< October 27, 2013 >

Comentario del San Juan 8:31-36

 

El texto de Juan nos servirá en esta oportunidad para conmemorar el día de la Reforma concentrándonos en tres temas que aparecen en boca de Jesús: verdad, libertad y esclavitud.

Por supuesto no se trata de bautizar a la Reforma con una santidad de la cual careció; más bien se trata de ver en este evento una lucha o puja en torno a estas tres temáticas tan presentes en el evangelio de Juan. De este modo, conmemorar el espíritu de la Reforma significa preguntarnos constantemente sobre el estado de nuestra existencia entre la libertad, la verdad y la esclavitud. 

Jesús proclama que permanecer en su palabra es lo que hace al discípulo suyo, un discípulo que conocerá la verdad y esta lo hará libre (v. 31b-32). Cabe notar aquí el movimiento presente en estos versículos: es el seguimiento de Jesús y su palabra lo que nos va haciendo discípulos en el andar. El discipulado se nos presenta como un compromiso de vida, como una praxis que irá revelando su verdad. En efecto, no aparece en el evangelio un concepto filosófico o abstracto de verdad, sino la promesa de que esta será conocida por aquellos y aquellas que le dan espacio. En este seguimiento, en este aferrarse a la palabra, la verdad es conocida en tanto que es practicada. Siguiendo la usanza hebrea, “conocer” denota así una experiencia o encuentro personal, una encarnación–la palabra debe “hacerse espacio,” “prenderse,” “contenerse,” “hallar cabida” (el verbo griego usado en Juan 8:37 es chorein). Por ello la “verdad” no apunta a un momento de espontánea iluminación mental, al resultado de una pedagogía, o al entendimiento de ciertas proposiciones. Más bien la verdad es lo que se irá conociendo a través de un proceso, de un movimiento que hace gradualmente transparente nuestra vocación humana: la de ser imagen de Dios.  El nombre de esa transparencia, de esa verdad, es Cristo Jesús, el camino, la verdad y la vida. La venida de Dios hacia la materia, la existencia, la persona. Esto es la verdad.

Al camino, al seguimiento y a la verdad se les une en Juan la noción de libertad. Verdad y libertad se encuentran estrechamente unidas, pues el compromiso con la verdad no deja de ser una apuesta, algo que sólo será confirmado en el futuro, no en el pasado ni en el presente.  A esto alude el evangelio de Juan en la respuesta dada por los “judíos” según el v. 33, quienes parecen renegar de la propuesta hecha por Jesús: ¿Por qué necesitamos ser libres? ¿Acaso no somos descendencia de Abraham, a quien la verdad le fue revelada? ¿Qué más necesitamos? La aserción de los “judíos” se centra en una libertad negativa, en aquello que una supuesta ascendencia nos garantiza: la libertad de la esclavitud. Pero Jesús se refiere a una libertad positiva, aquello para lo cual somos liberados y liberadas. La libertad no es algo que nos fue otorgado, sino a lo que somos llamados y llamadas: a dejar que la verdad, la palabra, la imagen de Dios, “prenda,” se “haga espacio,” “habite” en nosotros y nosotras.

Por ello la esclavitud aparece en el evangelio de Juan no tanto relacionada con una institución social, política o económica, sino con algo más fundamental: el pecado. “De cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado” (v. 34b). No es que el evangelista desestime las realidades sociales y la opresión, sino que dichas realidades tienen su raíz en el fracaso de nuestra vocación humana y del llamado a la transparencia que implica ser imagen de Dios. Pecado es lo que se opone a que la palabra se haga carne en nosotros, es permanecer en una existencia cerrada         

 A partir de estas nociones juaninas podemos hacer referencia al evento que conmemoramos este Domingo, el día de la Reforma. Más que una fecha que marca el inicio de una nueva denominación o corriente dentro del cristianismo, la Reforma debe entenderse como un intento histórico de vivir, de caminar, de hacerle espacio al llamado evangélico de Jesús. No nos celebramos a nosotros mismos, sino que nos recordamos cuan fácilmente la promesa de Jesús puede ser opacada por nuestro dudoso sentido de la libertad, por un falso sentido de autonomía. Podríamos parafrasear el v. 33 e inclusive leerlo de la siguiente manera desde el púlpito este domingo: “Nosotros somos herederos de Lutero [Calvino, Wesley, etc.] y desde entonces no hemos sido esclavos de nadie. ¿Acaso no somos libres?”

Se trata de entender el mensaje de la Reforma en la clave presentada por las palabras de Jesús en el evangelio de Juan. La libertad no nace de una supuesta “verdad” revelada en el pasado. Tampoco es una autonomía de aquello que nos coacciona exteriormente–sobre todo cuando lo que nos coacciona se manifiesta como las necesidades del prójimo. Más bien la libertad tiene que ver con esa verdad que ha “prendido,” que se ha “hecho espacio” haciendo de nuestras vidas un camino del Espíritu. Son hartamente conocidas las palabras de Lutero en su tratado “La Libertad Cristiana” de 1520: “El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos.” Cristo no solo nos libera de, sino que nos libera para. La libertad cristiana no significa una autonomía que se desentiende de las presiones y demandas del mundo ni tampoco una heteronomía donde nos sometemos a una nueva ley que cumplimos a regañadientes. Por el contrario, se trata de vivir en la fe, en esa libertad por el cual la verdad se hace camino en nosotros y nosotras. Por eso es que Lutero entiende la fe como esa “venida” de Cristo a nuestra existencia mediante la cual nuestro pecado es absorbido por Dios y a cambio se nos da una vida “agraciada,” que camina “agradecidamente.” Las palabras más contundentes de Lutero aparecen al final de su tratado sobre la libertad cristiana, cuando dice que “el cristiano no vive en sí mismo sino en Cristo y el prójimo; en Cristo por la fe, en el prójimo por el amor.” La verdad de la palabra se traduce así en esa apertura de nuestra vida a Cristo, y puesto que se trata del Cristo que viene a los dolientes y sufrientes, nuestro vivir en Cristo no puede expresarse aparte de nuestra vivencia como prójimos de los otros y las otras.