< November 10, 2013 >

Comentario del San Lucas 20:27-38

 

En el capítulo 20 de San Lucas encontramos a Jesús en el templo.

Está enseñando, y la oposición de los líderes religiosos se intensifica. Por supuesto, no nos sorprende. Después de su entrada triunfal en Jerusalén (19:28-40), llega al templo y lo purifica, corriendo a los que allí vendían y compraban. Por eso, “los principales sacerdotes, los escribas, y los altos dignatarios del pueblo” procuran matarlo (19:47). Lo que sigue—en todo el capítulo 20—es una serie de desafíos a la autoridad de Jesús. De una forma u otra, se le oponen y lo cuestionan con fines de atraparlo y por lo tanto arrestarlo, pero Él sale triunfante en cada caso. 

Un choque con los saduceos

En la lectura para este 25o domingo después de Pentecostés, por primera vez en el evangelio según San Lucas se nos presenta a los saduceos. Sabemos muy poco de este grupo por fuentes extra-bíblicas. Además de la referencia a su negación de la resurrección que nos provee San Lucas (20:27), el historiador judío Flavio Josefo ofrece algunos datos más (Ant. 13.297; BJ. 2.165). Es posible que el nombre “saduceo” se base en el sacerdote Sadoc (1 Reyes 1:8; 2:35). Los saduceos eran una clase sacerdotal asociada con el templo. Aceptaban la autoridad de los cinco libros de la Torah—de Génesis a Deuteronomio—y a diferencia de los fariseos, rechazaban firmemente otros repositorios de la revelación.

Era también a diferencia de los fariseos que los saduceos negaban la idea de una resurrección. Lo hacían por falta de apoyo—según su interpretación—en los cinco libros de Moisés. Como los/las lectores de San Lucas ya sabemos, los saduceos conocen que Jesús cree en la resurrección (14:14). Y al enfrentarse a Jesús, quieren que Él diga algo escandaloso. Pero Jesús los defrauda, y aprovecha la oportunidad en vez para enseñar algo más profundo sobre Dios.

Sobre el matrimonio y la resurrección de los muertos

En el estilo típico de la tradición judía atestiguada en los escritos rabínicos, los saduceos proponen una situación hipotética para enfocar una discusión acerca la aplicación de una ley bíblica. En este caso, la ley es el llamado “matrimonio levirato.” Si hay dos hermanos y uno de ellos se muere sin hijos, la esposa del fallecido se casará con el otro hermano y el primogénito de esta pareja llevará el nombre del fallecido “para que el nombre de este no sea borrado de Israel” (Dt 25:5-6).  

En la situación que describen los saduceos, esto ocurre con siete hermanos y “sin dejar descendencia” (20:31). Preguntan a Jesús: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos será mujer, ya que los siete la tuvieron por mujer?” (20:33). Jesús responde:         

Los hijos de este siglo se casan y se dan en casamiento, pero los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni se dan en casamiento, porque ya no pueden morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios al ser hijos de la resurrección (20:35-36).

El matrimonio pertenece al orden del mundo creado y así sirve a los propósitos de Dios en lo actual (por ejemplo, la organización de la familia y el sustento de la sociedad). Por lo tanto, también la ley del matrimonio levirato sirve a los propósitos de Dios en este mundo.

En cambio, los muertos “dignos de alcanzar... la resurrección” participarán en la creación nueva de “aquel siglo.” En el más allá, todo se transformará. Los propósitos divinos se cumplirán y así cambiarán también los deberes humanos. Nosotros serviremos a Dios de una forma perfecta que en lo actual está fuera de nuestro entendimiento (1 Co 13:12). En la resurrección, según Jesús, el matrimonio será irrelevante. 

Dios no es Dios de muertos

Entonces, en caso de que exista alguna duda, Jesús confirma que la Torah sí enseña la resurrección en “el pasaje de la zarza” (20:37). Mientras que los saduceos creen que su negación de la resurrección se apoya en los libros de Moisés, Jesús funda firmemente la resurrección en un texto arquetípico y fundamental del judaísmo: la comisión de Moisés (Ex 3). Allí Dios se presenta como el “Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3:6). Aunque los patriarcas fallecieron muchos años atrás, para Dios “todos viven” ( Lc 20:38). 

En la Biblia, saber el nombre de alguien representa una relación especial e íntima (Gn 2:19-20; 32:27-29). Pues notamos que en la misma ocasión en que Dios revela su nombre sagrado y personal (Ex 3:14), se declara también como “el Dios de vuestros padres” (Ex 3:15).  Por un lado, en su ataque contra Jesús los saduceos citan una ley de la Torah que supuestamente intenta que el nombre—o sea, el parentesco—de un muerto “no sea borrado de Israel” (Dt 25:6). Por otro lado, el texto de la Torah que cita Jesús (Ex 3) indica en cambio que para Dios nunca se borran los nombres de los fieles. 

Dios es Dios de vivos

En los dos paralelos sinópticos (Mt 22.23-33; Mc 12.18-27), se condena más fuertemente la equivocación de los saduceos: “Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mt 22:29; Mc 12:24). Por fijarse excesivamente en un detalle de poca relevancia actual—por su pedantería—los saduceos han perdido algo central de la fe. Es cierto que vivimos y nos alentamos en la esperanza de la resurrección, pero nuestro Dios es Dios de vivos tanto en el futuro como en lo actual (Lc 20:38). 

Jesús es “la resurrección y la vida” (Jn 11:25) y esto quiere decir que el poder del Dios que resucita está disponible ahora. El poder de la resurrección es el poder de redimir nuestras vidas y toda la creación. Si en la resurrección todo cambiará, entonces creer en la resurrección trae como consecuencia que todo cambia en nuestras vidas ya ahora. Y Jesús nos invita precisamente a reflexionar sobre el significado actual de la resurrección:

¿Cómo se manifiesta el poder de la resurrección en nuestras vidas? 

¿Cómo cambian las relaciones humanas hoy por el poder de la resurrección?

¿Cómo demostramos y compartimos este poder con los demás que tal vez no conozcan a Jesús?