< September 29, 2013 >

Comentario del San Lucas 16:19-31

 

Los ricos también lloran: Una parábola que no es del “más allá,” sino del “más acá.”

Las parábolas son quizás las enseñanzas de Jesús que la gente más recuerda de toda la Biblia. Quizás porque los personajes que las parábolas nos presentan son de carne y hueso, con sus luces y con sus sombras, con sus odios, miedos, temores y con los deseos incontrolables de poder. Lucas nos presenta la parábola que comúnmente se conoce como: el Rico Epulón (“el que banquetea”) y el pobre Lázaro (“ayudado por Dios”). Por medio de dicha parábola, Lucas artísticamente nos invita a descubrir el propósito de la riqueza y el compromiso solidario que tenemos con las personas pobres.

¡Los ricos también lloran, y se salvan si…!

Las personas especialistas en Biblia han notado que el evangelio de Lucas muestra una actitud bastante crítica frente a los ricos. En el inicio de su evangelio, Lucas presenta a María -la joven campesina de Nazaret- proclamando que Dios “a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos” (Lc 1:53). En el llamado sermón del llano, una vez que Jesús legitima los sueños y las esperanzas de la gente sin tierra, maldice a los ricos: “¡ay de vosotros, ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo” (Lc 6:24). Para Lucas la riqueza es un obstáculo para las personas que escuchan la Palabra de Dios porque les impide madurar en la fe: “La que cayó entre espinos son los que oyen pero luego se van y son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto” (Lc 8,14). Lucas afirma categóricamente que la acumulación de riquezas y la codicia de los bienes materiales son incompatibles con el mensaje liberador que Jesús ofrece (Lc 12:15). La situación para los ricos es tan drástica que “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios” (Lc 18:25).

Nuestra parábola del rico epulón y el pobre Lázaro está enmarcada con temas que tienen que ver con el aspecto económico y el abuso que algunas personas cometen en perjuicio del pobre. Jesús parece lamentarse porque se ganan “amigos” con las “riquezas injustas” (Lc 16:9). Para Lucas los fariseos “eran avaros” (Lc 16:14). Como si estas advertencias no fueran suficientes, Lucas nos informa que la persona que es de la comunidad alternativa de Jesús no puede estar al mismo tiempo al servicio del dinero y al servicio del Dios de la vida  (Lc 16:13). La pregunta obligatoria es: ¿Por qué Lucas es tan duro con los ricos? ¿Qué es lo que los ricos hacen para merecer palabras tan severas? El problema es que algunas personas ricas, en vez de dar su lealtad, fidelidad y servicio al Dios de los pobres, marginados, excluidos y enfermos que Jesús representa, se han dejado seducir por Mamona, la diosa del dinero. Algunos miembros de la comunidad lucana han convertido a Mamona en una diosa idolátrica, con poder de enajenar y destruir a la comunidad. Y desde el punto de vista de Jesús esto no puede ni debe suceder.

En el tiempo de Jesús -al igual que ahora- la separación entre ricos y pobres formaba inmensos abismos/fronteras que nadie podía cruzar, ni de un lado ni del otro. La tierra y la economía estaban en manos de un 3% de familias que organizaban y se beneficiaban del trabajo de la inmensa mayoría del campesinado. Los pocos ricos que existían se creían bendecidos por Dios. Los pobres por su parte, no solo eran marginados económicamente, sino también, al no poder conservar y cumplir las leyes de la pureza, vivían “empecatados” de por vida. Ante ese mundo de desigualdades e injusticias económicas, Lucas propone algo diferente. Lucas invita a los pocos ricos de su comunidad a salvarse aprendiendo a reconocer en la figura de Lázaro la imagen misma de Dios.

El rico epulón y Lázaro: personajes del “más acá”

Lo primero que debemos advertir es que esta parábola no es para el “más allá,” como algunas veces se ha creído y se ha interpretado. Esta parábola tampoco es sobre fantasmas que nos quitan el sueño y espantan a los creyentes. En otras palabras, esta parábola no es sobre la recompensa que le espera al pobre por haber sufrido todo tipo de privaciones económicas, y el castigo que le espera al rico por haber vivido de manera egoísta. Esta parábola pertenece al “más  acá,” en el que aún existen ricos que comen, beben, visten lujosamente y banquetean espléndidamente cada día, mientras que millones y millones de “Lázaros” yacen postrados, enfermos, hambrientos y deshumanizados, clamando al Dios de Abraham y de Sara por una vida más justa aquí y ahora.

Quizás usted, como lector, pueda preguntarse, ¿cómo que esta parábola no es para el “más allá,” si claramente leemos que ambos personajes mueren? Además, ¿no es Lázaro  llevado por los ángeles “al seno de Abraham” (Lc 16:22), y no está el rico en el Hades, el lugar de los muertos, en medio de tormentos (Lc 16:23)? Recordemos que en la Biblia existen diferentes tipos de géneros literarios que invitan al lector a usar la imaginación e inteligencia para explicar realidades tan abstractas como la pobreza, la riqueza, la vida, la muerte, y finalmente la experiencia de Dios. Esta parábola utiliza imágenes sobre la vida y muerte, sobre el uso de las riquezas y de las Escrituras, para hablar de una misma realidad, la realidad del “más acá.” Además aun en el plano figurativo, los personajes que mueren son presentados con características propias de los humanos. Por ejemplo, el rico -que no tiene un nombre- “ve,” “grita,” “tiene lengua,” “escucha,” y su cuerpo está en un tormento eterno. Por el otro lado, Lázaro, tiene dedos capaces de aliviar las necesidades del sediento epulón. Todas estas son descripciones imaginativas/figurativas de una realidad que escapa a la experiencia humana, pero que al mismo tiempo nos invita a solidarizarnos con las personas enfermas y hambrientas.

¡No predicarás la resignación a los pobres!

El obispo brasileño Helder Cámara solía repetir: “Cuando doy pan a los pobres dicen que soy un santo; cuando pregunto porqué los pobres no tienen pan, me llaman comunista.” Muchas veces, la religión como institución se convierte en una idolatría, al predicarle al pobre una resignación a su abyecta pobreza. Se hace de la pobreza una bendición, sin cuestionar ni evaluar sus mecanismos idolátricos y deshumanizadores. En vez de predicar al Dios de Abraham y de Sara, que son modelos de hospitalidad, se predica en complicidad con la diosa Mamona, que enajena a toda persona que le abre su corazón. El culto y fidelidad a Mamona rompe toda relación con la comunidad y con el Dios de los pobres. Jesús, en el evangelio de Lucas, desenmascara a Mamona y nos anuncia que el dinero puede convertir a los humanos en seres para la muerte. En la parábola, el rico sin nombre, come y bebe solo. Da la impresión que ni la familia del rico era parte de sus banquetes. Ante dicha situación idolátrica Jesús no tiene más remedio que denunciar la injusticia, tal y como lo hicieron los grandes profetas de Dios (Am 2:6-7; 4:1-5; 6:4-7; Is 58:7; Ex 22:25; Dt 24:10-13). En conclusión, el rico no puede clamar a Abraham como “padre” mientras no reconozca a Lázaro como su hermano.

Al final, los pobres no se salvan por ser pobres, o por estar “echados” a las puertas de los ricos. Se salvan cuando se convierten en sujetos de transformación, cuando cuestionan los mecanismos del dinero idolátrico, que los tiene postrados y enfermos. Al mismo tiempo, los ricos no se condenan por tener dinero, sino por hacer del dinero su dios, por cerrar el corazón a la persona  que tiene hambre. En la parábola del rico epulón y Lázaro, Lucas invita a su comunidad a decidir de qué lado quiere estar: del lado del Dios de Abraham y de Sara, o del lado de la diosa Mamona, que no es capaz de ver la figura de Dios en el rostro pobre y enfermo de Lázaro. Y usted: ¿De qué lado decide estar?