillarse. Pero sabemos que nosotros y nosotras sí necesitamos hacer más.

Con los pastores, podemos tratar de entrar personalmente en la historia del nacimiento de Jesús, y volver “glorificando y alabando a Dios” (Lc 2:20).

Con María, podemos guardar “todas estas cosas, meditándolas en [el] corazón.” Las buenas nuevas de Navidad no son “noticias del día” sino que son las buenas nuevas para toda la vida, y tenemos que seguir, siempre, interpretando lo que significan para nosotros y nosotras.

Con las huestes celestiales, podemos compartir el mensaje de "¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!" (Lc 2:14).4 Nuestra alabanza por la paz se debe a Dios, y no a Augusto César (o el equivalente de hoy.) Y si la paz no existe, buscaremos a la ayuda de Dios para crearla.

Entonces…

  • ¿Podemos escuchar las buenas nuevas de la llegada del Niño Jesús?
  • ¿Entendemos que Lucas nos dice que las buenas nuevas se destinan a todos y a todas, pero con una “opción preferencial para los pobres?”
  • ¿Cómo compartimos las buenas nuevas?

¿Responderemos no sólo con alabanza – por más importante que sea – sino también con esfuerzos para entender las consecuencias e implicaciones de estas buenas nuevas para toda la vida?

 


 

1 R. Alan Culpepper, “The Gospel of Luke,” NIB IX:65.

2 Amy-Jill Levine and Marc Zvi Brettler, The Jewish Annotated New Testament: New Revised Standard Version Bible Translation (Oxford: Oxford University Press, 2011), 101.

3 R. Alan Culpepper, “The Gospel of Luke,” in NIB IX: 65.

4 Algunos Biblistas creen que una traducción major sería “y en la tierra paz a los favorecidos por él” - Raymond Edward Brown, The Birth of the Messiah: A Commentary on the Infancy Narratives in Matthew and Luke (Garden City, N.Y.: Doubleday, 1977), 404.