< February 10, 2013 >

Comentario del San Lucas 9:28-36 [37-43a]

 

El relato de la transfiguración de Jesús crea un escenario enigmático, desafiante, que nos invita a discernir cuál es el mensaje para las comunidades de hoy.

Nuestro texto se ubica después de las palabras de Jesús que siguieron a la confesión de Pedro (v.18-21), al primer anuncio de la pasión (v.22), a la perícopa en relación a la radicalidad del seguimiento exigido a sus discípulos (v.23-26), y al anuncio del Reino (v.27), y todo esto parece importante, ya que nuestro texto establece la conexión con lo precedente al aclarar que fue “como ocho días después de estas palabras” que “Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar” (v.28). 

El hecho de que encontremos paralelos de este texto en Marcos 9:2-8 y Mateo 17:1-8 nos indica la importancia del mismo para las diversas comunidades receptoras. Lucas, a diferencia de Marcos y Mateo, establece que transcurrieron ocho días en vez de seis, antes de que Jesús subiera al monte para orar con Pedro, Juan y Jacobo. A estos personajes se unen Moisés y Elías en el v.30, y alguien más se une con su voz desde la nube en el v.35.

Para los participantes se trata de una experiencia epifánica, que tiene el sentido de algo único y misterioso: por el espacio en que sucede, que es un monte (v.28), por la presencia de dos figuras del pasado tan importantes para la tradición judía, como Moisés y Elías, que representan a la ley y a los profetas (v.30), por el hecho de que la apariencia del rostro de Jesús cambia durante la oración y su vestido se vuelve blanco y resplandeciente (v.29), y por la conversación entre Jesús, Moisés y Elías (v.30).

Comentario

Es de mucha ayuda delimitar nuestro texto para observar otros detalles muy importantes. Una clave de lectura es el uso de egeneto (acontecer/suceder) que aparece cinco veces, y que destaca a Jesús pero también la reacción de los discípulos:

v. 28 Sucedió (egeneto) que Jesús sube al monte para orar con Pedro, Juan y Jacobo. Las razones de porqué escoge a estos en particular no se nos presentan. Tampoco se nos da a conocer el nombre del monte.

vv.29-32 Acontece (egeneto) que durante la oración, la apariencia del rostro (eidos) de Jesús cambia y su vestido se vuelve resplandeciente. Dos personas hablan con él, que son Moisés y Elías. El hecho de que el rostro de Jesús cambia de aspecto nos hace recordar lo sucedido con la apariencia de la gloria del Señor en Exodo 24:17. También se llama la atención sobre el hecho de que su vestido literalmente brilla como un rayo (exastrapto).

La identificación de Moisés y Elías, que aparecen rodeados de gloria, y hablan con Jesús de su partida, que habría de cumplir en Jerusalén, nos conecta con el pasado y con la tradición de la ley y de la profecía. Los discípulos tienen sueño pero permanecen despiertos; están en vigilia (diagregoreo) a pesar del adormecimiento, y por eso ven la gloria de aquellos tres hombres. Lucas no usa la palabra “transfiguración,” probablemente por las connotaciones paganas que habría tenido para su comunidad lectora.

Si por un lado se presta atención a Jesús, nuestro relato también dirige nuestra atención a la experiencia de los tres discípulos que están con él: ¿Es una forma de conectar con la resurrección de Jesús, con el hecho de que él tenía que padecer para entrar en su gloria (Lc 24:26)? ¿O es que los discípulos están viendo con anticipación una manifestación escatológica (Lc 21:27)?

v.33 Cuando sucede (egeneto) la separación de Moisés y Elías de Jesús, Pedro propone a Jesús que es bueno construir tres enramadas, una para cada uno de estos tres personajes que ha visto en gloria. El narrador nos dice que no sabía lo que decía.

v.34 Mientras Pedro comparte su idea aconteció (egeneto) que una nube los cubre con su sombra, produciéndoles temor, mientras entraban en la nube. La nube que los cubre (episkiazo) nos hace recordar a Exodo 40:34-35. El verbo episkiazo es exactamente el que usa la Septuaginta en ese texto de Exodo y es también el verbo que aparece en Lc 1:35 en la anunciación a María.

vv.35-36 Una voz vino (egeneto) desde la nube diciendo, “Este es mi Hijo amado; a él oíd.”La nube se retira y encuentran a Jesús sólo, decidiendo no decir nada a nadie de lo que habían visto.

Pistas hermenéuticas

Una experiencia vital. El texto de la transfiguración nos sitúa ante una tensión entre la humanidad de Jesús, el sufrimiento ligado al primer anuncio de su pasión, y la gloria de la que participa con dos personajes destacados de la tradición. Esta tensión se vuelve evidente no sólo por el uso de una comunicación extraordinaria de dicho relato, sino por la experiencia vital de los discípulos que suben al monte a orar con Jesús y que pueden ver este encuentro de Jesús con estos dos personajes emblemáticos, a pesar de que tienen sueño. Esta alusión nos evoca la experiencia de una visión, de mirar la gloria de Jesús y participar de ella. Esta experiencia pasa no sólo por reiterar lo que ocurrirá en Jerusalén (v.31) en relación al primer anuncio de la pasión en el v.22 y luego confirmado en el segundo anuncio que aparecerá en el v.44, sino que apunta hacia el gran acontecimiento de la resurrección. Es también una experiencia vital para Pedro, Juan y Jacobo en el sentido de que quieren prolongar la experiencia. Aunque el texto diga que Pedro no sabe lo que dice al proponer a Jesús la construcción de tres enramadas, el deseo de prolongar esta experiencia es muy humano. La expresión “Maestro, bueno es para nosotros estar aquí,”es querer trasladar lo visto, lo sorprendente, al plano terrestre y conocido, prolongarlo en la realidad.

No hay respuesta de Jesús; sólo la voz desde la nube que apunta hacia otra realidad, la de Jesús mismo. Él es el Hijo, el Elegido, a quien hay que escuchar. De la experiencia del ver, se pasa a la de escuchar. ¿Escuchar qué? Allí está el desafío para otra interminable serie de experiencias vitales en el evangelio de Lucas. Pasar del ver, de la vigilia, del decir, a la escucha de Jesús y su propuesta del Reino.

Memoria y reconocimiento. Podemos intuir lo que la experiencia de estos tres discípulos pudo significar para las primeras comunidades. Ellos tres nos remiten a una diversidad de comunidades donde la memoria es fundamental. Memoria de la importancia de la vida litúrgica que alimenta la fe, a través de emprender ese viaje al monte para orar con Jesús. En nuestra vida cotidiana todo significa un viaje, siempre hay movimiento, no hay mucho atractivo en quedarnos estáticos instalados en una tienda porque es bueno. Subir a la montaña y tener una visión como la que nos cuenta Lucas, es también reconocer nuestro pasado de fe. En ese pasado están Moisés recordándonos la ley y el encuentro teofánico en el Sinaí, y Elías y su profecía militante, pero también su experiencia en la cueva del monte de un Señor silencioso que no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni el fuego, sino que apenas se manifestó como un silbo apacible y delicado (1 Reyes 19:11-13). Debemos reconocer a Jesús en la cotidianidad del tiempo que pasaron sus discípulos con él, pero también en su gloria, en lo inesperado como un anuncio de la pasión incomprensible e inaceptable. Debemos reconocerlo en su gloria como anticipo de la participación en su resurrección. Pero también debemos reconocernos a nosotros/as mismos/as, muchas veces cansados/as y adormilados/as. Y aún con sueño, ser capaces de mantenernos expectantes, vigilantes para disfrutar de la presencia de Jesús en cada persona, en los pobres, en aquellos que han sido despojados de su dignidad y nos recuerdan su humanidad.

Tener memoria de su pasión y de su gloria, ¡ese es el desafío constante!